El Conde Drácula

Si hay un director en la historia del cine español -y puede que mundial- que siempre hizo lo que le dio la gana ese es Jesús Franco. Sin ataduras, sin ánimo de resultar políticamente correcto y sin más restricciones que una censura dictatorial que le obligó a exiliarse para poder desarrollar todo su torrente creativo, el eterno realizador de serie B español también se caracterizó por ser uno de los más prolíficos. El que todavía, a día de hoy, se disputa con Luis Buñuel la corona al realizador más surrealista del cine patrio, llegó a dirigir -incursionando en todos los géneros- y escribir más de 200 películas; unas peores, otras mejores. En el grupo de las segundas destaca El Conde Drácula (Jesús Franco, 1970), la que al principio se nos presenta como la más fiel adaptación jamás filmada de la mítica obra de Bram Stoker; un aspecto por el que destaca por encima de las magistrales Nosferatu (F.W.Murnau) o de Drácula (Terence Fisher, 1958). Lo más significativo es que, por primera vez, se nos muestra a Drácula como un ser que, como en la novela del irlandés va rejuveneciéndose a medida que va alimentándose de sangre fresca humana.

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La película despliega la historia de Jonathan Harker (Herbert Lom), un agente inmobiliario que, con motivo de cerrar la compra de unos terrenos ingleses, viaja al castillo de su cliente: Drácula (Christopher Lee) en Transilvania. Tras recibir al recién llegado, el propio Conde invita a Harker a dormir en su lúgubre mansión, donde irá descubriendo que su cliente no es más que un sanguinario vampiro. En primer lugar, digámoslo claro: El Conde Drácula no es una gran película. Por mucho que Franco se rodeara de un reparto all star en la cinta -en el que destaca la presencia de Lee, al que engañó con el fin de tener material para otra película, o de Klaus Kinsky- y de que se empeñara en resultar fiel a la obra original -algo que, en realidad, sólo se mantiene durante la primera media hora, correspondiente a la llegada de Harker en carruaje al castillo, o al hecho de limitar, como en las películas de Fisher, la presencia del malévolo rol principal-, El Conde Drácula ni tenía el presupuesto ni logró dar ni una milésima del miedo que provocaban, y siguen provocando, las producciones de la Hammer. La película llega incluso a provocar risa en momentos que deberían ser trágicos, como la escena en la que el afásico personaje interpretado por Kinsky -al que, por cierto, no llego a entender por qué se le da tantos minutos de metraje- rompe los barrotes de su celda arrojándose al vacío, la mutación del Conde en murciélago, la estrambótica escena de los animales disecados o el ataque de piedras gigantes -de cartón piedra- a la comitiva que transporta a Drácula, donde se deja al descubierto unos efectos especiales deficientes y un atrezzo mejorable, consecuencia de un exiguo  presupuesto -aunque, en esta ocasión, era más elevado de lo habitual-. El abuso de los zooms imposibles a los que nos tenía acostumbrados Franco tampoco ayuda.

Ahora bien: El Conde Drácula pero posee el carisma suficiente para que el resultado final termine complaciendo. Quizá no posea los méritos artísticos de los films de Fisher, pero reflejan el esfuerzo de un hombre adelantado a su tiempo (nunca sabremos lo que Franco hubiese sido capaz de hacer con más apoyo, económico y moral, de su propio país, que nunca lo tuvo suficientemente en cuenta, y que intentó reparar con la concesión del Goya de Honor en 2009) para que el erotismo -las atractivas víctimas del Conde-, la transgresión, el inconformismo, la rebeldía y el horror fluyeran por el mismo cauce, sin arritmias. Su comienzo es potente, mantiene intrigado al personal, aunque a medida que se va consumiendo vaya perdiendo interés. Obviando su estética amateur y su falta de nervio, conviene quedarse con un director que se las ingenió para sacar partido a sus limitados decorados, por impregnar de esa agradecida atmósfera gótica la producción y por escenas del final como la de las estacas  -chorro de sangre mediante-, aspectos que le permiten jugar por encima de la media de las películas de su filmografía. A resaltar también el juego cromático de Manuel Merino y la descorazonadora banda sonora de Bruno Nicolai. 

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Franco debía ser consciente que la estética casera y bizarra de la cinta le impedían jugar en la liga de los grandes, pero también sabía que esta realidad le ayudaba a perpetuar su principal seña de identidad y una de las lecciones que dejó para la posterioridad: el cine, como la vida, conviene no tomárselo demasiado en serio. 

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