Incautos

Desde que Tony Leblanc abriese la veda con el mítico Timo de la estampita en Los tramposos (Pedro Lazaga, 1959), el cine hispano ha parido, con mayor o menor fortuna, películas basadas en los llamados pillos callejeros, timadores de poca monta, amigos de lo ajeno. Incautos (Miguel Bardem, 2003) es uno de los ejemplos más destacados. El director teje una telaraña de personajes que se dedican a mentir los unos a los otros para, de paso, dar algún quebradero de cabeza al espectador que, hasta su potente giro final, nunca sabrá quien engaña a quien. Puede que la contribución de Bardem al género sea escasa -la sensación de déjà-vu está presente de principio a fin- o que la maraña de situaciones que van sucediéndose no dispongan de la suficiente cohesión -como si la ficción no fuese más que un cúmulo de delitos intercambiables, dispuestos sin ningún orden, fruto de un libreto alambicadamente meándrico-, pero nadie negará a Incautos que está rodada con ganas, con cierta ambición. Su estilo narrativo, raudo y vigoroso, se ve potenciado por ese espíritu caricaturesco reflejado en recursos visuales como la pantalla partida, la cámara lenta, el congelamiento de la imagen o el propio Ernesto Alterio interpelando directamente al espectador a través del objetivo de la cámara…

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Precisamente sobre el personaje de Alterio, que comparte nombre con el actor en la vida real, gira esta historia de picaresca y afán de lucro. Sin embargo, a diferencia de The Pelayos (Eduard Cortés, 2012), para conseguir su fin aquí los personajes no dudan en vulnerar la ley o en fomentar la corrupción, como ocurría en la similar Nueve reinas (Fabián Bielinsky, 2000). Todo comienza cuando Ernesto, un timador que ha aprendido los entresijos de la profesión de la mano de el Manco (Manual Alexandre), conoce a Federico (Federico Luppi), el mejor de todos y, posteriormente, a Pilar (Victoria Abril), una antigua amante de éste, que lo dejó plantado en el pasado. Su reaparición atiende a una causa: planea orquestar un “Mirlo blanco”, lo que en el argot de los estafadores se conoce como aquel golpe que te permitirá vivir holgadamente y sin complicaciones el resto de tu vida. Sin embargo, y como bien se apunta en la última frase de la película, las mentiras tienen la patas muy cortas. ¿Quién es el traidor? ¿Quién se llevará finalmente el gato al agua? ¿Cuánto tiempo más les sonreirá la suerte?

En la forma en la que Bardem estructura su función es donde se nota su oficio de director curtido, consagrado a raíz del multipremiado cortometraje La madre (1995), protagonizado por su tía Pilar Bardem y su primo Javier Bardem. El realizador dota a la función de ritmo y empaque, y rueda las escenas de los delitos de forma original a la par que refrescante. A pesar de que sus viajes temporales y acumulación de flashback nos llegan a saturar y que su omnipresente voz en off termina haciéndose pesada, es de justicia reconocer que el resultado final es muy entretenido. A ello contribuye un compacto elenco de actores, desde los veteranos Alexandre y Luppi, hasta unos más que eficientes Abril -bordando su rol de femme fatale- y Alterio -que vuelve a demostrar, una vez más, su don para la comedia negra-. Hay que resaltar también la exhaustiva labor de investigación de un director que se enfrascó en los casos más sonados de corrupción de la historia reciente de España, que son los aquí reescribe con la ayuda del también guionista Carlos Martín. Así se explicarían escenas como aquella del restaurante en la que Federico regala a Ernesto un discurso de absoluta disconformidad con el sistema, en el que afirma cómo Hacienda a través de los impuestos y los propios bancos se han dedicado a robar al contribuyente, con total impunidad. Una secuencia que refleja ese mordaz trasfondo social en el que se mueve un film protagonizado por seres, al fin y al cabo, tan inmorales y corruptos como muchos los que ostentan cargos de poder. El caos contemporáneo, aquel en el que los banqueros corruptos se asoman por televisión -impagable el instante de Mario Conde- o los altos funcionarios del Ministerio de Obras Públicas se dejan contaminar por la avaricia y la corrupción, expuesto de forma menor sutil de lo que parece. La obra, en esta línea, es imperecedera. 

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Para dulcificar un poco la historia, Bardem nos obsequia con chispeantes notas de humor -no así la película está barnizada de un aire ligero, que la convierten en un show de fácil digestión-, como la escena en la piscina y la posterior comida en el porche, ambas tronchantes. Pero, por encima de risas y trabajados gags, conviene quedarse con esa sensación, desalentadora y realista, que emana del film y que obliga al público, como mínimo, a una reflexión: al final, puede que esta vida sea un puñetero timo y que lo que más convenga sea estar de lado de los tramposos. 

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