El mago de Oz

Resulta imposible no dejarse contagiar por el lirismo, la alegría y el optimismo que irradian cada uno de los fotogramas de El Mago de Oz (Victor Fleming, 1939). Película clave del género musical, esta adaptación de la novela infantil El maravilloso mago de Oz, de Lyman Frank Baum -no la primera, como popularmente se cree, pero sí la más ambiciosa-, se convirtió instantáneamente en un título de culto gracias a su vigor escénico y argumental. De claras reminiscencias a la mítica novela de Lewis Carroll Alicia en el país de las maravillas, esta plasmación en pantalla grande de las aventuras en de la huérfana Dorothy (Judy Garland) fue una de las superproducciones más caras de la época, como bien dejan patente su escenografía, efectos especiales, el número de extras requeridos, etc. El director era consciente que estaba filmando un acontecimiento fílmico de gran alcance que, posteriormente, le valdría seis nominaciones a los Oscar, de las cuales obtendría la de Mejor Música Original y Mejor Canción por ese “Over the Rainbow” que, a día de hoy, encabeza la lista de los mejores temas de película de la historia del cine. El tener ese mismo años como rival a Lo que el viento se llevó, orquestada por el mismo Fleming, imposibilitó un mayor número de premios.

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Judy Garland, con tan sólo 16 años años, quedó consagrada de por vida con una de esas interpretaciones que condicionan la vida de todo artista, a pesar de futuras  incursiones en el musical como Cita en San Luis (Vincente Minnelli, 1944) o Ha nacido una estrella (George Cukos, 1954). Garland da vida a Dorothy, una ingenua joven de Kansas a la que un tornado arrastra, junto a su inseparable perro Totó, hacia ese lugar “más allá del arco iris” –de ahí el título de su partitura principal, trufada de ilusión y esperanza- al que siempre había soñado. Desconcertada, la intrépida muchacha deberá seguir el camino de baldosas amarillas -al que, fruto del fuerte impacto del film, homenajean títulos posteriores como Corazón Salvaje (David Lynch, 1990) o Avatar (James Cameron, 2009)- que le guiará hasta Ciudad Esmeralda, en el que habita ese Mago que se antoja como la solución a todos los defectos de los que adolecen los acompañantes de la joven en su travesía y que, en el fondo, no son más imperfectos que cualquiera de nosotros. A lo largo de este recorrido, en el que al igual que en el camino de la vida se forjarán nuevas amistades al tiempo que se deberá buscar la forma más ingeniosa de combatir al enemigo, Dorothy se enfrentará a un inexorable proceso de maduración personal.

Además de aprender que la perfección en el ser humano no existe o reafirmar su amor por los animales, Dorothy asimilará otra gran lección en este proceso de cambio: que, tal y como asegura su personaje en la última línea de guión, “realmente no hay lugar como el hogar”. Al fin y al cabo, quizá la gran intención de Baum al escribir la historia no fuese más que hacer apología de la imaginación y la fantasía como herramienta para encarar los problemas; recursos vitales, a menudos olvidados por el ser humano, de los que podemos disponer desde nuestra propia casa. Todo vale en una obra que, bajo su colorista fotografía -que, inmisericorde, explotó la novedosa técnica del technicolor, que dejaba atrás el blanco y negro imperante hasta la fecha- y carismáticos y entrañables personajes, deja asomar por sus rendidas cierta tasa de causticidad que es la que la película se aleja de su esencia infantil -dentro de la cual se sigue encuadrando- para convertirse en algo mucho más adulto. Algo así como The Little Prince (Stanley Donen, 1974), adaptación para el cine de El Principito legendario cuento de Antoine de Saint Exupéry, que guarda con El gran mago de Oz, además, más de una similitud temática. 

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El mago de Oz es una película para todos aquellos a los que les guste soñar, a las personas que se aceptan y se quieren -incluso- con sus defectos, a todo aquel, en definitiva, que viva con la esperanza de habitar, aunque sólo sea por unas horas, un lugar plagado de seres fantásticos que, en puntuales momentos, nos recuerden que, al final, todo camino da sus frutos. Sí, cierto es que sus acartonados decorados no han soportado muy bien el paso del tiempo y que su naturaleza teatral tampoco le beneficia en exceso, pero El mago de Oz sobrevive gracias a su absoluto despliegue de valores -la familia, la amistad, el amor por la naturaleza…- y porque pone de relieve la capacidad del ser humano para sobrevivir en una sociedad que, como los personajes que van desfilando por la película, dista mucho de la perfección. 

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