Buscando un beso a medianoche

Si uno ama de verdad el cine, con todo su corazón y con la suficiente pasión, a la fuerza hará una buena película“. La ilustrativa frase con la que Quentin Tarantino explicó, en los extras de la edición en DVD de Reservoir Dogs (1992), la principal receta para hacer cine, parece haber sido aplicada por Alex Holdridge en su obra Buscando un beso a medianoche (2007). Buque insignia del cine independiente de la última década, hasta el punto de competir en más de 20 festivales de todo el mundo, incluido el de Gijón, este soplo de aire fresco podría encuadrarse en esas producciones que han dignificado al género romántico en los últimos años. Tras disfrutarla, es fácil que uno la engrose en la misma lista de 500 días juntos (Marc Webb, 2009), Bon Appétit (David Pinillos, 2010) o Two Lovers (James Grey, 2008). Aunque no llega al nivel de perfección formal de este trío invencible, ni tampoco atesora ninguna escena que la haga especialmente memorable, sería injusto negar a Buscando un beso a medianoche su capacidad para conectar con el espectador a través de un romance que no es más que un mero pretexto para radiografiar su tema central: el miedo a la soledad.

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No se puede decir que su trama, basada en la infatigable fórmula chico conoce chica, brille por la originalidad: dos personas, Wilson (Scoot McNairy) y Vivian (Sara Simmonds) se conocen a través de una página de contactos por internet en la ciudad de Los Ángeles y, aunque en un principio no se soportan, no tarda en surgir entre ellos una relación que a ambos pillará por sorpresa y que, quizá sin saberlo, necesitaban. Un romance no sólo no inesperado, sino que también les arrastrará a un inexorable proceso de maduración, a desprenderse de sus complejos -impagable la hilarante y nada casual escena inicial de la masturbación, uno de los tabúes más inconfesables del ser humano- y a superar ese pánico feroz a la soledad, ejemplificado en ese terror irracional a que durante la noche de fin de año no tengan a nadie a quién besar. Se desprenden, así, dos cosas: en primer lugar, que a pesar de la falta de innovación en su argumento, el trasfondo, lo que en realidad se narra, es altamente positivo: pocas veces había estado mejor reflejado visualmente el valor de la compenetración, de sentirse realizado con otra persona al lado. Por otro, es también formidable cómo el director -también autor del guión- va haciendo crecer a su pareja protagonista con la misma intensidad y ritmo que lo hace la ciudad donde se desarrolla la acción. Se establece, pues, una perfecta sincronía entre éstos  -que llevan sobre sus hombros la mayor parte del metraje, a pesar de que la relación del amigo de Wilson con su novia, que nos importa poco, ocupe más minutos de los permitidos- y el tercer protagonista de la historia, es decir, Los Ángeles; un escenario desangelado e inconsistente que va floreciendo hasta el punto de ser tan perdurable e, incluso, emotivo, como la historia de amor central, protagonizada por personajes a los que el director mima y, sin ningún género de dudas, engrandece. En esta línea, no estaría muy lejos de lo que hizo Woody Allen en Manhattan (1979).

El método que escoge Holdridge -que volvió a trabajar con Simmonds y McNairy tras  Sexless (2003)- para llevar a cabo esta tarea se aleja mucho de la típica dirección formal, imprimiendo a la historia de un refrescante tono realista y una personalidad propia. Junto al detalle de que pueda ser disfrutada tanto en color como en blanco y negro -algo, ya de por sí, vanguardista-, llama la atención su amplia selección musical. En efecto, durante los depurados 90 minutos de Buscando un beso a medianoche se dan cita la friolera de 25 temas musicales. Una selección de canciones exquisita, a un paso de convertir el film en un musical, que comulgan perfectamente con el aroma intimista del film y que se funden de manera especialmente significativa con las imágenes. Entre ellas, destaca la versión del mítico tema de Scorpions Wind of change, a cargo de Sybil, perfecto broche de oro a la cinta. Asimismo, a pesar de su modesto presupuesto, se le nota cierto esfuerzo de producción en sus transiciones temporales, en esas panorámicas donde se puede ver a Los Ángeles anocheciendo y amaneciendo de forma onírica, casi espiritual, tan alejada a lo que nos tiene acostumbrados el cine comercial. Una vez más, se demuestra que no es necesario un gran presupuesto para rodar un film que cale en el espectador y, al mismo tiempo, que lo respete. Como está el patio es un lujo.

buscando un beso a medianoche

Buscando un beso a medianoche, en conclusión, es un film de solemne belleza, que logra mantener el tipo de principio a fin y que, para colmo de virtudes, se erige como un intachable manifiesto de esperanza para aquellos misántropos que lleven tiempo sin besar -el tributo que se le rinde al acto de besar nada más subir el telón de la película es impagable-. Se le puede acusar de pretenciosa -¿se quiere parecer demasiado a las inigualables Antes del amanecer y Antes del anochecer (Richard Linklater, 1995-2004) o es impresión mía?- pero hay sobrados motivos para alegrarse por esta crónica del amor cuya belleza radica en su simplicidad, en su espíritu inequívocamente adulto. No es una historia basada en hechos reales pero, diablos, lo parece. 

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2 pensamientos en “Buscando un beso a medianoche

  1. Pingback: Miedo a la soledad: “Buscando un beso a medianoche” (Alex Holdridge) | LOCOS DE AMOR

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