A puerta fría

A puerta fría (Xavi Puebla, 2012) es uno de esos trabajos que, pese a su ambición temática y argumental, a su perpetua apelación al debate moral y a su saludable voluntad de hablar de la pérdida de valores de la actualidad, nacen predestinadas a pasar sin pena ni gloria por las carteleras. Al margen quedan reclamos publicitarios tan destacados como la presencia del internacional Nick Nolte -en su debut en el cine español- o su propio palmarés, en el que sobresale el Premio de la Crítica en Málaga -junto con el de mejor actor, para Antonio Dechent-, o su proyección en otros festivales como la Seminci. Nada de ello pareció ser motivo suficiente para que los distribuidores, rendidos al blockbuster de turno, a los agotadores efectos especiales o a la testosterona más insustancial, entendiesen la -urgente- necesidad de dotar a A puerta fría de una mayor visibilidad comercial: quizá porque es una película para pensar, y eso como que está pasado de moda. Lamentaciones aparte, estamos ante un film que se sirve de la figura del vendedor a pie de calle, aquel cuya labor consiste en cerrar una venta con alguien con el que no ha establecido ningún tipo de contacto previo, para hacer una radiografía de la decadencia moral de la sociedad actual, en la que muchos anteponen lo material a la propia dignidad o al honor. 

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La historia gira en torno a Salva (Antonio Dechent), un cincuentón dedicado a la venta de electrodomésticos que se encuentra pasando 3 días en una feria hotelera con profesionales del sector. Consciente de la crisis económica y visiblemente amargado ante el temor de perder su puesto de trabajo, deberá vender un determinado número de unidades en los tres días que dura el evento. Tarea nada fácil, pero en la que contará con la inestimable ayuda de Inés (María Valverde), cualificada azafata que será la que haga las veces de traductora con el hombre que parece ser la solución a todos sus problemas: el adinerado ejecutivo Mr. Battleworth (Nick Nolte). Con un guión firmado a cuatro manos entre el propio director y Jesús Gil Vilda, la película define la delgada línea que separa la honorabilidad profesional y el descenso a los infiernos. A través de un relato negrísimo y de ambiente claustrofóbico -a lo que contribuye la escasez de escenarios donde se desarrollan los hechos-, A puerta fría va sometiendo a sus personajes a una peligrosa y opresiva espiral con el drama del paro como implacable telón de fondo. ¿Hasta dónde hay que llegar para mantener un trabajo?; ¿Es aceptable desde el punto de vista de la ética el todo vale? Puebla nos sumerge en el impostado y altamente superficial mundo de los estrechones de manos, contratos basura y descuentos ficticios; elementos emboscados entre whiskys solitarios en la barra de un bar, risas nerviosas y densas cortinas de humo de cigarrillo que huelen a estafa, engaño y falta de escrúpulosos, pero también a soledad, a frustración… y lo que es más doloroso: resignación. A puerta fría es la más impúdica de las metáforas de una jungla en la que la lucha por sobrevivir está transformando a la raza humana en caníbales en busca y captura de la presa más jugosa.

Lejos de lo que pueda parecer, la película no pretende demonizar a la figura del vendedor de a pie, sino más bien todo lo contrario: aspira a ilustrar las duras condiciones de vida de un colectivo no lo suficientemente valorado, en el que cada día deben hacer gala de la perseverancia y paciencia que se les presupone. El director, cuya experiencia en el mundo de las ventas sirvió de ayuda para elaborar el guión, se muestra respetuoso con un colectivo profesional que, precisamente por esta dificultad de cerrar un contrato, se sitúa más proclive a caer en la tentación, a la mala praxis, que otros. En esta línea, la relación que se va forjando entre Salva e Inés, movida en todo momento por una extraña pasión y una afán irredimible de lucro, no tiene desperdicio. No hay duda de que estamos ante una película bienintencionada se mire por donde se mire, a la par que necesaria en plena era de la incertidumbre laboral: su abrasiva sátira de la corrupción o las cotas de indecencia a las que puede llegar un colectivo tan proclive al drama del paro como aquel que ronda los 50 años -y de la que pocas veces se habla, a pesar de ser junto a los jóvenes los que más sufren esta lacra-, con tal de seguir contando con un nómina a final de mes, huelen a verdad. Ahora bien, nada de ello hubiese sido posible sin su impecable trabajo actoral, desde sus roles principales -brillantes Dechent o Valverde- hasta los secundarios -bestiales Colomé, que repite con el director tras su segundo largo, Bienvenido a Farewell-Gutmann (2008) o Egido-.

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Además de la concisión de un relato depurado al máximo, Puebla también hace un extraordinario uso de los silencios y del fuera de campo -sobre todo en la parte final, donde ni siquiera hace falta mostrar explícitamente la parte morbosa del asunto para que nos hagamos una idea de la dimensión que han cogido los acontecimientos-. Un imprescindible trabajo a cargo de uno de los más recomendables cineastas surgidos en de esa oleada -Bayona, Vigalondo, Cortés…- que hace diez años florecieron para aportar frescura y talento al cine español, rematado por un implacable conversación final en el único refugio donde parecen estar predestinados estos personajes de doble cara: la barra de un bar. No lo duden y cómprenla. 

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