El hombre de acero

Desde que en 1948 se estrenara Superman (Spencer Gordon Bennet & Thomas Carr), primera adaptación del famoso superhéroe en cine a través de un serial de 15 episodios, el séptimo arte ha ido alumbrando -con más desgracia que fortuna- numerosas criaturas que tomasen como referencia al personaje que el guionista Jerry Siegel y el ilustrador Joe Shuster parieron en 1938 en el nº1 de Action Cómics. Décadas después, Superman: la película (Richard Donner, 1978) se convertía en el film que, a día de hoy, sigue ostentando el trono de la mejor adaptación del héroe jamás filmada.  Ni sus sucesivas secuelas -a excepción de la segunda, en la que Christopher Reeve terminaría consagrado de por vida por este papel-, ni las posteriores re-escrituras del personaje han estado a la altura. El último en sumarse a la lista ha sido El hombre de acero (Zack Snyder, 2013), un fiasco que duele especialmente por sus colosales dimensiones: 225 millones de dólares -la entrega más cara de la serie- y una campaña de marketing -en la que, incluso, se llegó a comparar al hombre de los calzones rojos con Jesucristo- tan espectacular y pretenciosa como la propia película.

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Obviando el hecho de que la historia que nos cuentan -un bebé al que sus padres, habitantes de Krypton, deciden enviar al Planeta Tierra con tal de garantizar su supervivencia- ya nos la sepamos de memoria, el handicap fundamental de El hombre de acero no es el hecho de no ser una buena película, sino de ser una película que se esfuerza -sin éxito- en ser buena. El director consigue tal hazaña anteponiendo su obstinación en desplegar un desorbitado e innecesario despliegue de efectos digitales que en contar una buena historia, presa de un guión lúcido e ingenioso. Snyder, y éste es el problema de fondo, confunde grandiosidad con entretenimiento. Y, sinceramente, tras más de 140 minutos de cráteres, naves espaciales, explosiones constantes y demás parafernalia, el espectador medio -en el que se incluyen los amantes de las películas de superhéroes, como es mi caso- termina hasta la coronilla. Sus responsables, más interesados en devorar las taquillas de medio mundo a toda costa, parecen no darse cuenta de la artificiosidad que desprende una película manufacturada sin rastro de humor, de emoción, de intensidad dramática -la relación de Clark Kent (Henry Cavill) con sus padres adoptivos es tan inexistente que, cuando muere Jonathan Kent (Kevin Costner, en un papel risible) nos da exactamente igual- ni de, en definitiva, entretenimiento.

No hablo del romance entre sus protagonistas porque, directamente, es inexistente: en el colmo de los despropósitos, El hombre de acero consigue el más difícil todavía, es decir, que no exista ni un ápice de química entre el mito y la perspicaz reportera Lois Lane (Amy Adams) -tan “perspicaz” que no es capaz de distinguir a Superman cuando se le presenta vestido con ropa de calle y con gafas delante de sus narices-, que no deben compartir plano más allá de unos exiguos minutos. Todo lo contrario, por ejemplo, a la trilogía de Spiderman de Sam Raimi -al completo- y su posterior reboot The Amazing Spider-Man (Marc Webb, 2012), donde se toma el tiempo necesario para presentarnos y definir a sus personajes o de sumergirnos en las entrañas del drama familiar y personal de su rol principal. El hombre de acero se alimenta de acción, acción y más acción. Y, después, más acción. Y, por si fuera poco, mal rodada y lastrada por un desastroso trabajo de montaje que impide seguir la historia con interés -aunque puede ser que, en el fondo, nada de lo que nos cuenta lo tenga-. Al director le viene grande un proyecto que se alimenta indiscriminadamente del espíritu de la trilogía del Batman de Christopher Nolan, por lo que la inclusión de éste como productor en la película ni el propio título de la misma -en la que se evita mencionar al nombre del superhéroe- es casual. Y las comparaciones son odiosas: mientras que en la trilogía de El caballero oscuro funcionaba ese tono serio y oscuro de su personaje, esa acertada inmersión en sus raíces, aquí nos lleva a la exasperación: El hombre de acero, que tampoco llega a los filigranas de esa edad de oro del cine de superhéroes actual integrada, además de por los ejemplos ya citados, por Los Vengadores (Joss Whedon, 2012)- se ahoga en su porfiada trascendencia, en su empeño por emular algo que le queda a años luz, en su empecinado -y frustrante- intento de dotar al espectáculo de cohesión. Lo único que provoca es que el público se asfixie entre tantos espacios abiertos, entre tanta escena de lucha soporífera y fuera de lugar. Y claro, pasa lo que pasa: que cuando llega al final, con visita al cementerio incluida -sacada directamente del primer Spiderman de Raimi-  y va el director y se quiere poner sentimental -tras, repito, 146 minutos de efectos digitales, un prólogo estirado hasta la extenuación y un urdimbre de detalles inconexos- a uno le entran ganas de reír. O de llorar.

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Pero tranquilos: El hombre de acero romperá las taquillas, se convertirá en el estreno más apoteósico de las últimas décadas, conquistará la mayoría de salas de los centros comerciales -ahogando, aún más, al cine español y el independiente- y el público acudirá en masa a a disfrutarla. O, en mi caso, a sufrirla, tras haber mordido el anzuelo de uno de los tráilers más engañosos de todos los tiempos. Quizá el que más. Y para que no os quedéis con gana, que no cunda el pánico: habrá segunda, tercera, y puede que hasta cuarta parte. Enhorabuena Snyder: lo has conseguido.

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