Superman: la película

Aunque no fue la primera adaptación de este icono popular a la gran pantalla, Superman: la película (Richard Donner, 1978) sí que fue pionera al convertirse en el primer largometraje de superhéroes concebido para devorar las multisalas, para explotar al límite su filón comercial. Algo totalmente lícito, máxime cuando la propuesta no se deja contaminar por el espíritu de ninguna franquicia rodada hasta la fecha, más allá de unos títulos de crédito en clara sintonía con los de La guerra de las galaxias. Episodio IV. Una nueva esperanza (Josh Lucas, 1977) o el carácter eminentemente épico de su banda sonora, obra de John Williams. En Superman: la película todo huele a fresco, a original, a auténtico, todo lo contrario a la última entrega del personaje de la DC Cómics, El hombre de acero (Zack Snyder, 2013), donde todo queda impostado y artificioso. Con un holgado presupuesto de 55 millones de dólares -muy superior a lo que se manejaba en la época-, Donner abrió la veda, quizá sin pretenderlo, a la edad de oro actual del cine de superhéroes, además de sentar muchas de las bases del cine de ciencia ficción. 

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La película, bastante fiel a su material de partida,  narra la historia de un bebé que, tras ser enviado a la Tierra por sus padres biológicos desde esa lejana galaxia Krypton, es adoptado por una pareja de granjeros. Su filosofía en su nuevo hogar, en el que irá descubriendo poco a poco su fisiología kryptoniana y la riqueza de sus poderes, será defender la verdad, la justicia y combatir el Mal. En esta dura travesía entrará a formar parte del periódico Daily Planet  y se enamorará de una de sus reporteras: Lois Lane (Margot Kidder). Entre los Oscar que atesoró la película -banda sonora, montaje y sonido-, destaca el Premio Especial de la Academia por sus efectos visuales, muy innovadores en la época, dispuestos a hacer realidad lo que su frase promocional -una pieza más de su orquestada campaña de marketing- rezaba: “creerás que el hombre puede volar”. Quizá en la actualidad, era en la que estamos saturados de efectos especiales y disparates de todo tipo, ver cómo vuela un hombre en el cine no sorprenda, pero por aquél entonces causó un fuerte impacto hasta el punto de dar lugar a una saga de tres películas más -todas protagonizadas por Christopher Reeve-, que fueron sufriendo una progresiva pérdida de calidad.

Además de ser un emblema de la ciencia ficción, Superman: la película cumple a rajatabla las reglas básicas del cine de aventuras. A saber: un carismático villano -un correcto Gene Hackman en la piel de Lex Thudor-, una historia de amor llena de altibajos-impagable el fragmento de la entrevista de una obnubilada Lane al propio Superman, en la que tras aprovechar Donner para resolver muchas de las incógnitas sobre su héroe, terminan surcando los cielos de Nueva York regalándonos algunos de sus fotogramas más míticos-, unos efectos digitales a la altura del persoanje -ahí está la eficaz recreación de Krypton o escenas como la del puente o la del helicóptero- o momentos en los que se sitúa a sus protagonistas, literalmente, al borde del precipicio -nunca mejor dicho para esa Lane que debe ser rescatada por los brazos de Superman tras su caída en picado desde lo alto de un edificio-. A ello hay que sumar la genial aparición de Marlon Brando como padre del protagonista o instantes tan inolvidables como ese bebé levantado un camión. Su ruda naturalidad, que abarca desde la sencillez del traje del superhéroe -sin tanta parafernalia como en las adaptaciones actuales- hasta el aroma de cotidianidad del personaje -se nos muestra como una persona normal, con su familia, su trabajo y sus preocupaciones-, la convierten en un espectáculo más moderno, mucho más imperecedero que las fastuosas re-lecturas posteriores del mito, ahogadas en su pretenciosa grandeza. Además, a diferencia de El hombre de acero, la película nos termina de ganar gracias a su impagable sentido del humor, como el momento  en el que Lane le ofrece una copa de vino a Superman y éste le contesta: “no, gracias. Nunca bebo cuando vuelo”, o los instantes en que los niños son tomados por locos por sus mayores… incapaces de entender que, en ocasiones, esos locos bajitos tienen más razón que un Santo.

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Sí, se le puede reprochar cómo es posible que Lois Lane no se percate que su compañero de trabajo es Superman, pero tampoco conviene ponerse muy escrupuloso con la suspensión de la credibilidad en una película, repito, cuyo protagonista es capaz de dar varias veces la vuelta al mundo en milésimas de segundo o de salir impoluto hasta después de la más cruenta batalla, un detalle que recuerda a James Bond y que atestigua el aura de elegancia y de sex symbol que se esconde tras este emblema de la cultura pop. En suma, un film enigmático, encantador, con varios elementos de interés que la convierten en un saludable espectáculo para toda la familia.

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