Los santos inocentes

¿Puede una película diseccionar una de las etapas más oscuras de la Historia reciente de España con una autenticidad pasmosa?; ¿Es posible que el reflejo del régimen franquista nos cubra de tanta impotencia que acabe por removernos en el asiento?;¿Realmente la adaptación cinematográfica de una novela puede no sólo estar a la altura de la misma, sino superarla? Se puede, si la película se llama Los santos inocentes (1984) y está dirigida por un intelectual de la talla de Mario Camus, consagrado un año antes con el Oso de Oro en el Festival de Berlín por La Colmena (1982), la otra gran obra maestra de su filmografía y por la que consiguió el reconocimiento nacional e internacional. Ambientada en los latifundios de los años 60, reflejo de España negra y rural de la que habla la acción, estamos ante un nada complaciente retrato de un país sometido por un poder cuya ambición no conocía límites, cuyo afán por pisotear a las clases bajas aún sigue sin casar con el sentido común. Todo ello queda expuesto con suma claridad y de forma nada condescendiente en una joya que pone de relieve el cinismo y la altivez con la que las clases adineradas, muchas comulgantes con el régimen, sometían a un pueblo oprimido y sin futuro. 

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Relato costumbrista y eminentemente contemplativo, la trama gira en torno a Paco (Alfredo Landa) y Régula (Terele Pávez), una pareja de campesinos que trabajan a las órdenes de los dueños del cortijo en el que viven. Un día se les presenta Azarías (Francisco Rabal), el hermano de Régula, un disminuído psíquico aquejado de una alarmante falta de higiene que ha sido despedido de las tierras para las que trabajaba. Resignados hasta la médula -de ahí la recurrente frase de “a mandar, que pa eso estamos”-, deberán afrontar juntos las penurias a las que le someten sus jefes, conscientes de que el mísero jornal que reciben es su única esperanza para sobrevivir. En pocas películas se refleja de un modo tan clarificador hasta dónde puede llegar la hipocresía humana o cómo los totalitarismos fomentaban -¿fomentan?- la desigualdad social hasta límites insospechados. En Los Santos Inocentes somos testigos de cómo esta forma de gobierno se cebó especialmente con las clases bajas, dando como resultado un pueblo sin educación, analfabeto. ¿Cómo enfrentarse al poder si, en su afán por privar de cultura a sus súbditos, las armas intelectuales para combatirlo son cada vez más escasas? ¿Cómo huir de la resignación cuando no tienes la más mínima opción de salir victorioso? ¿Hasta qué punto Los Santos Inocentes no hablan de nuestro presente, donde muchos Gobiernos (mal llamados) democráticos, lejos de contribuir al progreso, no pretenden más que aborregar, adoctrinar, censurar -todo lo que no comulgue con su ideología- o manipular los medios de comunicación con el fin de obtener una sociedad más alineada, más obediente, más, en definitiva, desinformada? 

La diferencia entre nuestra época actual y esa Extremadura de la que nos habla de la película -donde también sería injusto decir que los mandos de poder respetaban más a los animales que a las personas, ya que ni a éstos respetaban- es que el avance imparable de las tecnologías y la pluraridad de los medios nos han permitido tener una visión más rica del mundo. Asimismo tenemos un derecho tan básico como el de la manifestación, recogido en la Constitución. La gente de la que nos habla Los santos inocentes no tiene más remedio que tragarse su orgullo y aceptar su condición, sabiendo que cualquier desobediencia se pagaba incluso con su vida. En este sentido, el inmenso y curtido plantel de actores de la película -en el que sobresalen unos magistralmente caracterizados Francisco Rabal y Alfredo Landa premiados en Cannes por sus abrumadoras interpretaciones-, se beneficia de haber vivido en primera persona la época en la que se desarrolla la acción, lo que les permite un plus de credibilidad, de desbordante humanidad a sus papeles. Imposible permanecer indiferente ante un surtido de personajes a los que odiamos -Juan Diego, Mari Carrillo-, pero también compadecemos -Pávez, Belén Ballesteros-. 

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El cineasta santanderino alcanza el cénit artístico con esta crónica imborrable de la pobreza en todas sus extensiones, articulada sin más pirotecnia que un guión de hierro y un reparto que es imposible que esté mejor en sus respectivos papeles. Su condición de maestro  queda patente en ese final, absolutamente imprevisible, en el que el toda la ira y la impotencia que ha ido acumulando el espectador, se resuelve con una absoluta descarga de todas estas emociones, con un estallido fervoroso en nuestro interior, un atronador aplauso de satisfacción. Una escena cumbre que pone fin a una obra que aboga en todo momento por el exterminio de las jerarquías obsoletas y la aniquilación del conservadurismo más podrido; líneas temáticas que no hacen sino reflejar la idea con la que, seguro, Delibes escribió su obra homónima: que, a pesar de todo, cualquier tiempo pasado no fue mejor.

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