El mundo es nuestro

Una Tarde de perros (Sidney Lumet, 1975) a la andaluza, con ingentes cantidades de crítica social y comprometida en su atinada radiografía por los temas de la más candente actualidad. Es como podría definirse El mundo es nuestro (Alfonso Sánchez, 2012), uno de los más destacados exponentes de lo que algunos críticos ya califican como el Nuevo Cine Andaluz, peculiar término en el que se aglutinan algunos de los títulos más brillantes de nuestra filmografía reciente, desde Grupo 7 (Alberto Rodríguez, 2012) hasta Carmina o Revienta (Paco León, 2012) pasando por A puerta fría (Xavi Puebla, 2012); películas, todas, que testifican no sólo que lo andaluz está de moda sino que, en materia cinematográfica, no es tan importante el presupuesto como el talento. Los precedentes de El mundo es nuestro hay que buscarlos en Internet, donde el cortometraje Esto ya no es lo que era, de El cabesa (Alfonso Sánchez) y El culebra (Alberto López), obtuvo millones de visitas y convirtieron a este dúo de cómicos en una especie de fenómeno viral. Así las cosas, Sánchez se lanzó a escribir y dirigir este primer largometraje, el cual salió adelante gracias al crowfunding, un sistema de financiación colectivo que esta ópera prima fue de las primeras en utilizar.

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Tras una excelente carta de presentación a través de su enjundioso travelling inicial, el cineasta usa como pretexto el atraco a una sucursal bancaria en pleno corazón del barrio de Triana a cargo de este par de delincuentes para diseccionar una sociedad enferma, en el que la brecha entre el ciudadano de a pie y los órganos de poder lejos de menguar, se ensancha a pasos agigantados. Sirviéndose de unos guiones afilados y unas altas dosis de humor negro, negrísimo, Sánchez nos regala escenas de oro puro -atención a su forma de hilvanar en su primer tramo las historias personales de todos los clientes del banco- en las que no deja títere con cabeza: dispara contra la corrupción política -ese impagable Delegado del Gobierno al que se encarga de dar vida un sublime Antonio Dechent, uno de los pocos actores veteranos en un reparto plagado de caras desconocidas-, contra la falta de oportunidades laborales de los jóvenes cualificados -ese informático obligado a trabajar de reponedor en el Carrefour-, descarga dardos mortíferos contra la televisión carroñera -esa divertidísima reportera colándose en los lugares más insospechados para “informar”- o contra un tejido empresarial que explota a sus empleados. Todo narrado a través de ágiles diálogos y una imparable sucesión de gags -algunos más atinados que otros-, que acreditan a este film de escasa hora y media como uno con los ritmos más endiablados que ha parido el cine español en años.

El éxito de público y crítica de la primera parte ha provocado que esta pareja de cómicos y la productora Festival Films -a la que hay que elogiar por respaldar un producto así tan poco comercial como este y haber conseguido que llegue a lo más alto- a trabajar en una secuela que gozará de mayor presupuesto y que se titulará El mundo es suyo. Esperemos que resulte la mitad de lo concienzudamente hiperbolizada de esta primera parte, no más caricaturesca como muchas de las viñetas -porque no se le pueden llamar de otra forma- a las que el ciudadano de a pie se enfrenta con bochorno día a día por parte de sus dirigentes y que, por otra parte, consiga un cóctel de personajes tan atractivo como el que aquí se nos ofrece. Lo único que se le puede reprochar es algún toque zafio, alguna sobreactuación y una puesta en escena mejorable. Por lo demás, este altavoz desde el que se expone de forma nada condescendiente la crisis de valores de la época que la he visto nacer remite al mejor Berlanga –Plácido (1961)- y al más hiriente Rafael Azcona. 

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Presentada en el Festival de Málaga, donde la película conquistó el Premio del Públio y la Biznaga de plata al mejor actor para Sánchez, esta heredera de movimientos sociales tan reivindicativos como el 15 M o de Plataformas tan vitales como la de Afectados por la Hipoteca acierta al usar un lenguaje muy similar al habla de la calle para conectar con el público, que no lo tendrá difícil al verse reconocido en algunos de sus fragmentos, narrados con la misma dosis de malicia que de ingenio. Pero más que fotografiar el contexto social, la película indaga sobre algo mucho más profundo: cómo las personas, cada vez más alejadas de las instituciones, abogan por caminos alternativos para sobrevivir. Esa es la verdadera espina dorsal de la cinta: la crisis de fe. De ahí el absoluto convencimiento de estos dos raterillos sevillanos, asqueados por el mundo que les ha tocado vivir, que el dinero no se gana currando. Y lo terrible del asunto es que pocos nos atrevemos a desmentirlo.

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