Redada asesina

Sin temor a resultar políticamente incorrecto o de que algún experto en cine pueda echarse las manos a la cabeza, soy de los que piensan que una (buena) película de acción puede resultar tan digna como la mejor de las películas clásicas. A pesar de que es uno de los géneros donde se congregan más bodrios y títulos infumables, es de justicia reconocer la calidad de muchas cintas de acción, con Speed (Jan de Bont,  1994) o Jungla de Cristal (John McTiernan, 1988) encabezando un ranking en la que también podría figurar, por su capacidad de dignificar un género a menudo maltratado por la crítica, Redada asesina (Gareth Evans, 2011). Las razones por las que este título del director galés ha despertado pasiones en su paso por Festivales como Sundance o Toronto -en una cinta, paradójicamente, comercial-, es su implacable sentido del ritmo y la permanente tensión a la que está sometida el espectador. Su fascinación por la violencia es indiscutible, así como el hecho de que su mayor parte sea gratuita y morbosa, pero sus escenas de combates están tan bien ejecutadas, tan brillantemente coreografiadas, que al personal no le queda otra que ¿perdonar? este aspecto que el director no sólo no esconde, sino de lo que incluso se enorgullece. 

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La historia transcurre en uno de los edificios más peligrosos de Indonesia, donde se reúnen los criminales más peligrosos del país. Todo el mundo teme acercarse a este inexpugnable lugar, incluso la policía, hasta que un día un grupo de profesionales de élite penetran en sus entrañas con el fin de entregar a los delincuentes a la justicia y, además, acabar con su imperio del narcotráfico. Sin embargo, todo se tuerce cuando las fuerzas de seguridad quedan atrapadas en el interior del lugar. A partir de este argumento, entre lo rudimentario y lo original, va consumiéndose una película rodada con gran virtuosismo y entrega. Y es que Redada asesina, que se sabe como una de esas (brillantes) propuestas en las que no hay más discurso que la violencia por la violencia -algo que se lo pondrá fácil a sus detractores-, apuesta por volcar todos sus esfuerzos en ofrecer un espectáculo tan adrenalítico y de tan alto derroche visual que compense un guión escrito desde la más absoluta falta de pretensiones. Para los que disfruten con este tipo de cine -todos los demás que huyan despavoridos-, disfrutarán con su continua sucesión de tiros, sus cruentas peleas o su incesante desparrame de sangre; admirarán la capacidad de un director para involucrarnos en la historia, de hacernos partícipe en un relato que no concede un minuto de respiro, de dar a conocer -de forma casi poética- un arte marcial tan complejo y fascinante como el Pencak Silat y, lo que es más increíble, dotado incluso a la hora de hacer sentir dolor al espectador por su ferocidad y vehemencia. 

Evans consigue ganarse las simpatías de la crítica gracias a su correcta utilización de sus recursos formales y visuales -inquietante iluminación, ralentización, cámara en permanente tensión-, y su fe ciega en la propuesta, que brota con el mismo descontrol como esa sangre que tiñe cada una de las escenas. La dirección es entregada, casi hipnótica, por mucho que en momentos puntuales pueda llegar a marear. Blindada al aburrimiento, Redada asesina también se muestra ajena a cualquier atisbo de censura y hace honor a la época tan indiscutiblemente mediática en la que fue concebida, donde buena parte de la sociedad cada vez tiene más ganas de ver lo que está ocurriendo, de que se le muestren los hechos de la forma más explícita. Quizá, en esta línea, pueda establecerse uno de los pocos discursos críticos que emanan de la película, ya digo, ajena a dobles lecturas. Por este hecho, también chirría la trama paralela de los hermanos reencontrados, tan poco dibujada como innecesaria, y todo el drama familiar que de ello se desprende. Este hecho, junto a sus prototípicos personajes, carentes de la más mínima garra, restan puntos a una película que permanece siempre por encima del notable. 

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En definitiva, Redada asesina, uno de esos films inexplicablemente desconocidos para el gran público, es una propuesta meticulosamente moldeada con el fin de convertirse en lo que finalmente es: un meritorio entretenimiento. No es de extrañar, pues, que se esté rodando una segunda parte, dirigida por el propio Evans y con una acción que arrancará dos horas después del final de esta primera entrega. Si saben mantener el listón, se habrá saneado uno de los estigmas por los que el cine de acción está tan mal visto: la mediocridad de muchas segundas partes. Veremos.

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