El juego del ahorcado

En la proyección en la Filmoteca de Murcia de El juego del ahorcado (2008), a la cual tuve el placer de asistir, Manuel Gómez Pereira y Ana Amigo, director y productora de la misma, aseguraban que esta segunda incursión al thriller del realizador -tras Entre las piernas (1999)-  era una película de emociones. Con tal premisa, me dispuse a disfrutarla para no tardar ni cinco minutos en percatarme de que no andaban equivocados: no recuerdo otra película capaz de condensar en poco más de 100 minutos la violación de la  inocencia en la juventud, el despertar sexual, las ganas de comerse el mundo o el retrato malsano a la par que fascinante del amor y la amistad. Todo sustentado en una relación sentimental salvaje, fuera de cualquier parámetro racional, de todo límite. El juego del ahorcado, adaptación de la primera novela de Inma Turbau, es todo eso y más: es la libérrima crónica de hasta qué punto un secreto del pasado puede encadenarte, cual rehén, a una persona que te asfixia y ahoga; cómo los vínculos afectivos establecidos en la niñez configuran, en buena medida, el resto de tus días o cómo la obsesión puede llegar a ser un arma tan destructiva tanto para el sujeto que la profesa como el que la padece. Pero si de algo habla la película es de la juventud como irrecuperable oportunidad, exquisita e irrepetible, de conformar, labrar los cimientos de la que será tu personalidad el resto de tus días. 

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Al igual que en libreto original, que el propio director -que también ejerce de productor-. adaptó para la gran pantalla con la ayuda de Salvador García Ruiz , la acción nos traslada a Gerona de 1989 para ofrecernos el retrato de Sandra (Clara Lago) y David (Álvaro Cervantes), amigos íntimos de la infancia. Lo que durante toda la vida se ha ofrecido al mundo como una relación sana y saludable, se va tornando en algo más oscuro y siniestro debido a los infortunios del destino, capaces incluso de amenazar el equilibrio mental de unas personas obligadas a madurar antes de tiempo. Con todo, resulta casi imposible explicar el argumento de El juego del ahorcado sin dar pistas al espectador sobre lo que va a encontrarse, por lo que es preferible dejarse embaucar por un viaje sensorial, plagado de estimulantes giros de guión y rematado con uno de esos -gloriosos- finales por los que la obra adquiere otro sentido. Los encargados de dar vida a estos dos protagonistas, que destacan por su constante evolución, son ese torrente de energía y vitalidad de nombre Clara Lago y el no menos sorprendente Álvaro Cervantes -amén de la metamorfosis-, nominado al Goya al Mejor Actor Revelación por este papel. Sin menospreciar el trabajo de Cervantes, que me parece magnífico, eché en falta una nominación para Lago, que está predestinada a ser -si no lo es ya- un rostro imprescindible dentro de esa nueva hornada de jóvenes intérpretes del cine español, dotados de un don incuestionable para la interpretación. Lago es la fuerza que en muchas escenas impulsa la película, la dota de personalidad, al tiempo que imprime a su -complejo, difícil, lleno de aristas- personaje todos los matices que éste requiere. Remata la jugada una Adriana Ugarte, como de costumbre, sensacional. Lástima que su personaje, intermitente y confuso, no está todo lo exprimido que debería. La otra nominación a los Goya que atesoró la película fue en el apartado de Banda Sonora, bien merecida.

Y es que uno de los aspectos que más me llamó la atención de la película es su cuidada selección musical, y cómo la letra de las canciones se inserta perfectamente en la trama. Así, temas como A quien le importa de Alaska y Dinarama o la anímica Desolado de Pastora, que sirven de telón instrumental en la escena del primer encuentro sexual de los protagonistas, potencian su significado, ya de por sí férreo y consistente. Por otro lado, hay que elogiar al director madrileño, además de por haber sabido capturar el tono de la novela -ese espíritu de libertad, de sabor de volatilidad que otorga el mar-  por su buen manejo de las técnicas narrativas del thriller para generar tensión e intriga, como los flashback, las elipsis y su habilidad en los primeros planos, pero también para transmitir la dulzura y la complicidad de la relación entre Sandra y David. Una dicotomía de la que sale más que airoso, a pesar de que el último tercio de la película sea algo irregular. 

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El único reproche que le puede hacer a la película es que su título -por mucho que sea homónimo de la novela- no es especialmente significativo en el transcurso de la trama. Se podía haber potenciado más ese juego de lápiz y papel, y así multiplicar el juego de intrigas en el que se arrastra la película. En líneas generales, una propuesta a la que el cine español no nos tiene acostumbrados, en el que por encima de temas secundarios como la violencia de género, la rigidez familiar -que penetra en el subconsciente de quien la sufre para estallar en el tiempo- o la propia violación, queda el retrato de un rol femenino indómito en constante aprendizaje; una heroína de nuestro tiempo que ni se amilana ni se detiene, que quizá que haya personas que te marquen -literalmente- el resto de tus días no sea tan malo. 

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