Faraón

Ejemplo de que existen títulos históricos europeos que nada tienen que envidiar a las grandes películas de las majors americanas -las que son, sin duda, las responsables del mejor y más rico repertorio del género peplum, como Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963) o Espartaco (Stanley Kubrick, 1960)-  ni es espectacularidad ni en presupuesto, y que se puede firmar un relato basado en la Antigüedad con carácter netamente intemporal,  Faraón (Jerzy Kawalerowicz, 1966) nos sumerge de forma irreversible en un territorio, si no en ruinas, sí muy deficiente. La época del Imperio Nuevo en el que está ambientada esta obra maestra del cine polaco aparece retratada con toda su crudeza: a la presión exterior que los asirios ejercen sobre el pueblo griego se suma el empobrecimiento no sólo económico, sino cultural, de unos habitantes tan insulsos como fácilmente gobernables, así como la mirada descreída que aporta el director sobre un poder religioso que controlaba las riquezas de la época. El clero, sin ningún género de dudas, es el que peor parado sale de una cinta que destaca por su enorme rigor histórico y su plena vigencia en nuestros días: el catolicismo se dibuja como una institución ávida de poder, multitentacular en su afán por controlar ámbitos del Estado tan dispares como el político o al propio individuo.

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Basada en la novela de Boleslaw Prus, esta poliédrica película sigue la trayectoria del faraón Ramsés XIII (Jerzy Zelnik) que, en medio de esta difícil coyuntura, intentará instaurar la razón, el orden y recuperar el poder, aunque para ello tenga que enfrentarse a un grupo sacerdotal, dentro de una élite tan privilegiada como oxidada, que no piensa dar su brazo a torcer. Su figura se alza como la única esperanza de un pueblo aislado, oprimido. A raíz de unos hechos fácilmente comprobables en los libros de Historia -a pesar de que la figura de Ramsés XIII nunca haya existido- o de que ciertos sectores conservadores pongan el grito el cielo -algo que a estas alturas no debería de sorprendernos-, Faraón pone sobre la mesa jugosas cuestiones tales como: ¿hasta qué punto debe interferir el poder religioso en la configuración de un Estado libre?, ¿tiene sentido que la Iglesia siga teniendo un peso inabarcable en numerosos países, muchos de ellos declarados constitucionalmente aconfesionales? Asimismo, la película de Kawalerowicz es un -muy necesario- llamamiento a las altas esferas políticas y sociales -y al poder civil en toda su extensión-, a configurar un tipo de Estado impermeable a los peligros externos, insobornable a las amenazas -sí, amenazas- de cualquier dogma o creencia. Tal y como queda bien expuesto en la obra, todo lo que sea salirse de esta vía, supone el más rotundo de los fracasos, como el que padeció Polonia en el siglo XIX cuando era un territorio dividido entre dos poderes fácticos tan recalcitrantes como la religión -el catolicismo ortodoxo- o el bastón político. Es inevitable, por tanto, preguntarse si el propio argumento de la película no es un pretexto del que se sirve Kawalerowicz para radiografiar una época mucho más reciente, esa que padeció su país natal. Tan reciente que, incluso, llega hasta nuestros días. 

Con todo, el director no va mucho más allá a la hora de valorar los hechos, sino que deja que el espectador saque sus propias conclusiones. Para llevar a cabo su misión, el autor de la también espléndida Tren de noche (1959) rueda una superproducción sin paliativos, sustentada en una soberbia ambientación -para la que fueron necesaria 3 años de trabajo y miles de extras -la mayoría soldados soviéticos- y una inmejorable caracterización de sus personajes, libre de prejuicios, pudor y en perfecta sincronía con el espíritu provocativo del film. Así, la erótica es palpable de principio a fin, tanto en los faraones, físicamente intachables y semi desnudos, y en las mujeres, de mirada felina, infinitos tocados y trajes imposibles. El hecho de que esté rodada en exteriores naturales del propio Egipto ayuda a que el espectador se traslade de forma ipso facto al escenario donde se desarrollan los acontecimientos. Y todo con una ausencia total de música, sirviéndose únicamente de los efectos sonoros -el sonido del viento o algún himno-. Eso sí: obligado su visionado en la versión restaurada digitalmente, que consigue hacer aún más grande la propuesta. 

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Algo farragosa en algunos momentos -la escena del eclipse no está todo lo bien conseguida que exigía una cinta de estas dimensiones, o el hecho de otorgar a los asirios más poder del que realmente tenían-, brillante en otros -el antológico instante  inicial de los dos escarabajos peleando por una bola de estiércol, metáfora del poder político y religioso-, se puede acusar a Faraón de pretenciosa, pero nunca de liviana. Algunas de sus escenas están estiradas en demasía y su larga duración -dos horas y media- le perjudican, pero también da la sensación de que es imposible resumir en menos tiempo si no la mejor historia de temática faraónica jamás rodada, la que mejor consigue hacer atractiva una civilización ya de por sí tan fascinante, milenaria y perfectamente extrapolable al siglo XXI -en lectura política, en agitación social, en tantas y tantas cosas- como el antiguo Egipto. 

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