¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Si algo nos ha enseñado el cine de Almodóvar es que las mujeres son más inteligentes que los hombres. Su cine hace apología de la gente auténtica, con sentimiento, dominada por la fuerza de la pasión y el deseo y también por un sentido común excepcional. El tema es que da la casualidad que, en buena parte de su filmografía, la mayoría de esos roles son femeninos. Estas constantes se dieron cita en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), primer largometraje realmente importante en su carrera y uno de los más recordados, además de seria advertencia del director mayúsculo en el que estaba a punto de convertirse Almodóvar, el cual convirtió a la figura de la ama de casa, que aquí incluso trabaja fuera del hogar, en toda una heroína. El cineasta pone a girar su relato en torno a esa personificación del esfuerzo y la abnegación de nombre Gloria (Carmen Maura), que intenta sacar a su familia adelante aunque ello suponga soportar a su machista y retrógrada marido (Ángel de Andrés) que sigue una ideología muy propia de la época -la película es netamente ochentera-, pero extrapolable perfectamente a nuestros días. 

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Los días pasan sin ilusión para Gloria al tiempo que su marido protesta por el hecho de que trabaje fuera de casa o le exige la cena; un perpetuo machaque psicológico que esta heroína contemporánea parece dispuesta a soportar aunque sólo sea por preservar la unidad familiar. Sin embargo, cuando el maltrato pasa a ser físico, la paciencia de Gloria llega a su fin y da pie a una de las escenas más alegóricas e icónicas de todo el cine del autor: aquella en la que mata a su marido con la pata de un jamón. Junto al acertado cásting, en el que tanto Ángel de Andrés como Carmen Maura relucen en sus papeles -además de Luis Hostalot, para el que Almodóvar escribe una de las primeras apariciones más inmisericordes y difíciles que se recuerden, o la entrañable Chus Lampreave-, la gran baza de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? es la época en que fue rodada. Dicho de otro modo: el contexto. Almodóvar, a través de su toque kitsch e irreverente, no deja pasar la ocasión de radiografiar esos obreros y periféricos barrios de un Madrid aún convaleciente de un régimen franquista que latía, a pleno pulmón, hace tan sólo una década. Por este motivo es especialmente significativo que algunas de las escenas y diálogos de la película dejen aflorar ese regenerador aire de libertad que atraviesa en canal una película; un film embriagado de un look moderno, que contribuyó a ese (necesario) borrón y cuenta nueva. 

Auténtico ejercicio de comedia negra, el director baña su película de un constante humor almodovariano -con algunos de los gags más ácidos e inconformistas de su carrera-, y un divino aroma a trivialidad, a lo que contribuye de forma notable el personaje de Verónica Forqué -su escena sexual ante la distraída mirada de Gloria es tan inclasificable como la propia identidad creativa del director-. Película cien por cien costumbrista, pictórica, de fácil y reconocible aroma local, que arroje la primera piedra quién no haya oído decir a su madre eso de: “El día menos pensado me largo, y a ver cómo os la apañáis sin mí”, o eso otro de: “Con lo bien que estaba yo soltera, ¿quién me mandaría casarme?”. Frases típicamente españolas, en la línea del corte feminista y de ese claro homenaje a la mujer sobre el que está escrito un film que ensalza la figura de la fémina y hace por su igualdad más que muchos de nuestros políticos. 

gloria

Cierto es que la trama alemana desvirtúa el sentido final del film o que no es tan colorista como obras posteriores del autor -tendría que llegar José Luis Alcaine y su primera colaboración con el manchego, Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), para cambiar esto-, pero, en líneas generales, la película es intachable. Con cameo del propio Almodóvar incluido -interpretando eso de La Bien pagá, síntoma de la esencia castiza del film-, el film aporta interés gracias a la depurada y aguda reflexión acerca de la España profunda, de ese auténtico ejercicio de inmersión hacia una ideología no tan extinguida como debería. Pero ante todo, gracias a la crónica de hasta qué punto la vida de una madre sólo vuelve a cobrar su sentido en el momento en el que tiene a su hijo entre sus brazos. Porque, tal y como remata Gloria, “a veces un padre no soluciona nada”. Pues eso. 

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