Rebelde sin causa

Aún a riesgo de no resultar políticamente correcto, creo que Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955), se vio enormemente beneficiada por la muerte de su actor principal: son muchos los que todavía hoy acuden a este gran clásico para acercarse de alguna manera a la figura de un James Dean que compartía con su rol Jim Stark el espíritu indómito, el compromiso por vivir la vida según sus propias convicciones y una cierta necesidad de consumir sus días a toda velocidad -y no me refiero sólo a la afición de ambos por las carreras ilegales de coches-. No obstante, a pesar de estar algo sobrevalorada y de que la aureola de misterio que rodea a este icono de la interpretación cuya carrera se interrumpía prematuramente en un trágico accidente de coche con tan sólo 24 años aún le siga beneficiando, Rebelde sin causa tiene tantas grandezas como imperfecciones. En primer lugar, señalemos lo más destacado: su impecable trío protagonista; Natalie Wood, Sal Mineo -ambos nominados al Oscar al Mejor Actor de Reparto por este trabajo- y el propio Dean no pueden estar mejor en unos papeles que tuvieron una trascendencia incomparable en sus carreras.

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La historia arranca en el interior de una comisaría de barrio, lugar donde se cruzan los caminos de los que más tarde se convertirán en insuperables amigos: Jim Stark, Judy y Platón. Los tres están allí por distintos motivos, pero todos parecen compartir un denominador común: la incomunicación familiar, la falta de afecto y las ganas frustradas de cambiar un mundo que se pudre en su propia hipocresía, en su vergonzante doble moral. Este hecho, el de no sentirse arropados en sus hogares, será el detonante para que entre ellos creen una propia familia: quizá no de sangre, pero sí de sentimientos. Las tres historias se van alternando, aunque es lógicamente la protagonizada por Stark la que ocupa más minutos en pantalla. La radiografía que se hace del que fue el segundo papel protagónico de James Dean -tras una exitosa carrera teatral y algún que otro trabajo de extra en cine- es fascinante: un adolescente de 17 años víctima de los modales de una madre autoritaria y un padre sin personalidad; un alma desbocada, autora de actos ciertamente reprochables -la escena en la que agrade a su propio progenitor ante los gritos de “¡Matarás a tu propio padre!” de su madre es especialmente sobrecogedora-, pero con la que contra todo pronóstico te acabas encariñando, puesto que la película deja entrever que esa dosis de rebeldía y ese apego constante a las emociones fuertes no son más que un balón de oxígeno, un mazazo con el que romper su triste monotonía. “¡Me estáis destrozando!”, la frase que el joven les grita a sus padres incapaz de soportar esa situación ni un segundo más, ya ha pasado a la historia y es bastante ilustrativa al respecto.

Stark aglutina a toda esa generación de mitad del siglo XX de Estados Unidos que vivían ajenos a las convenciones sociales y cuya rebeldía, al contrario de lo que nos dice el título, sí estaba justificada, en parte gracias a unos adultos que pocas veces les escuchaban, se tomaban la molestia de entenderlos. Línea temática, también plasmada en títulos como Salvaje (László Benedek, 1953) o Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955), por lo que la película conserva cierta frescura en nuestros días y por la que se erige, además, como un perfecto documento testimonial de la época. Claro que ese inconformismo y ese carácter salvaje no hubiese llegado de forma tan imperecedera a la actualidad de no ser por James Dean que demuestra todo lo aprendido en el Actor´s Studio -la película parece confeccionada para servir de lucimiento al actor- y al hecho de que que el propio rodaje en color de la misma -en un principio iba a ser en blanco y negro- y todos los recursos cromáticos que de ello se desprenden ayudaron sobremanera a enfatizar las expresiones de un actor que falleció sin haber podido ver estrenada en pantalla grande ni ésta, ni la que fue su último papel: Gigante (George Stevens, 1956). El espectador no lo tendrá difícil en sumergirse en toda esa turbación que le provoca el malgastado entorno familiar a su figura principal y, aunque considere imperdonables algunos de sus actos, en el fondo termina poniéndose de su lado. 

SalMineo-NatalieWood-JamesDean-1955

Pese a su cierto deje hacia la teatralidad y un guión no tan pulido como cabría desear, Rebelde sin causa es también una inmersión al conflicto generacional, a la nada fácil relación entre padres e hijos, perfectamente extrapolable a nuestros días, como también lo es -aunque en menor medida- los conflictos derivados del amor homosexual, aquel que experimenta Platón con Stark, aspecto tratado de forma menos sutil de la esperada para la época. Mineo, el actor que lo interpreta, tuvo un final desdichado al morir apuñalado, al igual que Wood, que terminó su carrera ahogada en el mar en circunstancias pocos claras. Un hecho insólito, el de esta maldición de su trío protagonista, que, reitero, ayuda a que Rebelde sin causa siga provocando un plus de fascinación a aquellas nuevas generaciones que hoy se acercan a ella para disfrutarla.

 

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