Sin retorno

Si algo caracteriza a buena parte del cine argentino, al igual que al francés, es por invitar al espectador a la reflexión. Sin retorno (Miguel Cohan, 2010) no sólo hace pensar, sino que además es una de las más impúdicas y nada complacientes miradas a las entrañas de un sistema judicial podrido, obsoleto. El debut tras la cámara del que fue ayudante de dirección de películas como Plata quemada  o El método (Marcelo Piñeyro, 2000-2005), tardó cuatro años en escribir con su hermana una historia basada en la contaminación que los medios de comunicación, también conocidos como cuarto poder, ejercen no sólo sobre las sentencias judiciales, sino al conjunto de la sociedad; una sociedad que, amparada en el rumor y bulos varios, no duda en omitir un principio tan básico del Derecho como es la presunción de inocencia para señalar con el dedo y criminalizar al sospechoso de turno. Y es que si de algo puede presumir Sin retorno es de ambición temática, esquivando en todo instante los manidos derroteros del morbo y construyendo un relato valiente, realista y necesario.

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El dilema que plantea la película se sucede a partir de que Matías (Martín Slipak),  huya sin dejar rastro después de provocar la muerte de un ciclista cuando iba conduciendo su automóvil. A partir de entonces se desarrolla una historia que se bifurca en dos vertientes: en la del punto de vista de Víctor (Federico Luppi), padre de la víctima, dispuesto a llegar donde haga falta con el fin de que se entregue al culpable de la muerte de su hijo a los tribunales y, por otro lado, desde la óptima de los padres del homicida, que no dudan en falsear sus testimonios y desprenderse de pruebas con el objetivo de que el castigo recaiga contra un falso culpable, Federico (Leonardo Sbaraglia). No hay que ser un lince para percatarse de que ésta es una obra sobre la mentira, sobre cómo ésta va creciendo hasta provocar irreversibles, dantescas consecuencias. Pero la mentira no sólo se explora desde el punto de vista de la familia del sujeto culpable, tan deleznable como él por convertirse en cómplices, sino desde la perspectiva de Víctor, un señor mayor que se ve arrastrado a hacer uso de una falsa justicia ante la ineficacia de la policía y del resto de órganos de poder. También Federico, ante la criminalización social a la que se ve sometido -y una condena de varios años-, se ve obligado a tomarse la justicia por su mano, algo que podría solucionarse de cumplirse el llamamiento desde el que parece estar elaborada la obra: el saneamiento de arriba abajo de un sistema judicial que, verdaderamente, haga honor a su nombre y que, precisamente en el país de origen de la película -a pesar de que su vocación sea universal- nunca se ha caracterizado por su buen funcionamiento.

Además de dejar en evidencia a los estamentos de poder, esta mordiente coproducción entre España y Argentina inspirada en La ceremonia (Claude Chabrol, 1995) o en la tremendamente actual Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955) también habla de la culpa, de cómo ésta se convierte en un fantasma que te incomoda por mucho tiempo que pase, algo que te persigue y de lo que es imposible desprenderse. Así, no son casuales las constantes elipsis que van sucediéndose en el relato -algunas, de hasta tres años y medio, que llevan implícita la consabida caracterización de los personajes, muy eficaz-, ofreciendo un producto final altamente depurado y que evita a toda costa recrearse en la tragedia. A su buen manejo del tiempo cinematográfico, se le suma lo bien desarrollada que está la idea, expuesta con mesura y de forma cercana al espectador. La película, que hace un (saludable) equilibrio entre el cine independiente y el comercial, fue justamente premiada en Valladolid junto con Copia Certificada (Abbas Kiarostami, 2010). 

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Lo cierto es que poco se le puede reprochar a Sin Retorno, si acaso no aprovechar más el personaje de Bárbara Goenaga o un final algo precipitado, pero en el que se acierta al volver a reivindicar el silencio como la más eficaz de las armas expresivas entre las que cuenta el lenguaje fílmico. Y es que un buen puñado de escenas de la película, desde esa consulta al dentista como ese instante final en el que a Víctor se le entrega al verdadero culpable de la muerte de su hijo, ambas de gran carga emocional, dicen más por el silencio y por el peso de las miradas de sus intérpretes -todos insuperables- que pos sus palabras. Un entretenido híbrido entre thriller y drama convertido en una de las mejores películas argentinas de los últimos años, que se hace especialmente necesaria en el país donde fue rodada al ostentar Argentina el récord mundial en accidentes de tráfico y especialmente recomendable por constituir un diagnóstico moral de la sociedad de primerísimo nivel. 

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