Calvario

De entre todas las ramificaciones con las que cuenta el cine de terror, Fabrice Du Welz apostó por la vertiente psicológica en la, a partes iguales, inquietante y desasosegante Calvario (2004). El cineasta belga debutó en la gran pantalla con una historia rural que evoca a títulos como Las colinas tienen ojos (Wes Craven, 1977) o La matanza de Texas (Tobe Hopper, 1974). Sin embargo, Calvario esquiva (en buena medida) la sangre y las vísceras para centrarse en la malsana, nociva relación que se va estableciendo entre Marc Stevens (Laurent Lucas), un cantante fracasado que se dedica a actuar en residencias de ancianos, y un extraño personaje, que se irá desvelando como un trastornado en potencia, que acoge a Stevens en su solitaria casa cuando éste tiene una avería con su furgoneta en mitad del bosque. En su arranque, potente y prometedor, ya es palpable que los acontecimientos no irán por el buen camino, en parte por la opresiva y sucia atmósfera en la que Du Welz envuelve su relato. El gran acierto de esta desconocida cinta belga es su funambulesco equilibrio entre el thriller localista y su capacidad de nutrirse de los miedos más primarios del ser humano -soledad, represión, locura, indefensión-.

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La película es especialmente hábil en ilustrar todo el proceso por el que Stevens penetra en las entrañas de esa sinrazón; esa de la que han sido contagiados todos los vecinos del pueblo, primitivos y salvajes, que no dudan en practicar la zoofilia con cerdos o bailar al son de la muerte, en dos de las escenas más surrealistas y grotescas de la historia del cine de terror. Un lugar que no hace sino reflejar un mundo enfermo del que, como en la propia sociedad, parece no haber escapatoria posible. Incapaz, por tanto, de permanecer impasible a tanto trastorno acumulado a su alrededor, ante esa ingrata realidad, el protagonista termina sucumbiendo y contaminándose por una locura que no conoce límites. Torturado, sodomizado y crucificado -¿crítica a la religión?-,  Stevens protagoniza el instante más descorazonador de la película cuando, embriagado de un fácilmente reconocible Síndrome de Estocolmo, termina plegándose ante su agresor,  llorando ante su moribunda existencia, al tiempo que pronuncia un insólito “te quiero”. Escena en la que se deja entrever, con total nitidez, hasta qué punto puede llegar el vínculo afectivo y sentimental hacia un ser que ha sometido al propio sujeto a todo tipo de vejaciones. El elogiable retrato que se hace de la locura  en el film, principal conclusión que se puede extraer del mismo, es magistral.

Calvario logra, además, que haya incluso quien se pregunte si lo que nos han contado no es, en el fondo, la historia de un amor imposible entre dos personas que no pudieron vivir su orientación sexual abiertamente por temor a una sociedad no tan civilizada como parece -así se explicarían escenas como en la que Stevens canta una canción a capella ante la rendida mirada de su secuestrador, o las incursiones del protagonista en el travestismo-. Por otro lado, dejando al margen detalles como el hecho de no estar lo suficientemente depurada -algunos fragmentos, como el del corte de pelo o el instante en el que el lugareño viste al protagonista con ropa de mujer, en homenaje a su ex mujer, la cual le abandonó-, Calvario es más profunda de lo que parece gracias al original prisma bajo la que la enfoca su director, sacando partido de sus localizaciones y llevando por derroteros insospechados su ¿simple? idea inicial. Mención aparte merece el apartado técnico, en el que destaca una chispa visual por encima de la media y su eficacia al plasmar el insano ambiente donde se desarrolla la acción fruto de un notable trabajo de fotografía.

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La muy bien dirigida Calvario no está predestina a ser ningún hito en el género -a pesar de su notable cúmulo de pretensiones- ni tampoco está a la altura de los grandes títulos del cine francés de la última década -esos que se sucedieron tras el estreno de Alta tensión (Alexandre Aja, 2003)- lo que no resta méritos a una película que fagocita muchas de las constantes del género de grandes clásicos, convierte en virtud uno de sus principales handicaps -cómo, al final, ese villano falto de carisma y conexión con el público, termina despertándonos lástima-, esquiva el principal reproche que se le suele hacer al cine de terror -prestar más atención en los efectos viscosos que en el guión- y expone, de manera clara e impúdica, la definición más triste y dolorosa de lo que viene siendo una -con todas las letras- pesadilla.

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