Anatomía de un asesinato

El hecho de que Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959), esté considerado uno de los dramas judiciales capitales de la Historia del Cine tiene mucho que ver con el buen hacer de un director, autor de obras como Cara de ángel (1952) o Laura (1944), que filmó una película atípica dentro del género. A diferencia de otras producciones predecesoras sobre litigios  como Testigo de cargo (Billy Wilder, 1957) o 12 hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957), Anatomía de un asesinato carece del factor sorpresa como tal: desde el principio conocemos quién es el asesino, los motivos que le han llevado a matar y, por tanto, nos podemos imaginar el desenlace. La cinta de Preminger, pues, no se guarda un as en la manga ni tampoco juega a ir desglosando datos importantes a lo largo del metraje en relación a la culpabilidad -o no- del asesino.  Lo curioso es que es precisamente este hecho, el de exponer toda su información principal desde un principio, que el espectador tenga la misma información que sus personajes desde el minuto uno, lo que la convierte en interesante. El carácter predecible de la que algunos la tachan  es, en mi opinión, inexistente: su grandeza está en ver cómo se desarrolla el juicio.

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Basada en la novela homónima basada en hechos reales de Robert Traver, la trama gira en torno a Paul Biegler (James Stewart), un abogado más centrado en el jazz y en la pesca que en su oficio, que un día recibe el encargo de defender a un hombre (Ben Gazzara) acusado de matar al violador de su esposa, Laura (Lee Remick),  Tras una primera hora de la que el film se sirve para contextualizar el relato y presentarnos la conexión entre sus personajes, Preminger se sumerge durante la hora y media siguiente en el interior del juzgado, dando lugar a uno de los juicios orales más ágiles, portentosos y flexibles jamás filmados. Tremendamente adictivo, durante el desarrollo de la sesión podemos apreciar la más que palpable tensión entre defensa y oposición-llegando al punto de desacato a la autoridad, a la pérdida de las formas, una crítica de cómo los propios profesionales no respetan los órganos de poder de la que podría desprenderse una oportuna lectura contemporánea-, mostrándonos a un Stewart atrapado en una vorágine de difícil escapatoria. Y es que, al contrario de la labor del personaje interpretado por el actor en Yo creo en ti (Henry Hathaway, 1947), donde su misión era demostrar la inocencia de un acusado, en esta ocasión intenta defender a un auténtico asesino. Lo curioso es escuchar las intervenciones, razonamientos y argumentaciones, vivaces y sarcásticas, de las que se sirve Biegler para amilanar, camelar, a un jurado pupular, a una oposición y, en última instancia, a una señoría que no piensan dar su brazo a torcer. La sensación de claustrofobia que se va creando en el interior de la sala, en algunos instante incluso asfixiante, es impagable. 


Junto con los imborrables títulos de crédito de Saul Bass, otro aspecto destacable de Anatomía de un asesinato -rodada, por cierto, en el mismo lugar donde se desarrolló el juicio de la historia en la que se basa, el Palacio de Justicia de Michigan,-, es su carácter transgresor. Así, no era frecuente escuchar en el cine de la época palabras como bragas, violación, penetración o esperma, mucho menos de la forma tan natural como en la que aquí se expone, motivo por el que aseguran que el propio padre de Stewart se avergonzó de la “sucia película” que había rodado su hijo. Anécdotas aparte, es también remarcable lo bien definidos que están sus personajes, pulidos con brochazos de ingenio, y como los actores desempeñan sus roles con sobrada determinación. Junto al de Biegler -perfecto en su dicotomía, profesional y privada-, llama la atención el retrato de Laura, una mujer tan adelantada a la época, insinuante y sexual que aún cuesta creer como fue posible su personificación antes de la década de los 60, cuando el cine de Hollywood había explorado temas tan tabúes como la prostitución en contadas ocasiones. Toda la sensualidad y descaro que emana su personaje se condensa en esa iconográfica estampa en la que aparece tumbada en el sofá, enfundada en un ceñido vestido.

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A pesar de sus 7 nominaciones a los Oscar -incluida de la James Stewart, que firma una de sus más notables interpretaciones, como así se lo reconoció también el Festival de Venecia-, Anatomía de un asesinato se fue de vació debido al rival a batir: Ben Hur (William Wyler, 1959), que logró 11 de los 12 premios a los que optaba. Infravalorada e injustamente olvidada, estamos ante un film que aunque puede salir perjudicado por su excesiva duración -160 minutos-, cumplirá las expectativas para los que disfruten de la historias adictivas y reales pero, especialmente, los que tengan claro que la habilidad verbal, el ingenio y la astucia son la mejor arma para conseguir sus fines. Por descabellados que parezcan. 

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