Espartaco

Hubo un tiempo, aquel en el que Roma era el centro del mundo civilizado, en el que los esclavos se revelaron contra su Imperio, contra una República Romana abusiva e inclemente que los tatuaba a fuego, los sometía a infinidad de vejaciones y privaba de toda dignidad. Un indeseable sistema que usaba a sus súbditos como auténticas mercancías. Es la época en la que se ambienta Espartaco (Stanley Kubrick, 1960), una de las más grandes obras maestras del genero péplum jamás realizadas. Basada en el best seller de Howard Fast, esta superproducción es algo más que una crónica acerca de la rebelión, mucho más incluso que un relato de aventuras: es la radiografía de un hombre que lucha por conquistar el más preciado de sus bienes: la libertad. Algo en lo que se inspiró la posterior Braveheart (Mel Gibson, 1995). En esta línea, la película no sólo muestra hasta donde puede llegar el ser humano por recuperar un bien espiritual tan valioso, sino el alto coste que lleva implícito perseguirlo. Y todo alejado -en muy buena medida- de ese cristianismo recalcitrante en otras producciones de temática similar, como Ágora (Alejandro Amenábar, 2009).

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La acción tiene lugar entre los años 73-71 a. C, y narra la lucha encarnizada de Espartaco (Kirk Douglas), un esclavo gallardo vendido a la temprana edad de 13 años al que, por su fuerza, se le instruye para convertirse en un gladiador de primera fila. Tras días de duro entrenamiento y torturas, el indomable Espartaco organiza un motín por el cual el resto de sus compañeros son puestos en libertad, para más tarde capitanear el inicio de una marcha itálica en la que se irán adhiriendo los demás. Todo para perseguir el más anhelado de sus fines: la abolición de la esclavitud. Como no podía faltar en toda historia épica, durante el desarrollo de los acontecimientos el protagonista conocerá a Varinia (Jean Simmons), una atractiva esclava de la que queda prendado desde el primer instante y que aporta el contrapunto de ternura al relato. Kubrick, que no tuvo el control total sobre su película -a favor de un Douglas, por entonces rutilante galán de Hollywood,  productor ejecutivo de un film en la que se orquestó un mítico duelo de egos con el director, que llegó al proyecto tras la destitución por parte del actor de un Anthony Mann que ya había rodado las primeras escenas-, rueda un fidedigno retrato que nos permite descubrir cómo eran las condiciones de vida de los esclavos o las luchas encarnizadas entre los órganos de poder y el pueblo. Su condición de maestro es notoria en sus majestuosas panorámicas o en esos planos amplios que nos permite captar toda la grandeza del Imperio, así como en su portentosa dirección de actores o en la propia ambición de la propuesta, ejemplificada en la gran cantidad de extras o en el desmedido despliegue de escenarios. Además, hay algo que me gusta especialmente en la labor de Kubrick, y es esa digresión que muestra a la hora de mostrarse aguerrido, inmisericorde en los campos de batalla para, instantes después, hacer gala de una extrema sensibilidad en las escenas entre Espartaco y su amada. Todo sin abandonar su máxima consigna: dar al público toneladas de entretenimiento de calidad.

La cinta es una de esos escasos ejemplos que trascienden su condición de mero ejercicio cinematográfico para pasar a ser todo un acontecimiento, en bastón indispensable de la cultura popular. Es por ello que se le perdona, como a Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939) o Titanic (James Cameron, 1996), su larga duración. Se antoja imposible resumir en menos de sus más de 3 horas un relato cuyo sustrato es el arrojo, la valentía o la temple infinita de un hombre por perseguir sus ideales; un brillante discurso de integridad moral, de compromiso total a las propias creencias del individuo, sin el que el peso de la mirada y la fornida constitución física de Douglas no hubiese sido posible. El actor, que repite con Kubrick tras Senderos de gloria (1957), firma la mejor interpretación de su carrera. Por otro lado, resulta imposible hablar de la película sin mencionar la emblemática escena entre el general Marco Craso (Laurence Olivier) y su súbdito Antonino (Tony Curtis), en la que, mientras éste último frota la espalda del primero, entablan ese antológico discurso gastronómico. En él, Craso deja entrever su bisexualidad con la incendiaria frase: “mi gusto incluye tanto a los caracoles como a las ostras”. El fragmento no logró pasar el llamado código Hays, esto es, el método de censura vigente en la época que era el que tomaba la decisión sobre qué se veía o no en la gran pantalla. Hasta 1967, fecha en la que dio comienzo el Sistema de Clasificación por edades que hoy todos conocemos, causó estragos en muchas películas. Con todo, no consiguió tumbar una película de gran carga erótica -ese despiporre de hombres tonificados semi desnudos, esa  Jean Simmons bañándose sin ropa en el lago…-, que exhala por todos y cada uno de sus fotogramas aires de apertura, de regeneración. 

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Ganadora de 4 Oscar -actor secundario, fotografía, vestuario y dirección artística-, poco malo se puede decir de Espartaco, a excepción de esos instantes de brutal artificiosidad rodados en interiores de cartón piedra que simulan, descaradamente, ser exteriores. Una película pergeñada con lucidez, sólo al alcance de las más exquisitas papilas gustativas, a pesar de que Kubrick quedó tremendamente insatisfecho con la misma. Quizá era consciente de que había rodado algo grandioso, pero se le amputó su torrente creativo, su particularísima personalidad. Y ya se sabe que la libertad, tanto para los esclavos como para los creadores, es sagrada.   

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