Tiburón

Si bien había ya orquestado las muy estimables El diablo sobre ruedas (1971) o Loca evasión (1974), la película por la que Steven Spielberg se doctoró (y con nota) en Hollywood fue Tiburón (1975), el primer blockbuster de su fulgurante carrera. La que fue la cinta más taquillera de todos los tiempos -hasta que La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977) le arrebató el trono-, permitió que el semidesconocido director pasase a ostentar el trono del Rey Midas del cine americano. Con tan sólo 27 años, Spielberg da toda una lección de cinematografía por la que consigue uno de los films más terroríficos jamás filmados y una de las más rotundas expresiones del cine como fenómeno social, al menguar el sueño turístico de medio mundo atemorizado por la amenaza de un posible y hambriento escualo en el mar. La acción tiene lugar en un pequeño pueblo costero del Este de los Estados Unidos, donde un tiburón ha empezado a sembrar el pánico entre los veraneantes. El jefe de policía Martin Brody (Roy Scheider) aliará sus fuerzas con un reputado ictiólogo y un experimentado cazador marino para acabar con la vida de un carnívoro indiscriminado que ha puesto en jaque a la hasta ahora apacible localidad.

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Adaptación de la primera novela del escritor Peter Benchley -coautor también del guión, tarea en la que suprime algunas partes de su material de partida, como la relación extramatrimonial de la mujer de Brody y el oceanógrafo Hooper (Richard Dreyfuss)-, en Tiburón ya empiezan a darse cita algunos de los rasgos de identidad más reconocibles de su creador: desde la lucha del “bien” contra el “mal” hasta el no menos desdeñable obcecado patriotismo de Spielberg -las omnipresentes banderas norteamericanas- o su plasmación de la prototípica familia americana, donde el director también aprovecha para poner de manifiesto el valor de la unión familiar o el amor paternofilial -ojo a la escena en la que, sin palabras, es palpable el feeling existente entre padre e hijo y que culmina cuando éste primero pide a su vástago un beso porque, según sus propias palabras, “lo necesita”-. Es precisamente Martin Brody el que refleja ese “bien” al que hacemos referencia: en sus manos está que el pueblo pueda volver a respirar tranquilo, aunque para llevar a cabo dicha misión tenga que enfrentarse a sus propios vecinos, al Alcalde -más preocupado por las repercusiones económicas que por el bien común, haciendo gala de esa incompetencia política tan actual en nuestros días- o a su propia familia. El dibujo de su personaje es brillante: se nos pinta como un ser humano tenaz, cariñoso y tan responsable exige su alto cargo de seguridad al tiempo que, por otro lado, no deja de ser tan imperfecto como cualquiera de nosotros. Brody se equivoca y, como el resto de seres humanos, deberá cargar en su conciencia con el peso de la culpa -la escena de la bofetada propiciada por una madre es magistral en este sentido-, otro de los grandes temas de Spielberg.

Lo más llamativo de Tiburón es la contención que muestra durante la primera mitad de metraje, en la que se nos priva de la figura física del escualo, completamente inexistente. Sin embargo, la angustia y la sensación de claustrofobia acompañan al espectador desde el primer minuto. Eso sí: difícil lo hubiese tenido Spielberg de mantener en vilo al personal de no ser por el alma de la película: la épica partitura de un John Williams que dotó a Tiburón del clima de suspense que una cinta de estas dimensiones requería. Para comprender el grado de efectividad de la misma basta hacer un simple ejercicio: visualizar su primera hora sin sonido, comprando así cómo el estrés y el desasosiego disminuyen notablemente. Pocas veces música e imagen casan tan a la perfección como en esta ocasión. A este hecho de sentirse angustiado sin la presencia explícita del escualo también se le suma el ingenio de Spielberg al introducir, de alguna u otra forma, la iconografía del tiburón en su película: bien sea a través de una máquina de videojuegos, de una valla publicitaria o los dentellados restos óseos de un ejemplar, uno de los mejores ejemplos de las brillantes onzas humorísticas del film, algo impensable para otras producciones de terror pero que aquí rezuma una naturalidad aplastante.

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Brillantemente estructurada, imitada hasta la saciedad e inmensamente influyente durante décadas, Tiburón fue una de las triunfadoras de los Oscar al alzarse con 3 estatuillas -Montaje, Música y Sonido-, siendo también nominada a Mejor Película. Un merecido reconocimiento a un asidero por el que Spielberg, en contraposición al dilatado y problemático rodaje que padeció el proyecto, concatenó algunas de las estampas más imborrables de su filmografía -como la escena de la muerte de Quint (Robert Shaw), de desquiciante violencia o aquella en la que el tiburón salta por los aires- impensables sin su extraordinario manejo de la cámara subjetiva,  la cual transmite al público la sensación de vivir de primerísima mano los momentos culmen. Mención especial también a lo poco tramposo que el cineasta se muestra en su narración -atención, por ejemplo, a la forma tan sutil que tiene de “presentarnos” las bombonas de oxígeno que más tarde ocasionarán la muerte del tiburón-. Un irreprochable lienzo cincelado con la mano maestra del autor que más ha ayudado a definir al cine como fábrica de sueños… y de pesadillas.

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2 pensamientos en “Tiburón

  1. Excelente comentario de una película que, debo admitir, nunca me ha apasionado pese a que reconozco su importancia. Me ha gustado especialmente tu tratamiento del protagonista de la cinta, sin duda muy bien formado por el guión. Saludos.

    • Gracias Juan por tu comentario. Yo creo que está algo sobrevalorada y que hay muchas películas de terror mejores que Tiburón -El exorcista, sin ir más lejos-, pero aún así tal y como reconoces, Tiburón ha jugado un papel fundamental en la Historia del Cine. Me alegra que te haya gustado mi crítica. Un saludo

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