Weekend

Sin entrar en profundidad al (estúpido) debate de la gente que critica que determinados medios de comunicación, organismos y, por ende, el Estado financie con dinero público películas de corte gay que no hacen sino reflejar una realidad social, guste o no, cada vez más palpable -y que estos mismos sujetos ni se pronuncien cuando se financian películas protagonizadas por heterosexuales- o que todavía exista gente que defienda la estupidez supina de que las películas de temática LGTB deban ser consumidas única y exclusivamente por este colectivo -como si los gays o lesbianas no disfrutasen, por la misma regla de tres, piezas audiovisuales encabezadas por un hombre y una mujer-, me dispongo a hacer la crítica de la que ha sido catalogada como la cinta de corte independiente más importante del pasado año en el Reino Unido. Weekend (Andrew Haigh, 2011) llega a España precedida de su aplastante éxito en el circuito de festivales LGTB y de la respuesta positiva de la mayoría de la crítica. Viéndola,  sintiendo la fuerza visual y argumental que irradian cada uno de sus fotogramas, uno entiende el por qué. 

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La segunda película del director, tras la también de corte homosexual Greek Pete (2009), es un depurado ejercicio fílmico que narra la relación que se establece entre Russell (Tom Cullem) y Glen (Chris New). Tras conocerse en una discoteca y pasar la noche juntos, la película muestra cómo lo que comienza siendo un simple affaire se va tornando en algo más profundo. ¿Es el principio de una relación? La disposición de Glen a marchar a Estados Unidos a hacer un curso de arte contemporáneo pondrá a prueba a ambos jóvenes que, durante dos intensos días, se desnudarán en todos los sentidos y compartirán hasta las confidencias más enclaustradas -como la confesión de Russell acerca de su origen, uno de los momentos más tiernos del film-. Weekend, que a partir de esta línea temática está muy próxima a Antes del amanecer (Richard Linklater, 1995), se erige como un ejercicio de madurez absoluto, un brillante documento de desbordante realismo acerca de la necesidad de afecto, de la compenetración y el cariño. Es imposible permanecer impasible ante dos actores absolutamente entregados a una causa que no tardan en hacer al personal partícipe de la incuestionable química que se establece entre ellos, de una simbiosis absoluta. Ningún instante, ni una sola de las conversaciones entre ambos, no sólo no es insustancial sino que contribuye a pulir la relación que van forjando, llena de aristas y momentos emotivos despojados de sensiblería de manual -ojo a cuando Glen se hace pasar por el padre de Russell con el fin de que pueda confesarle su orientación sexual-  En el transcurso del film también se aboga -de forma más o menos impostada- por denunciar la hipocresía y homofobia de la sociedad actual -donde un heterosexual puede hablar de sus virguerías sexuales ante el aplauso de los demás, mientras si lo hace un gay es, automáticamente, un guarro y un promiscuo-, así como los duros peajes que tienen que pagar los homosexuales para vivir plenamente su condición sexual. Aunque no es su tema principal, la película propina duros golpes al sector conservador, más preocupado en saber con quién se acuesta el prójimo que en reconducir su vida propia.

La extraordinariamente conmovedora y valiente Weekend, obra que se consume rápido pero que permanece como un poso inexorable en quien la ve, es un proyecto 100% minimalista, lo cual no hay que confundir con simple. Craso error el calificar con este adjetivo una de las cintas más pulcras, brillantes y profundas del cine británico reciente. Basta prestar atención a la intensidad a unos diálogos que, más que líneas de guión, son lecciones de vida; basta valorar la capacidad del director por condensar en apenas 90 minutos tales dosis de honestidad y delicadeza qcapaces de contentar hasta a los más férreos detractores a este tipo de cine; basta dejarse embaucar por sus dos protagonistas, alejados por completo del cliché del chico guaperas y cachas que suelen encabezar estas producciones, acercándose a una perspectiva más realista, más del día a día. Haigh cuenta todo esto imprimiendo la función de su peculiar estilo creativo, de una elogiable identidad visual -a veces de esencia casi documental- cada imagen. Sus reglas mediante las que busca la conexión con el público son claras: escasos movimientos de cámara, predilección por el plano fijo o formidables planos secuencia -en los se cruzan los viandantes por delante del propio objetivo-. Todo para otorgar un plus de credibilidad una historia ya de por sí reconocible y en la que muchos se podrán identificar.

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Por si alguien todavía no tiene claro por qué tiene que ver Weekend, ahí van dos razones más: su impecable final alérgico al pulido made in Hollywood y su refrescante naturalidad con la que se introducen sus escenas sexuales, complemento perfecto a una historia en la que el sexo funciona como esa demostración de afecto que ambos parecen pedir a gritos, nunca de forma gratuita. No se confundan: Weekend no es una historia de amor gay. De hecho, puede que ni sea una historia de amor. Es el poder que un ser humano puede ejercer sobre otro a la hora de resquebrajar sentimientos aprisionados, de diseccionarlos con aplastante sencillez o de imprimir de identidad, de garra, una existencia sin rumbo. De que, en el fondo, un superhéroe no hace falta que lleve capa y espada. Ni siquiera un antifaz. Basta con ser esa persona que nos haga pasar el fin de semana más mágico de nuestra vida.

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