Sin vergüenza

“Si tenemos miedo a sentir, tenemos miedo a actuar”. La ilustrativa frase con la que se abre Sin vergüenza (Joaquín Oristrell, 2001), funciona como perfecta declaración de intenciones por parte de una comedia en la que, por encima de sus enredos y su esencia castiza, subyace siempre un sentido homenaje a la profesión actoral, al abnegado y sacrificado mundo de la interpretación. Sin embargo, en contra de lo que se pueda creer, la película se muestra lo más objetiva posible, reflejando las luces y sombras de una profesión hermosa, vocacional, pero también competitiva y endiosada. El director catalán, en efecto, construye este sentimiento de afecto hacia el actor desde la perspectiva más idónea, a través de este sano (e incalculable) ejercicio de autocrítica, a través del cual Sin vergüenza aspira a ser algo más que una mera comedia urbana más que la cinematografía española acogió principalmente en los años 90 y a comienzos de siglo -con Nada en la nevera (Álvaro Fernández Armero, 1998) o Cha cha chá (Antonio del Real, 1998) como dos de sus máximos exponentes-. Porque tras esa fachada costumbrista, de personajes (casi) esperpénticos o cierta estética de tebeo, se esconde una película real, de personas que sufren, aman, anhelan, se ilusionan y se decepcionan como cualquiera de nosotros. 

Sin vergüenza (1)

La trama gira en torno a Isabel (Verónica Forqué), una profesora de interpretación a cuyas manos cae un guión que, curiosamente, refleja el romance que ella misma vivió dos décadas atrás con el director Mario Fabra (Daniel Giménez Cacho). A pesar de que la historia de amor duró tan sólo 17 horas y que, en la actualidad, ambos se refugian en sus amantes, ninguno de los dos han podido olvidarse. Sus sueños parecen cumplirse cuando Fabra contrate a los alumnos de Isabel para poner en marcha su película… Un trama rocambolesca, que desafía permanentemente los límites de la credibilidad, pero que -y esta es su mayor virtud- nunca cae en el ridículo. Conviene paladear sus tintes surrealistas, su tan agradable como inofensivo sabor a cómic… pero sin olvidar el trasfondo que hay detrás, ese compromiso del director por mostrar las entrañas de una profesión a menudo olvidada y que, tal y como refleja la película, sólo en nuestro país ejercen 4.500 personas. Oristrell lo consigue gracias a un casting compacto, rico, donde la profesionalidad y la frescura que irradian jóvenes promesas de la actuación como Marta Etura o Cecilia Freire -surgidos de la escuela de interpretación de Cristina Rota, coautora del guión-, no tiene nada que envidiar a la veteranía de los grandes. Me refiero a la naturalidad que destila Forqué -nunca me cansaré de dar las gracias a Almodóvar por descubrirla en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)-, la humanidad de la que hace gala Rosa María Sardá o el complejo rol al que da vida el soberbio Giménez Cacho. Todos se vuelcan en un guión complejo, lúcido, plagado de chispeantes diálogos, poseído por una irrefrenable progresión narrativa que desemboca en uno de los clímax más arrolladores, más pasionales, del cine español reciente.

Gran ejemplo de metacine, la cinta del catalán, que se revela como un cinéfilo empedernido, también rinde tributo al mundo del cine, tal y como se desprende no sólo a lo largo ancho de la trama-con referencias a cineastas como Almodóvar, Amenábar, Woody Allen, Buñuel, Bergman… o películas como Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939) o Belle Époque (Fernando Truba, 1992).- sino también en sus títulos de crédito, un indisimulado guiño, un calculado ejercicio de mimetización con La noche americana (Francis Truffaut). La aplicada caligrafía con la que el director elabora la película, sólo se ve entorpecida por su -constante- manía por recurrir a la dudosa técnica de pantalla partida -como si el hecho de mostrar lo que acontece en dos lugares diferentes al mismo tiempo fuese una necesidad vital-, o alguna arritmia achacable a su teatralidad o a su ambientación excesivamente televisiva. De todas formas, son lastres que se difuminan en cuanto uno se deja contagiar por el enorme brillo y la energía que desprenden unos personajes ricos en matices, llenos de vida. No es fácil entrelazar relaciones dentro de un cast tan coral como este y, al final, otorgar a cada uno de los actores un peso específico en la película. Al final, se consigue hacer una película apta para todos los públicos, que siempre se verán reflejados en alguno de su amplio surtido de personajes.

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Gran triunfadora en el Festival de Málaga -donde consiguió los premios a Mejor Película, Guión e Interpretación Femenina (Verónica Forqué)- y ganadora también del Goya a la Mejor Actriz de Reparto para Rosa María Sardá, Sin vergüenza es una película muy divertida, dotada de esa adorable locura que muchas veces se echa en falta en este tipo de producciones. Una cinta articulada en torno al amor, de todas las formas y colores, repleta de ingeniosos gags, bien rodada y mejor interpretada. Si la ven, repetirán. 

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