Vacas

Película armada hasta los dientes de simbolismo y obsesiones personales de su autor -como el tema de los sueños, más tarde explorado en la incomprendida Caótica Ana (2007)-, Vacas (Julio Medem, 1992) es una de las óperas primas más arriesgadas y vanguardistas que ha parido el cine español. El director vasco concibe su primer proyecto como un lienzo en el que esa España costumbrista, rural, de riachuelos y frondosos bosques que se enorgullece en plasmar queda devorada por el poder destructivo de la guerra. Ambientada entre 1875 y 1936 o, lo que es lo mismo, entre la tercera guerra carlista -un tema que a Medem, como buen vasco, le interesa especialmente- y el inicio de la guerra civil española, la espiritual y por instantes surrealista Vacas nos ofrece, pues, una reflexión acerca de la estupidez del conflicto armado, erigiéndose como un alegado antibelicista de primer nivel. Pero su gran mérito es que tanto sus escenas más livianas -si es que acaso las hay- como las más crudas se enmarcan dentro de un ejercicio de hipnosis fílmica que agradará a quien se deje penetrar en ella tanto como irritará a los que pretendan encontrar -sin éxito- un relato convencional, sujeto a unos parámetros establecidos.

Vacas (1)

Vacas se ambienta en la Euskadi de campo, las verduras y caseríos para narrarnos la historia de dos familias -los Irigibel y los Mendiluce– que a lo largo de tres generaciones han mantenido una tortuosa relación. El film desgrana los miedos, perversiones y anhelos de estos personajes a través de cuatro episodios –El Aizkolari cobarde, las hachas, el agujero perdido y la guerra en el bosque– en los que, a pesar de todo, Medem se muestra fascinado con un estilo de vida puro en esencia, pero contaminado por la sinrazón de las armas, los pelotones de fusilamiento y la locura. A lo largo de estos capítulos, todos marcados por esa extraña fascinación que despiertan las vacas en sus personajes -quizá porque es de los pocos elementos alumbrados por la naturaleza que aún no ha sido intoxicado, que mejor representa la castidad espiritual-, se hace notar la influencia de obras como la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez -esa corriente generacional-, o el film El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), y no sólo por la presencia de una crecida Ana Torrent, sino por esos continuados silencios, otorgar un papel importante a la música como vehículo narrativo y por la el trasfondo sugestivo de ambos proyectos. 

La técnica cinematográfica de Julio Medem ya apunta maneras en Vacas, en la que deja entrever su particular estilo narrativo que le valió el Goya al mejor director novel: no sólo por sus estudiados movimientos de cámara -atención a su excelente uso de la cámara subjetiva- y la perfección de sus encuadres, sino porque a veces no sabes si estás viendo un documental de naturaleza -esa recreación en la flora y fauna del lugar-, un capítulo de La casa de la pradera o, simple y llanamente, una película de terror. Al rigor estético, sus evidentes metáforas -la propia actividad de los Aizkolari, como si el hacha fuese la locura y el tronco la pureza; o ese agujero en mitad del bosque, abierto a múltiples interpretaciones-, su aroma a fábula y a su explosiva combinación de géneros, hay que sumarle el gran valor de sus interpretaciones, especialmente la de un jovencísima Emma Suárez y un Carmelo Gómez que sale victorioso de interpretar tres personajes distintos. Entre ambos personajes, precisamente, se deja entrever cierta tensión sexual que Medem explotaría más adelante con su celebrada Lucía y el sexo (2001).

vacas

A pesar de quedar algo ensombrecida porque no queda muy bien explicado el parentesco entre los personajes y que en algunos de ellos no se ahonda lo suficiente -como en el de Pilar Bardem o Karra Elejalde- Vacas termina siendo un -duro, seco, amargo, pero también reconfortante- espectáculo para los cinco sentidos. Uno de los trabajos europeos más inclasificables y estimulantes de los años 90, al que con cada nuevo visionado se le pueden sacar nuevas lecturas. Por si fuera poco, contiene además algunas de las escenas más poderosas, visualmente impactantes y más poco complacientes de cuantas ha filmado su autor, como la de esa carreta de la muerte del tramo inicial o de la del parto de la vaca. Lo que viene siendo cine en estado puro.

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