Las sesiones

Las sesiones (Ben Lewin, 2012) es una película difícil de ver. Está trufada diálogos desternillantes, personajes entrañables y una sana comicidad, pero lo que cuenta es algo tan espinoso que tampoco para el director tuvo que ser fácil sumergirse en un terreno tan poco explorado, tan en tierra de nadie, como el mundo del sexo en los discapacitados. Lewin, en un guión firmado por él mismo, se basa en la experiencia del poeta y periodista Mark O´Brien, uno de los máximos paradigmas de superación personal en la historia reciente de América por su afán por vivir a pesar de estar ligado a un pulmón artificial, para poner sobre la mesa un buen puñado de reflexiones y cuestiones morales tan peliagudas como necesarias. En primer lugar: ¿tienen derecho estas personas a tener relaciones sexuales? Si la respuesta es sí, algo que supongo pocos objetarán, automáticamente se deriva la segunda cuestión, mucho más compleja:  ante la imposibilidad de que algunas de estas personas, cuya enfermedad les impide incluso movilizarse y establecer vínculos sociales, ¿deberíamos estar más comúnmente aceptado que una prostituta satisfaga estas necesidades a unos seres humanos que no pueden valerse por sí mismos y que, como todos, tienen necesidades fisiológicas? El debate está servido.

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La encargada de hacer perder la virginidad a Mark O´Brien, este tetraplégico de 38 años que discurre sus días postrado en una cama, es Cheryl Cohen-Greene (Helen Hunt), una sexóloga que está dispuesta a cumplir todas sus fantasías, a suplir su falta de afecto y a reparar la inseguridad sexual que padece, tal y como suele ser habitual en este colectivo. Gran acierto de casting, Hunt no duda en desnudarse física y espiritualmente en un proyecto en el que se nota totalmente implicada, regalándonos su mejor interpretación desde Mejor Imposible (James L. Brooks, 1997) y rescatándola de una época en la que había estado 5 años alejada de un papel protagonista, desde Cuando ella me encontró (2007), que dirigió ella misma. La actriz, feroz torrente interpretativo, personifica la luminosidad, la alegría, la naturalidad y el positivismo, en el contrapunto perfecto de O´Brien. Aunque él es el protagonista, me quedo con el retrato que se hace al realista personaje de Cheryl: la película acierta a mostrar tanto su vida profesional como privada, así como los efectos que la primera puede ocasionar en la segunda, o hasta qué punto debe llegar el nivel de implicación profesional-paciente. Asimismo, en una época en la que todavía existe bastante pudor al hablar de según qué temas, el director pone sobre la mesa cuestiones tales como: ¿Hasta qué punto estas trabajadoras del sexo realizan una labor social?; ¿Deberían estar amparadas por la ley?; ¿Cuántos hombres con síndrome de Down, tetrapléjicos, espásticos o aquejados de obesidad mórbida darían lo que fuera por sentir, aunque sólo fuese un minuto, lo que la Cheryl le hace sentir al protagonista? En cualquier caso, lo que sí deja claro la película es que es una decisión tan personal, que le compete única y exclusivamente al enfermo: no hay objeción moral que valga. Cualquier juicio al respecto, de alguien presuntamente entendido en el tema pero que jamás sabría cómo actuaría en casos tan extremos, está de más. 

Tan comprometida como Yo, también (Álvaro Pastor & Antonio Naharro, 2009), pero menos que Intocable (Olivier Nakache & Eric Toledano, 2011), Lewin hinca al diente a un tema polémico, y lo hace con una valentía pasmosa. A su fino retrato de su figura femenina, se une el hecho de estructurar su obra en torno a flashbacks en los que O´Brien se sincera con un cura acerca de sus experiencias sexuales. La religión, por tanto, no queda ajena al foco del director. Pero, lejos de ponerla en la picota, Lewin se muestra condescendiente con ella: reivindica como alguien con un fe católica tan fuerte como la suya puede llegar experimentar el efecto balsámico y de auténtico desahogo que le proporcionan sus creencias. Asimismo, el retrato que se hace del cura también va encaminado a esta dirección: nos encontramos alguien excesivamente bondadoso, reflexivo, tan involucrado en el drama de O´Brien que incluso se atreve a desafiar los rígidos estamentos, las conservadoras normas de la Institución a la que representa, en beneficio del protagonista. Y aquí viene mi nota discordante en un relato (casi) brillante: no dudo que el hecho en el que se basa no sucediese tal y como nos expone la obra, y funciona perfectamente si de lo que se trata es de rendir homenaje a su propia figura, pero no conviene caer en el error de extrapolar eso a todos los demás casos. Hubiese estado bien, por ejemplo, que la película abordara un caso similar protagonizado por alguien alérgico a cualquier tipo de fe o, yendo un poco más lejos, que el cura encargado de escuchar no fuese la excepción a la regla: ¿cuántos sacerdotes están dispuestos a dar la espalda a sus las leyes que dictan sus superiores por ayudar al prójimo? 

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Pasando por alto el detalle de la religión,  Las sesiones nos obsequia con un relato bastante realista, invitándonos a una reflexión serena y reposada de su conflicto y aprovechando, como no podía ser de otra forma, para poner de manifiesto la hipocresía de una sociedad actual, tan aviesa como llena de prejuicios, a la que aún le provoca risas lo de “terapia sexual” -ese recepcionista de hotel que no puede evitar la carcajada ante un tema que, bendita madurez, le resulta la mar de gracioso-. En la retina se quedan grabada la delicadeza y la elegancia con la que están rodadas todas y cada una de las escenas sexuales entre los protagonistas, huyendo del morbo y donde los desnudos son más que necesarios, o las lágrimas finales en la Iglesia de una Helen Hunt justificando su nominación al Oscar. Son sólo algunas de las imborrables escenas con las que el director abastece una cinta independiente que conquistó el Premio Especial del Público y del Jurado en Sundance y el Premio del Público en San Sebastián. Véanla y sabrán por qué.  

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