Todo lo que tú quieras

Si algo ha demostrado Achero Mañas en su corta pero intensa filmografía, es que es un director amante de los retos, de las películas complejas. De ello dejó constancia en El bola (2000), Noviembre (2003) y, siete años después, en su tercer largo: Todo lo que tú quieras (2010), donde volvía a poner de manifiesto su comprometida personalidad. Quizá sea este último trabajo, esta nueva  incursión en el cine social de Mañas, el más arriesgado de todos. El autor firma una película concebida para los que, como él, miren de frente el mundo que les rodea para, ulteriormente, detectar una sociedad desclasada, intolerante, no tan evolucionada como cabría esperar. Para ejecutar esta obra lúcidamente denunciatoria, Mañas usa el pretexto de Leo (Juan Diego Botto) un padre de familia que, tras la repentina muerte de su mujer víctima de un ataque epiléptico, se las verá y deseará para consolar a su hija de cuatro años, única testigo del suceso. A pesar de sus reticencias iniciales y su declarada homofobia, asumirá la propuesta que le hace la pequeña: trasvestirse de mujer, a fin de personificar lo más fidedignamente posible a su madre muerta.

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A pesar de que haya a quien le sorprenda su insólito argumento, cabe apuntar que Mañas no sólo no se amilana, sino que logra hacerlo creíble a ojos del espectador, que no tarda en sumergirse en un relato sincero, creíble, movido por los sentimientos. Quizá los que son padres entenderán mejor su esencia, reflejada en el título de la obra que funciona como declaración de intenciones –o en su frase promocional “¿Qué serías capaz de hacer por tu hijo?”-, pero en absoluto es requisito imprescindible para descifrarla. Y digo descifrarla porque es evidente que Todo lo que tú quieras, lejos de ser una película fácil, está diseñada a base de pliegues, aristas argumentales de las que se puede extraer mucho jugo. Por un lado, su manifiesta declaración de amor a la cultura transformista a través de dos vías distintas: por un lado, como valor supremo del ser humano para manifestar exteriormente su condición sexual, de dar rienda a su libérrimo espíritu creativo, por mucho que su entorno aún no esté dispuesto a acogerlo con los brazos abiertos, y, por otro, como homenaje a estos profesionales que, desde tiempos remotos –por mucho de que algunos les parezca un fenómeno reciente- se ganan la vida ofreciendo espectáculos tan jocosos, atrevidos e intelectuales –sí, intelectuales- como los que, cada noche, protagoniza el personaje de José Luis Gómez -actor que parece haber nacido para interpretar este papel-; un rol hipnótico, no sólo porque soporta con total aplomo la ausencia de un hijo, sino porque además sigue decorando el camerino de su local donde actúa cada noche con fotos de los transformistas más históricos de su país, esos que se jugaban incluso su vida en una época en la que la búsqueda de esa identidad exterior de la que habla la película estaba castigada incluso con la cárcel. También es un rol admirable debido a que es el retrato de quien sigue creyendo en su trabajo, defendiéndolo con uñas y dientes a pesar de que, de cuando en cuando, alguien le increpe un “maricón de mierda”. Lo fascinante del film es como Leo, autor de tal calificativo, recurra a éste para pedirle ayuda, hecho por el que se vislumbra una de las principales lecturas del film: nunca sabremos hasta qué punto las personas más insospechadas, aquellas hacia las que profesamos el odio más acérrimo, un día nos pueden ser de total utilidad.

Fascinantes también sus títulos de créditos, capaces de poner en jaque a un espectador que reaccionará ante esos rostros de hombres transformistas de dos formas distintas: los que se sientan incómodos al ver pintalabios en la boca de un hombre y los que, sin más, lo aceptan y se dispongan a dejarse llevar. Si eres de los primeros, huye despavorido: esta película no es para tí. Si te encuadras dentro de los segundos, bienvenido a una obra llena de buenas intenciones, narrada con buen pulso y en el que la música –de Leiva- juega un papel determinante en esta perpetua búsqueda por la emoción en la que se sumerge el realizador. Apelación a la emoción, ojo, sin que se infravalore la parte racional del asunto. La película no es tramposa y muestra el duro precio que Leo tiene que pagar por su conducta,  desde el rapapolvos del jefe de estudios del centro educativo de su hija a, finalmente, la pérdida de la custodia de la pequeña. Algo, esto último, que nos obliga a preguntarnos qué hubiese ocurrido si, en vez de un hombre,  la protagonista del caso hubiese sido una mujer la cual, para devolverle la ilusión a su hija de cinco años, se viese arrastrada a pintarse un bigote y ponerse pelos en las piernas. Mañas parece tenerlo claro: la mayoría de hombres solteros parten desde una posición de inferioridad respecto a las mujeres a la hora de enfrascarse en un proceso judicial por la tutela del menor, quizá porque tradicionalmente han sido las féminas las responsables de las labores domésticas y la educación de los hijos. El sistema judicial, anclado a una máxima que, en pleno S.XXI, está obsoleta, a una realidad social que ya no es tal, tampoco se libra de los dardos envenenados del film. 

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 Exhibida en el Festival Internacional de Cine de Toronto, Todo lo que tú quieras no termina de ser perfecta por la radical transformación de Leo en cuanto a su súbita renuncia a sus prejuicios –algo que, pese a justificarse por el amor que siente hacia su hija, queda algo precipitado-, por la arritmia a la que Mañas somete el desfile de algunos de sus personajes –¿Por qué los padres del protagonista, o el personaje de Najwa Nimri desaparecen, precisamente, cuando más falta hacen?-, pero queda compensado por la delicadeza del director por dirigir a los niños –gran acierto de casting la pequeña Lucía Fernández-, su tonificante estilo visual –Mañas coge el tono desde el principio y no suelta- o por ese final abierto en el que, tras dejar de ver cómo Leo oculta su dolor bajo el maquillaje, escuchamos unas sirenas de policía en acérrima busca y captura de, qué ironía, la única persona viva que realmente conoce a su hija; la única capaz de proporcionarle la felicidad que tanto necesita; la única capacitada, aún por encima de cualquier debate moral, de darle todo lo que ella quiera.

 

 

 

 

 

 

 

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