Kon-Tiki

En 1950, el documental que narraba la crónica del viaje en balsa que realizó el aventurero noruego Thor Heyerdahl por el Océano desde Sudamérica hasta la Polinesia en 1947 ganó el Oscar. Se titulaba Kon-Tiki y era una fidedigna recreación de una hazaña que conmocionó al mundo: la de recorrer, junto a 5 hombres, 8.000 kilómetros por el Pacífico, fértil territorio de tormentas, tiburones y demás peligros, a bordo de unos troncos de madera durante 101 días. Las posibilidades de sobrevivir de esta odisea, cuyo objetivo era demostrar que los indígenas de Sudamérica anteriores a Colón podían haber atravesado el Océano para habitar la Polinesia, eran prácticamente nulas. Más de medio siglo después, la noruega Kon-Tiki (Joachim Ronning & Espen Sandberg, 2012), vuelve a poner sobre la mesa una de esas historias que parecen concebidas para su traslado a la gran pantalla. A medio camino entre la ficción de aventuras y el documental autobiográfico, la nueva revisión del explorador y científico Heyerdahl se sirve del avance de las nuevas tecnologías para ofrecer un espectáculo visualmente intachable. El tándem de directores saca todo el jugo posible al avance de la técnica y la aplican de forma correcta para hipnotizar al espectador. 

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La historia real de Kon-Tiki es una de tantas por las que se suele decir que la realidad supera la ficción. Era cuestión de tiempo que alguien rodara una película basada en una travesía que aún sigue impactando por su carácter suicida. Lástima que para llevar a cabo su misión Ronning y Sandberg no se salgan de lo convencional, de lo rutinario. Que no apuesten, en definitiva, por un lenguaje propio. El nivel de realización y producción es abrumador, así como una fotografía llena de contraste y de una elocuente gama cromática, pero se hubiese agradecido que este arrojo visual se hubiese trasladado también a la forma de contar el relato. Así, la película se encorseta en dos consabidas mitades: la referida a la preparación previa del viaje -algo farragosa, víctima de sus viajes temporales-, y una segunda mitad correspondiente al viaje en sí, mucho más apasionada e impactante. Algo muy parecido a lo que ocurría en La vida de Pi (Ang Lee, 2012), película de la que comparte cierta línea temática aunque me temo, ay, que no el trasfondo. Mientras que lo más destacable de la obra del taiwanés, más allá de sus efectos digitales y el diseño de las criaturas marinas, era su potente trasfondo filosófico/espiritual/moral, en Kon-Tiki esta baza se omite por completo. En este sentido, la motivación de su protagonista de “quiero hacer esto para demostrar al mundo mi teoría” -que hubiese sido un importante filón: ¿cuántas historias hay de un científico que se lo juega todo por cumplir su sueño?- está totalmente desaprovechada, sin pulir. Tampoco juegan a su favor un final demasiado ampuloso y nuevamente amarrado a lo convencional -la escena de la carta está más vista que el tebeo-, aunque se agradece ese epílogo en el que se hace un repaso por la vida posterior de sus protagonistas reales.

Deudora de algunas escenas de Tiburón (1975) Kon-Tiki provocaría no obstante los aplausos del mismísimo Steven Spielberg por incluir algunas de las escenas de escualos más conseguidas del cine reciente; escenas como las que los tiburones acechan a los protagonistas en la embarcación o la de ese gigantesco y fascinante ser marino que atraviesa la barca por debajo del mar son las que elevan a la película por encima de la media. El mar deja asomar toda su crudeza, sí, pero también toda su desbordante belleza. De estos instantes, además, se desprende el afectuoso canto de amor a la naturaleza que emerge de la película, materializado también en fragmentos como el de las criaturas luminosas, que atienden más a esta finalidad que al criterio narrativo. Otra de las potentes armas de Kon-Tiki es lo comprometida que se muestra con su contexto histórico, absolutamente imbricada en él: desde la propia construcción de la balsa hasta el sistema de comunicación de la embarcación, todo, absolutamente todo, se asemeja lo máximo posible a la historia original.  

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La película, coproducción entre Noruega, Reino Unido y Dinamarca, estuvo nominada al Oscar al Mejor Film de Habla No Inglesa, galardón que recayó -con toda la justicia del mundo- en Amour (Michael Haneke, 2012), pero no me cabe duda que Kon-Tiki también hubiese sido una digna ganadora. Una película, en conclusión, con logrados golpes de efecto, con una historia apasionante detrás, pero cuyo conjunto general se queda en lo predecible,  en su incapacidad para sorprender con toda la vehemencia que es la que podría haber convertido el resultado final en algo magno, en un show realmente épico. Al final se conforma con ser una cinta de aventuras correcta y entretenida, sin más. Una lástima.

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2 pensamientos en “Kon-Tiki

  1. Poquito más que añadir. Como dices, a la película la falta emoción, riesgo y unas actuaciones que dejen ver más el trasfondo dramático de la travesía. En ocasiones me daba la sensación de que eso era una “happy trip” más que otra cosa. Realmente buenas las escenas de los tiburones, en especial esa que pones al principio en la que caza al tiburón.

    • jaja, me ha gustado eso de “happy trip”. Que conste que me ha gustado y he pasado un rato francamente entretenido, pero me “fastidia” ver cómo la película tenía TODAS las armas para haberse convertido en incluso una de mis películas favoritas y al final se queda en el notable. Alto, eso sí. 😉

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