Las zapatillas rojas

Las zapatillas rojas (1948) ocupa un lugar privilegiado entre todos los títulos que nos regalaron el binomio de directores Michael Powell & Emeric Pressburger. No sólo porque su influencia en el cine musical resulta innegable -tanto por ser uno de los primeros ejemplos en los que los números de ballet se integran en el propio argumento como por su influencia en obras posteriores, desde Un americano en Paris (Vincente Minnelli, 1951) hasta Tetro (Francis Ford Coppola, 2009)-, sino porque pocas veces el poder de la abstracción del arte ha sido radiografiado con el arrebato y el ímpetu que desprende esta libre adaptación de un relato de Hans Christian Andersen. Paradigma de que el talento creativo de la época no era terreno exclusivo de Hollywood, Las zapatillas rojas, encuadrada dentro de una de la edad de oro más incontestable del cine británico, aún sigue ostentando el título de una de las películas inglesas más exitosas de todos los tiempos. Cosechó triunfos en muchos países del mundo -especialmente en Estados Unidos donde, además de que directores de la talla de Eastwood o Scorsese la colocasen en su ranking de favoritas, atesoró el Oscar a la Dirección Artística y a la Música- excepto en España, cuyos estamentos de poder impedían que se asomara cualquier síntoma de manifestación artística. 

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El guión, escrito por los propios directores, narra la historia de Vicky (Moira Shearer), una joven promesa del ballet que entra a formar parte de la compañía regida por el despiadado y manipulador Boris Lermontov (Anton Walbrook), el cual no tiene piedad en situar a la muchacha en la engorrosa tesitura de elegir entre su profesión y su romance con el director de orquesta Julian Craster (Marius Goring), del cual está perdidamente enamorada. Las consecuencias, tal y como se prevé, serán fatales. Lo primero que hay que destacar de Las zapatillas rojas es la entrega absoluta de su actriz principal que, gracias a su valía, inició con esta película una carrera cinematográfica a la que renunciaría pocos años después. La actriz y bailarina escocesa Shearer se deja la piel en un papel que exigió un duro entrenamiento físico y protagonizar escenas tan extenuantes como la del ballet que da título a la obra: 15 minutos de metraje que suponen uno de los puntos álgidos en la función, donde se aprovecha para desplegar todo el arsenal de recursos, extras y escenarios que han convertido a Las zapatillas rojas en un título clave. Lástima que para dar rienda suelta a su rico y variado repertorio musical haya que esperar a que se inicie la relación amorosa, algo que sucede pasada la hora de metraje.

El hecho de haber sido engendrada tan sólo tres años después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, benefició sobremanera a una película que aboga en todo momento por sucumbir al poder de la fantasía, a dejar atrás el mundo terrenal, línea temática que la sitúa en clara sintonía con El mago de Oz (1939). Pero la película de Victor Fleming no sólo aparecer homenajeada en la obra de Powell & Pressburger por los zapatos rojos, de nuevo leit-motiv absolutos de una cinta, sino además en su indiscriminado uso del technicolor, recurso aquí se explotado hasta cotas máximas. Es una técnica que se antoja esencial para dar rienda suelta al logrado esteticismo del film y a plasmar esa apelación constante a los cinco sentidos del espectador, especialmente al de la vista, puesto que Las zapatillas rojas está concebida, ante todo, como mero espectáculo visual Por este motivo, es especialmente doloroso que en materia argumental no se mantenga el listón igual de alto, dando como resultado una película aquejada de una alarmante arritimia narrativa, con una trama que avanza a trompicones. Culpa de ello la tiene una duración excesiva, una trama estirada hasta la extenuación que está a punto de convertirse en un escollo -casi- insalvable para una producción que podía haberse condensado en la mitad de tiempo y en la que sus responsables se muestran más preocupados en vestir sus imágenes, ostentosas y técnicamente irreprochables, en dotar de plasticidad y fastuosidad su ya de por sí grandilocuente puesta en escena, que en filmar una historia sólida, depurada y -lo que es más importante- entretenida.

Sapatinhos Vermelhos

Obra en el que se entremezclan ficción y realidad, Las zapatillas rojas afortunadamente sale muy reforzada por sus últimos veinte minutos finales, sin duda uno de los clímax más descorazonadores e inmisericordes de todos los tiempos, donde el film pulsa notas de verdad y deja patente su carácter adulto. Si no fuera por este nítido ejemplo de hasta qué punto se es imposible elegir en determinados momentos de la vida -ese instante en el que, escojas lo que escojas, estarás renunciando a algo-, de cómo se lleva hasta las últimas consecuencias esta exploración del tormento interior de su protagonista,  estaríamos ante una película irreprochable desde el punto de vista de las imágenes, pero fácil de olvidar desde la perspectiva temática. En resumidas cuentas: se bordea el peligro, pero no sucede la tragedia. 

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2 pensamientos en “Las zapatillas rojas

  1. De nuevo, estupenda y muy personal crítica (lo digo como halago, ehh). Al César lo que es del César pero del todo cierto es que estos imaginativos directores dejan todo al poderío de sus imágenes y su poder evocador. Realmente no es una película con un trasfondo que te subyuge (es más, es algo infantil) pero es un ejemplo de eso que algunos llaman” poesía visual”. Todo hay que dejarlo al poder de la abstracción e imaginación para poder disfrutarla aunque, como tu dices, es una pena que no se ponga un poco más de énfasis en la “molla”. Nos volvemos cada vez más exigentes, Pablo (me incluyo :P)

    • Agradezco haberte acompañado a la Filmoteca a ver la película, porque siento un título tan destacado tenía que verla. Me ha fascinado a nivel visual y musical -aunque el apartado musical tarde bastante en llegar-, pero a nivel de guión se torna a veces aburrida. En líneas generales buena película, pero me esperaba más. Y sí, exigentes siempre! 😉 Un abrazo!

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