Sucedió una noche

Doce años antes de quedar consagrado con ¡Qué bello es vivir! (1946), Frank Capra filmó la que fue la película más premiada de su carrera y la primera en la Historia del Cine en conseguir los 5 Oscar principales: Película, Director, Actriz, Actor y Guión Adaptado. Sucedió una noche (1934) logró una hazaña que, en efecto, no se repetiría hasta Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975) y, más tarde, con El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991). Título imprescindible de la comedia de la década de los 30 y una de las primeras road movies jamás filmadas -por el hecho de que su pareja protagonista, encarnada por unos soberbios Clark Gable y Claudette Colbert, se pasen toda la película viajando de un lugar a otro-, lo más destacable de la tremendamente atemporal Sucedió una noche es el hecho de no haber perdido ni un ápice de frescura ni de comicidad con el paso de los años. Capra recubre la película de tintes de alocada comedia romántica -o screwball comedy– con brochazos de melodrama y crítica social, pero siempre dejando un poso de alegría, de ese optimismo y felicidad transversal que caracterizaron estas producciones. 

segunda

Sucedió una noche es el máximo arquetipo en el que inspiraron posteriores comedias sentimentales, de tono ligero y agradable -como Vivir para gozar (George Cukor, 1938) o Arsénico por compasión (Frank Capra, 1938)- que nacieron fruto de la Gran Depresión. Durante la década de los 30 y los 40 se consideró al cine, más que nunca, como una herramienta de evasión a los problemas que latían en la sociedad. La gente podía olvidar la difícil situación económica gracias a films como el que hoy nos ocupa, cuya trama arranca cuando la joven multimillonaria Ellie Andrews (Colbert) se fuga del yate de su padre para impedir el matrimonio de conveniencia que éste le había preparado. Poco después conocerá a Peter Warne (Gable), un pícaro periodista con el que vivirá un viaje repleto de anécdotas y en el que, inevitablemente, surgirá el amor. La tensión sexual, por tanto, es patente a lo largo del metraje, pero Capra acierta al privar el relato de cualquier amago de rozamiento carnal. Consigue así dotar de una ternura infinita y de agradable romanticismo una película que estableció varias de las fórmulas incombustibles del género, como pueden ser la diferencia entre clases sociales entre enamorados o un final, en efecto, imitado hasta la saciedad.

También se podría incluir en la lista el atractivo del protagonista -al fin y al cabo pocos actores quedaban tan bien en pantalla como el desconocido por esas fechas Gable, que por otro lado implantó la moda del bigote en la sociedad americana-, por mucho de que la personalidad que se nos dibuja de él sea la de un hombre machista, mujeriego e, incluso, casi maltratador -la escena en la que amenaza con “romperle la cara” a Ellie aún sigue levantando ampollas-. No obstante, conviene interpretar dicho rol como el vehículo del que se sirve Capra para denunciar la época en la que está ambientada la película, en la que la mujer ocupaba un eslabón social inferior al del hombre, al tiempo que se sirve del personaje de Ellie para poner de manifiesto una de las constantes de su cine: la crítica al capitalismo, alineante sistema que transforma a las personas en seres materialistas, caprichosos. Pero si de algo tiene de especial esta película en la filmografía del director es por haber sabido adelantarse a su época. Capra desafió la censura gracias a escenas como la del desnudo de Gable, uno de los primeros que se recuerden, o el mítico momento de auto-stop -donde, dicho sea de paso, vuelve a poner de manifiesto ese tufo machista imperante en la época-. En una y en otra se pueden constatar el enorme impacto social de la película responsable, primero, del descenso del número de ventas de camisetas interiores en la época y, segundo, de hacer universal una técnica hasta el momento aislada como el auto-stop.  

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Rodada en menos de un mes y convertida en un éxito instantáneo, puede que Sucedió una noche diese el pistoletazo de salida a films de temática similar, pero no hay muchos ejecutados con la precisión y la transgresión de una película que a día de hoy sigue resultando tremendamente moderna, escandalosa, pero sobre todo vivaz. Astuta en su puesta en escena y magnífica en la dirección de actores, estamos ante una soberbia manera de ilustrar el sentimiento de amoroso sin empalagamientos ni ñoñerías. Ante un triunfo de eso que llaman cine. 

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