Un amigo para Frank

Confieso que la premisa argumental de Un amigo para Frank (Jake Schreier, 2012) no me seducía en absoluto: ¿la historia de un hombre y un robot que se hacen compañeros inseparables? Me resultaba cuanto menos ridícula. Percepción que cambió tras su visionado, tras el cual pude descubrir que hay mucho donde rasgar en una de las producciones más originales, fascinantes y, por qué no decirlo, entrañables que ha dado el cine indie en los últimos tiempos. Tras sus incursiones en el cortometraje y el mundo del videoclip, Schreier atina por completo en su primer proyecto para la gran pantalla. Un amigo para Frank es una adorable y homérica fábula ambientada en una época no tan lejana como a simple vista puede parecer, en la que el -imparable- progreso de las nuevas tecnologías obliga a aceptar la premisa de su argumento ipso facto,  conjugando en sus justas dosis ciencia ficción, comedia y drama. El gran acierto del film es que consigue que terminemos comulgando, incluso emocionándonos, con una idea que, en un principio, se nos antojaba descabellada y surrealista.

Un-amigo-para-Frank-2

Ante el principio de Alzheimer que comienza a padecer el solitario Frank (Frank Langella), su hijo (James Marsden) le regala un robot para que le haga compañía las 24 horas del día y pueda servirle de utilidad en las tareas domésticas. A pesar de su oposición inicial, el anciano no tarda en sacar partido a la nueva adquisición y comienza a establecer una estrecha relación con él. Resulta algo mágico comprobar cómo esta boddy movie va tejiendo un entramado afectivo de primer nivel entre una persona de avanzada edad y ante un androide que, por instantes, parece incluso dotado de más sentimientos que muchos de los mortales. A partir de esta premisa, muy en la línea de Wall-E (Andrew Stanton, 2008), el film desarrolla algunas de sus ideas principales, como la vejez -una época comúnmente asociada con la falta de autonomía, la soledad o la pérdida de memoria-, la desintegración familiar -resulta chocante que los hijos deleguen en un robot la responsabilidad que ellos mismos podrían ejercer-, la amistad o, y esto es lo más importante, la pérdida de memoria. A partir de estas dos razones últimas se explicarían las continuas referencias a El Quijote de Miguel de Cervantes, no ya sólo por ese robot que funciona cual fiel escudero, sino por el propio retrato del protagonista, tan mentalmente desequilibrado como el mítico hidalgo manchego. Mención aparte merece esa  escena capaz de poner los pelos de punta en la que Frank duda entre si borrar o no la memoria interna del humanoide, en la que logramos sentir piedad por algo que, en el fondo, no es más que una maraña de tarjetas y cables, una simple entidad artificial. Asombroso.

Además, el film expone un debate interesante, aquél con el que Charles Chaplin ya satirizaba en la imprescindible Tiempos modernos (1936): ¿hay que lamentar siempre un coste humano en esa progresión tecnológica en el que estamos inmersos o, por el contrario, conviene no caer en el tremendismo? La película se moja: ilustra cómo el avance de las máquinas, en ocasiones, arroja dudosos resultados -esa bibliotecaria, a cargo de una Susan Sarandon que da empaque al conjunto, lastimándose ante el incierto futuro de la biblioteca en la que trabaja porque, según sus propias palabras, “estamos en una época en la que la gente puede sacar libros de cualquier sitio”– y, por el otro lado, aboga por una realidad en la que los robots no tiene por qué ser perniciosos o sinónimos de un virus letal, sino que pueden ayudar a contribuir a ese progreso al que antes hacíamos referencia. Ya era hora que una película mostrase la cara amable de la tecnología, esa que muchos títulos aún son reticentes a enseñar por temor a resultar políticamente incorrectos. En esta línea, la lista de virtudes que atesora este androide es infinita: riega el huerto a diario, recomienda al protagonista comer verduras, no pasarse con el alcohol y, lo que es más sorprende, parece incluso entenderle. Además, gracias a su figura, Frank recupera su afición de guante blanco de su juventud -una actitud moralmente cuestionable, sí, pero ésta no es la cuestión-, por el que crea un vínculo afectivo más poderoso que con sus propios hijos. Al final uno no puede evitar hacerse la pregunta: aún con sus carencias, ¿no puede resultar un robot más perfecto que un ser humano?

 un-amigo-para-frank-610x333

Más allá del debate evolución o involución, con la que Un amigo para Frank aprovecha para hacer sus ramalazos con el cine social, el film es un goce de principio a fin. Nos termina dando igual una segunda mitad que no consigue mantener el nivel de la primera, intachable, o la irregular actuación de Liv Tyler. Las razones de su éxito en Festivales como el de Sitges, donde conquistó el Premio del Público 2012, atienden a la franqueza con la que el director aborda la propuesta, un tramo final altamente emotivo -donde el director se guarda un radical giro de guión, un poderoso as en la manga-, o su elocuente virtuosismo formal -capitaneado por la propia creación del robot-. Una pequeña (gran) película que vuelve a demostrar cómo, en ocasiones, el boca/oreja puede ser el arma publicitaria más eficaz, la más redonda de las campañas promocionales. 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s