Frozen River

La protección maternal es fascinante. Resulta admirable cómo una hembra, en todas sus tipologías, es capaz de hacer cualquier cosa (o casi cualquier cosa) con tal de sacar a sus crías adelante, a rescatarlas de la penuria aún a riesgo de traspasar ciertos límites. Ray Eddy (Melissa Leo), protagonista de Frozen River (Courtney Hunt, 2008), es una de las últimas heroínas del cine en recordarnos hasta dónde es capaz de llegar este don exclusivo de las féminas, tan imprevisible como fascinante; una mujer cuyo marido, un ludópata, ha huido con los ahorros de su familia y sobra la que pesa una amenaza de embargo. En su busca, Eddy se topará con Lila Littlewolf (Misty Upham), una mujer india también abandonada por su esposo. La incertidumbre y su empecinada lucha por la supervivencia no tardará en unirlas, surgiendo entre ambas una férrea amistad. Abocadas al drama más insostenible y con sus mundos patas arriba, no dudan en embarcarse en un peligroso negocio: cruzar inmigrantes ilegales de Canadá a Estados Unidos a través de un río helado, esquivando las patrullas fronterizas colocadas en las orillas. Una discutible forma de ganar dinero que empezará a tambalearse con la llegada de un deshielo que no sólo supondrá el resquebrajamiento del río, sino también el de sus propias vidas. 

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El estimable debut en la dirección de la muy prometedora Hunt es una trabajo en el que se entra de lleno desde el primer minuto, en parte gracias a una historia contemporánea y de plena actualidad que tres años antes la directora ya había narrado en un cortometraje. En el largo, las grandes bazas son sus actrices protagonistas, tal y como evidencia la primera aparición de la talentosa Melissa Leo, derramando lágrimas en un coche con el rostro desencajado, haciendo que el público conecte de forma ipso facta con esta víctima de los golpes del destino. Es la viva imagen de la desesperación y sabe que, en determinados capítulos de la vida, ésta te pone obstáculos que hay que sortear. De entre todos, ninguno como que el bienestar de un hijo,  razón por la cual buena parte del público aplaudirá la decisión que se ve obligada a tomar, por mucho que siempre haya gente que esgrima lo contrario, es decir, que el fin no justifica los medios. Con serios tintes de road movie, la película se encuadra dentro de ese subgénero del cine independiente cuyo fin es mostrarnos la cara menos amable de los Estados Unidos. Así, junto al drama de la falta de expectativas laborales y la crudeza de la crisis económica, Frozen River pone sobre la mesa la alarmante falta de valores en la sociedad, con especial atención al racismo, una lacra contra la que la película carga parte de sus tintas. Este thriller sirve también para ilustrar una realidad cada vez más común como son las familias desestructuradas, la precariedad laboral -esa protagonista encadenando trabajos temporales- o la inmigración ilegal. La obra no desaprovecha la ocasión para concienciar cómo esta última práctica se ha convertido en una fuente de negocio para traficantes sin escrúpulos, sí, pero también para gente que no ve otra salida. Todos estos frentes son abordados con crudeza, coraje y de forma fidedigna, sin moralinas.

Ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival de Sundance -el templo del cine independiente- y triunfadora también en el Festival de San Sebastián, otro de los rasgos que más llama la atención de Frozen River es su ambientación. Las parajes de hielo y las panorámicas gélidas con las que nos deleita la realizada, no más solitarias ni frías que el espíritu que domina las vidas de estas dos mujeres, están excelentemente fotografiadas y evocan a títulos como Fargo (Joel Coen, 1996); unos paisajes que suponen el envoltorio ideal para un film que lleva implícita la sensación de estar ambientado en medio de ninguna parte, en territorio innombrable, muy lejos del destello, la luz y el colorido que la imagen que USA exporta al mundo, eterno territorio de -una falsa- prosperidad. La debutante Hunt, autora también del guión, da voz a unas minorías que no sólo tienen que hacer frente a la precariedad, sino a los prejuicios de una sociedad no tan avanzada como parece. 

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Es también elogiable el gran diseño de algunos de sus secundarios, como el hijo de Eddy, un personaje que protagoniza un sinfín de tiras y aflojas con su madre pero al que la directora, tras este perfecto retrato de vínculo afectivo y/o crisis generacional, le otorga el desenlace perfecto. Un relato de supervivencia, de coraje, de hasta qué punto dos seres humanos intentan evitar dejarse vencer por el desaliento, de combatirlo cuando la supervivencia de sus descendientes está en juego. Quizá no sea la forma ni el método más adecuado, pero nada ni nadie dijo que el instinto materno fuese perfecto. 

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