20 centímetros

Reconozcámoslo: cualquier película musical que suba el telón con Tómbola de Marisol, y lo baje con el I want to break free de Queen, se merece, cuando menos, una ovación, aunque sólo sea por la osadía de la propuesta. En efecto, quizá sea osada la palabra que mejor defina 20 centímetros (2005), segundo largo del malagueño Ramón Salazar, quien se ganó el respaldo de la crítica con Piedras (2002), su opera prima. Esta incursión en el musical es un film imposible de definir, no sólo por sus malabarismos entre drama y comedia, sino porque se desarrolla a partes iguales en el mundo terrenal y en el imaginario, consecuencia de los sueños de su protagonista, víctima de narcolepsia. Uno de sus grandes atractivos, además del interés del director por ofrecer algo diferente -hecho que siempre es bienvenido- es lo bien que éste se maneja en mostrar esta dicotomía de realidad y ficción: mientras en la primera aprovecha para capturar ese ambiente marginal y suburbano en el que se desarrolla la acción, en la segunda, referida a los números musicales, despliega un singular y enérgico torrente de color, vitalidad y dinamismo. Despliega vida. 

Credit: ALIGATOR PRODUCCIONES / Album

La médula argumental de la película corre a cargo de Marieta (Mónica Cervera), una transexual que aspira a dejar de llamarse Adolfo. Su trabajo como prostituta no lo ejerce por placer, sino para poder costearse una operación de cambio de sexo y, al fin, liberarse de esos 20 centímetros de entre sus piernas que le atormentan y a los cuales hace referencia el título del film. En el camino hacia su sueño tendrá que hacer frente a su facilidad para quedarse dormida en sitios públicos y, además, a la irrupción en su vida de un atractivo repartidor de fruta (Pablo Puyol), el cual no tarda en quedarse prendado de ella… y de su sexo. A raíz de este punto de partida se desarrolla una historia cuya ambición no es tanto remover conciencias -quizá por su absoluta falta de pretensiones-, como el ofrecer un desprejuiciado canto a la vida, a la búsqueda de la identidad exterior -e interior- del ser humano aún a riesgo de que existan personas que se crean con la potestad suficiente de criticar gratuitamente. Salazar se sitúa al frente de una propuesta valiente, ante la que opta por liberarse de cualquier rastro de censura, permitiendo que el objetivo de su cámara capture hasta los detalles más íntimos, que no escabrosos. Así se explican escenas como el par de integrales -fantásticamente conseguidos- tanto de Cervera como de Puyol, que dan buena cuenta de los aires de libertad que 20 centímetros exhala por cada uno de sus poros.

En la travesía -musical- hacia este equilibrio entre cuerpo y mente en la que vive enfrascada Marieta, desfilan sugestivos shows, algunos mejores –True love– y otros peores –Quiero ser santa-, pero todos dejando asomar ese espíritu inconformista de su autor, cuyo talento queda enfatizado, precisamente, en estos minutos musicales. En todos y cada uno de ellos se nota la gran labor de maquillaje, vestuario, peluquería y puesta en escena, con reminiscencias a El otro lado de la cama (Emilio Martínez Lázaro, 2002) -como la escena de apertura, rodada en una Gran vía madrileña vaciada para la ocasión-. El esfuerzo de producción es, por tanto, notable. Con todo, quizá por su singular carácter, 20 centímetros se cuela por ese resquicio de películas fáciles de atacar, quizá porque aglutina muchos de los tópicos que los detractores del cine español suelen esgrimir sobre la industria -sexo, prostitución, extrarradio…-; sin embargo, más que tópicos, personalmente los interpreto como vehículos para narrarnos una aventura en la que sus personajes se mueven con total libertad y en la que son ellos mismos, sin injerencias externas, los que deciden su futuro. La película, en efecto, se le sirve en bandeja de plata a sus detractores, muchos capaces de quedar alarmados -en pleno siglo XXI- ante una escena de sexo entre un transexual y un hombre, sin caer en la cuenta que hasta la propia película se ríe de su inmaduro comportamiento -ojo a esa vecina que, desde el patio de luces, asiste petrificada a la escena, en el que por otro lado es el gag más hilarante de la función-.

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El único reproche que se le puede hacer en materia musical -donde hasta la propia actriz canta la mayoría de temas, algo elogiable y a reivindicar-, a una obra que arrasó en el Festival de Málaga -Premio de la Crítica incluido- es que sus números musicales son incapaces de hacer avanzar la trama ni un milímetro, quedando muchos de ellos impostados. También se le podía haber sacado más jugo a su fabuloso elenco de actrices secundarias -Pilar Bardem, Najwa Nimri, Lola Dueñas o Rossy de Palma -en un guiño hacia una película que, por texturas y tonalidades, recuerda al primer Almodóvar-, o a los propios títulos de crédito finales, algo descafeinados.  Males menores, en todo caso, para un show fresco, atrevido, dispuesto a romper tabúes; un -inmerecido- fracaso en taquilla adelantado, esa fue su cruz, a su época. El tiempo, esperemos, la pondrá en su sitio. 

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