Uno, dos, tres

No ha de extrañarnos que Uno, dos, tres (1961), constituya, junto a El gran carnaval (1951), uno de los más estrepitosos fracasos en taquilla de Billy Wilder. Sólo al inclasificable director se le podía ocurrir un proyecto tan aparentemente suicida como esta trepidante comedia camuflada bajo el manto de -feroz- sátira política. Ambientada en las entrañas de Guerra Fría, en pleno apogeo de la rivalidad entre la Unión Soviética y Estados Unidos, el cineasta propone una reflexiva e insobornable lección en la que sacar a relucir los trapos sucios de cada uno de los dos bloques abanderados pror estas dos grandes potencias que pilotaban el mundo: el comunista y el capitalista. Y digo que nadie puede echarse las manos a la cabeza ante su escaso rendimiento en las salas porque el ciudadano Wilder, a diferencia de la mayoría social de la época, no comulgaba con ninguno -o, por lo menos, así lo refleja buena parte de su obra- y se muestra inmisericorde con ambos; tacha de incompetentes y poco lúcidos a los primeros, al tiempo que cataloga de manipuladores y ambiciosos a los segundos. Se mantiene, por tanto, neutral en el conflicto, provocando sonrojo a cualquiera de los defensores de cualquiera de estos dos sistemas, tan llenos de carencias y defectuosos, como a menudo alejados de lo que debería ser una democracia.

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Basado en la obra de teatro homónima de Ferenc Molnár y escrito a cuatro manos entre el propio realizador y I.A.L. Diamond, el guión cuenta la historia de C.R. MacNamara (James Cagney), un alto ejecutivo de una multinacional de refrescos en Berlín que sueña con expandir la compañía más allá del Telón de Acero. Un día, su vida cambia cuando recibe el encargo de cuidar a la hija de su jefe. La tarea no parece complicada, hasta que la joven, que acaba de cumplir la mayoría de edad, aparece casada con un comunista, Otto Piffl. Consciente de que eso puede provocar la irritación de su jefe, MacNamara intentará ocultar la verdadera identidad del susodicho. En realidad, Wilder, usa el prototipo del protagonista -el cual se despidió de la actuación tras esta película, según apuntan algunas fuentes por una mala experiencia-, para personificar a ese capitalismo exento de remordimientos, tan ambicioso como manipulador. Por contra, se sirve de la figura de Piffl como paradigma de ese socialismo rancio, poco inspirado, que gobernaba en el otro extremo del mundo. Un ejercicio de originalidad que Wilder resuelve con su habitual maestría, haciendo uso del llamado “toque Lubitsch”, es decir, una táctica muy empleada en sus películas -herencia del director Ernst Lubitsch, principalmente gracias a su obra Ser o no ser (1942)- a través del cual había que buscar el doble trasfondo a lo que se nos estaba narrando en pantalla.

Introduciendo algunos de sus temas de cabeza, como la infidelidad o el deseo -la relación de MacNamara con su secretaria-, Uno, dos, tres funciona gracias a su ritmo endiablo, frenético, dispuesto a no dar un segundo de ventaja ni respiro al espectador. Si una de las reglas escritas en todo manual del buen guionista reza que una página de guión equivale -aproximadamente- a un minuto de película, ¿cuántas hacían falta para rellenar sesenta segundos de un metraje donde el ritmo y los diálogos resultan a veces, incluso, atropellados? Unas conversaciones, vivaces y oportunas, en boca de unos personajes situados en la frontera entre la mera caricatura y la irritabilidad más absoluta. No obstante, a pesar de la hiperbolización a la que están sometidos sus roles, el film es una pieza de indudable valor histórico, que nos enseña que la mejor manera de encarar un conflicto, de la índole que sea, es como lo hacía Billy Wilder: a través del sentido del humor. Y es que, si ellas mismas potencias no se tomaban (no se toman) en serio, ¿cómo las iban (las vamos) a tomar los demás?

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Uno, dos, tres, que nos remite a la mejor etapa de Woody Allen, bien podría ponerse en la platea contemporánea gracias a su esencia intemporal. Su impagable sucesión de chascarillos y de acertados gags -el plano final, paradigma de la competitividad, casi puede situarse a la altura del mítico “Nadie es perfecto” de Con faldas y a lo loco (1959)- convierten a esta cáustica, mordiente y corrosiva visión al tejido social -y político- en algo más que una disfrutable comedia: es el mundo en que vivimos. 

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