The Horde

The Horde (Yannick Dahan & Benjamin Rocher, 2009) es un -excelente- episodio más encuadrado en esa ola de cine de terror francés que ha emergido con fuerza en la última década; ola inaugurada con Alta tensión (Alexandre Aja, 2003) e integrada por títulos tan notables como À I´intèrieur (Alexandre Bustillo & Julien Maury, 2007) o Martyrs (Pascal Laugier, 2008). Desconozco si George A. Romero, el director que creó el arquetipo zombie gracias a su imperecedero clásico La noche de los muertos vivientes (1968)- ha visto The horde . Pero, de haberlo hecho, estaría orgulloso. Auténtico bacanal de violencia gráfica, quizá The Horde no aporte nada nuevo al mal llamado subgénero -sigo pensando que, el de zombies, debería constituir un género en sí mismo-, pero tiene la habilidad de potenciar y llevar al extremo todas las constantes emitidas hasta la fecha. Además, su aparente falta de originalidad no le impide erigirse como uno de los divertimentos más salvajes e insanos del terror contemporáneo. Como (buen) espectador del cine de terror -es decir, aquél al que pocas poseen el don de sorprenderme-, he de confesar que en esta ocasión salí del cine maravillado.

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Aunque comienza haciendo sus pinitos en el cine de acción -y puede que, en parte lo siga siendo durante todo el metraje-, The Horde no tarda en virar hacia el gore puro y duro. La trama gira en torno a un trío de policías corruptos que, con el objetivo de vengar la muerte de su compañero, irrumpen en la guarida donde se alojan los culpables: una banda de peligrosos asesinos. Sin embargo, sus planes se irán al traste cuando una horda de zombies hambrientos que ha invadido la ciudad  penetre en el lugar. A raíz de este hecho, expuesto en un principio algo titubeante y al que le cuesta coger forma, se establecerán extraños vínculos encaminados a un mismo fin: sobrevivir. De aquí se deriva uno de los temas centrales del film: la necesidad entre personajes irreconciliables de establecer alianzas cuando sus propias vidas están en juego, de conectar fuerzas para salir adelante. ¿No es eso lo que reclaman muchos ciudadanos, ante la imposibilidad de unos representantes políticos que, en más veces de las permitidas, son incapaces de cooperar por el bien del pueblo? El mensaje social vuelve a ocupar el trasfondo de una película de zombies, materia en la que Romero fue pionero. En este sentido, los dos bandos -aparentemente- opuestos que expone la acción, no son sólo son más similares de lo que parecen el uno del otro, sino también (casi) idénticos -en amoralidad, en venganza, en malformación en todos los aspectos- a esa plaga de la que intentan protegerse. Dahan y Rocher hablan de una sociedad podrida, tanto en sus estamentos de poder como a nivel de valores. Y, así, The Horde logra algo insólito: que, ante la saña y ferocidad con la que los “buenos” atentan contra los muertos vivientes, terminemos compadeciéndoles. La gran pregunta que todos debemos responder ante el film es: ¿dónde es mejor hallarse: dentro o fuera?

Espectáculo desquiciado, en el que el porcentaje de violencia se sale de la escuadra en no pocas ocasiones, The Horde se aprovecha de la era digital -esa de la que no pudieron servirse sus predecesoras-, para lograr verdaderas proezas y virguerías visuales. El nivel técnico y  puesta en escena, de realismo sobrecogedor, logra instantes tan iconográficos como la de ese coche rodeado de zombies o sádicas escenas como la de la cocina o la de la venganza del hermano de uno del bando de los asesinos; en ambas queda patente ese ensañamiento al que antes hacíamos referencia. En medio de todo esto, destaca el personaje obeso y drogadicto de Benjamin Rocher; sus chispeantes comentarios e inesperadas reacciones -atención al momento de la falsa amputación de pierna- insufla de numerosos golpes de humor -que funciona como agradable oasis en medio de la tormenta-, un proyecto que, por momentos, parece pedirlo a gritos. 

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Muchos la discriminarán por argumentar que se recrea en la violencia. Sí, por supuesto, pero eso es exactamente lo que los fans del género, el público al que va dirigida, pide a gritos. Y la película se lo da con creces. Algo, en teoría, muy fácil. Pero que, en la práctica, pocas películas consiguen: incomodar al personal, hasta el punto de provocarle malestar y dejarle mal cuerpo. Esa es la mayor grandeza de una adrenalítica e implacable película no predestinada a envejecer. Háganme caso: dentro de 50 años se verá con la misma frescura, con el mismo deleite, con la misma insolencia como disfrutamos ahora La noche de los muertos vivientes

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