Tú y yo

Nada tiene que envidiar Tú y yo (Leo McCarey, 1957), al remake que el propio director rodó dieciocho años antes y que, aunque fue traducido al castellano con el mismo nombre, en su versión original se titulaba diferente: Love Affair frente A affair to remenber. Y digo que no tiene nada que envidiarle porque no sólo tiene unos protagonistas a la altura de los ya míticos Irene Dunne y Charles Boyer, sino porque además capta de nuevo toda la esencia amorosa que convirtió a Love affair en uno de los dramas románticos más importantes de la década de los 30. Tú y yo, cuya influencia posterior en cine es innegable -como, por ejemplo, demuestra Algo para recordar (Nora Ephrom, 1993), libre versión del clásico- añade algún elemento innovador, como el uso del color -prodigioso scope-, algo que no pasó desapercibido para los Académicos que nominaron a la película en el apartado de Fotografía, junto con canción, música y vestuario. Reconocimientos merecidos para un romance que reivindica el amor a primera vista, la propia capacidad de este sentimiento para convertirnos en mejores personas, de aflorar toda la humanidad que durante tiempo ha permanecido encerrada en nuestro interior.

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Basada en un relato de Mildred Cram, la historia gira en torno a un hombre y una mujer entre los que no tarda en surgir un flechazo tras conocerse en un crucero con destino a Estados Unidos. Ellos son Nickie Ferrante, un atractivo playboy (Cary Grant), y Terry McKay (Deborah Kerr), una refinada cantante de un club nocturno. Sin embargo, la relación que va forjándose entre ellos nace con el handicap de que ambos están comprometidos, además de que un día, cuando ese transatlántico llegue a su destino sus caminos están condenados a separarse. Sin embargo, antes de abandonar el barco, ambos se hacen la una promesa: si en seis meses siguen sintiendo lo mismo el uno por el otro se darán cita en el Empire State Building, edificio que casi se podría decir que es un personaje más de este romance. Cuando llega tan ansiado momento, sólo él acude al lugar y se siente profundamente decepcionado con Terry, a la cual se le presenta un motivo de peso para no acudir. Una pitillera es el detonante por el cual empieza a construirse una de las historias de amor más honestas que se han filmado nunca, ya no sólo por la gran elección de sus protagonistas -Cary Grant, paradigma de la elegancia, encaja perfectamente en su personaje, al igual que una Deborah Kerr que, si bien no era ninguna belleza, desprendía toda la naturalidad y dulzura que exigía Terry– sino también porque se le nota rodada sin más pretensión que la de ilustrar cómo un sentimiento tan profundo puede hacer que te replantees toda tu vida. También es memorable cómo el director enfrenta a sus personajes a situaciones tan complejas como la despedida o, finalmente, el reencuentro.

La pulcritud de la que puede presumir Tú y yo es patente en detalles como el hecho de privar al espectador de presenciar el primer beso entre los enamorados -en un genial uso del fuera de campo– o de escenas tan amables como la del restaurante, en la que ambos se encuentran cenando espalda con espalda ante las risas de los presentes. Un par de instantes que se encuadran dentro de la primera parte del film, la cual finaliza con la última llegada a tierra del barco. Este primer fragmento de la película, filmado en clave de comedia romántica y preso de un halo encantador y de un sutil sentido el humor, da pie a su segunda mitad, mucho más dramática, en la que se sigue el patrón del más puro melodrama made in Hollywood; minutos que constituyen la implacable vuelta a la realidad de los protagonistas y que pone de relieve su capacidad de enfrentarse, de aterrizar en  un mundo real aún cuando lo que han vivido a bordo de ese crucero les es imposible de olvidar. Mientras que la primera parte es magnífica -aunque momentos como la visita a la ermita de la abuela de Nickie atienda más al declarado catolicismo del director más que a cuestiones argumentales-, la segunda adolece de un ritmo algo irregular, con escenas que parecen metidas con calzador como la del cante infantil -al más puro estilo Walt Disney-, aunque desemboca en uno de los finales más emocionantes de la época.

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Una película imprescindible por los diálogos entre sus personajes, por la sobriedad de sus interpretaciones, por su reconfortante cotidianidad y porque evidencia una vez más que, en el cine romántico, el tocamiento físico entre sus protagonistas a veces no es tan necesario como el aura o la química que éstos desprendan. El único momento en el que ambos se besan -o, por lo menos, lo vemos- es al final, apenas unos segundos, pero en cualquiera de sus fotogramas de sus casi 2 horas hay más pasión que en muchas películas románticas contemporáneas más preocupadas en introducir mil y una (innecesarias) escenas de cama que en elaborar una buena historia de amor. 

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