Fresas salvajes

Si hay una fecha especialmente significativa en la filmografía de Ingmar Bergman es 1957, año en el que el sueco estrenó en su país natal, con apenas diez meses de diferencia, dos de sus mejores obras maestras: El séptimo sello y Fresas salvajes. En éste último film, el director se zambulle en la vejez, uno de sus temas predilectos, a través de un relato en torno a un anciano que, atemorizado por la proximidad de la muerte, decide replantearse de nuevo toda su vida. Una de las muestras más notables de Bergman en el campo del existencialismo filosófico, Fresas salvajes se erige como una atípica road movie que habla de un viaje físico, el que el desconsiderado y solitario físico Isak Borg (Victor Sjöström), de 78 años de edad, debe realizar para el homenaje que le va a rendir su universidad. No obstante, este viaje por carretera derivará en lo que es la verdadera espina dorsal de la película: un periplo espiritual a través del cual el protagonista comenzará a entender los errores de un pasado marcado por un amor frustrado, trufado de egoísmo, en el que sus esfuerzos por ser asertivo con el prójimo han brillado por su ausencia. 

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Considerada una de las 10 películas favoritas de Stanley Kubrick y punto de partida de esa edad dorada del director que se prolongaría hasta finales de la década de los sesenta, Fresas salvajes destaca por la gran presentación que se hace de su personaje central en su irreprochable y depurado prólogo a través de su propia, solmene y quebradiza, voz en off, .  Al mismo tiempo se introducen algunas de las metáforas que desfilarán por el film -como ese perro, su infatigable compañero de vida, símbolo de la amistad y la fidelidad-. El título de la película hace referencia a ese momento determinado en el que, en mitad de ese viaje en carretera que Isak emprende en compañía de su nuera (Ingrid Thulin) -personaje que sufre por el desplante al que le ha sometido el único hijo de Borg tras enterarse de su embarazo- se detienen en la casa de verano donde el anciano pasaba su niñez. Un lugar que representa lo que, décadas después, su propia persona se ha ido encargando de extinguir: la felicidad, la bondad, la inocencia, la generosidad. E, incluso, la propia juventud. No sólo la física, también la del alma. A partir de entonces se irá codeando de una constelación de personajes -la pareja de autoestopistas, su propia madre…- a través de los cuales cambiará su perspectiva ante la vida y por el que su mundo interior, ese que se ha ido oxidando con el paso de los años (“Ya estoy muerto, aunque todavía viva”, llega a decir), vivirá un gratificante proceso de regeneración.

Film adulto, trufado de enjundia y lecturas, Fresas salvajes nos propone un relato existencialista en el que entremezclan recursos narrativos tan propios del cineasta como el flashback, los sueños, capaces de derribar el imperante mundo caótico, al tiempo que esquiva el riesgo del surrealismo En relación con los sueños, éstos también se presentan como un excelente vehículo tanto para rememorar tiempos pasados como para refugiar de la insatisfecha e indecible realidad física, es admirable la capacidad de Bergman para conjugar realidad y fantasía, pasado y presente. Además, en esta lección de cine cercana al de arte y ensayo, se dan cita otras cuestiones propias de su filmografía como la compasión, la pérdida, la memoria, el recuerdo, las preguntas acerca de la existencia de Dios, el destino, la nostalgia, la sexualidad e, incluso, la relación entre padre e hijo -un tema que abordó de forma especial y nada complaciente en Saraband (2003), la continuación de Secretos de un matrimonio (1973)-. Fue tal la trascendencia que tuvo el film con el paso del tiempo que incluso Woody Allen le homenajeó en Desmontando a Harry (1997). 

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Ganadora del Oso de Oro en el Festival de cine de Berlín y nominada al Oscar al Mejor Guión Original, Fresas salvajes habla, en definitiva, de cómo afecta al espíritu del ser humano ese enigmático instante en su vida en el que a uno no le queda más remedio que hacer un profundo examen de conciencia o, en otras palabras, rendir cuenta de sus actos. Y, después, asumir lo que no se puede cambiar pero, también, reparar lo que todavía esté en nuestras manos. Porque aunque es un film de carácter concienzudamente pesimista, en la línea de Bergman, también es patente la férrea voluntad del director por transmitir esa capacidad de enmendar nuestros errores mientras haya un soplo de vida, un resquicio de ese tiempo que parece consumirse, agotarse a pasos agigantados. Ese don, cada vez más alejado de la esencia humana y utópico, de saber volver a nacer

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