La noche de los muertos vivientes

Más que por el hecho de implantar el arquetipo zombie en la cultura popular, el gran mérito de La noche de los muertos vivientes (1968), ópera prima de George A. Romero, fue el atestiguar, de manera rotunda y explícita, la idea que en su día popularizó el filósofo Thomas Hobbes de que “el hombre es un lobo para el hombre”.  Coautor del propio guión, inspirado en la novela Soy leyenda de Richard Matheson, Romero firma una película que sentó muchas de las bases del género del terror, además de dar comienzo a una sucesión de películas sobre zombies, entre las que destaca el remake de la película original, en la que el propio director se hizo cargo del libreto, o el resto de entregas de una saga orquestada por el propio Romero. En la mayoría de ellas, y muy especialmente en La noche de los muertos vivientes, se sigue la máxima de no rendirse a esa necedad de la que, inexplicablemente, presumen los títulos del género construidos en base al morbo gratuito y la violencia fácil. Aquí hay algo más: una feroz crítica social contra un ser humano cuya intrínseca naturaleza le lleva a actuar peor que esos muertos vivientes a los que, paradójicamente, tanto decimos temer. 

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Film irreverente y, en cierta manera, adelantado a su tiempo, la trama versa en los esfuerzos que un grupo de personas deben hacer, atrapados en una antigua granja, para salir ilesos de un apocalipsis que ha sumido en el caos al resto de la población: los muertos han regresado a la vida y buscan carne humana para alimentarse, lo que está provocando una ola incesante de asesinatos por todo el país. Con tal terrorífico punto de partida, Romero elabora una película bizarra, con cierto aroma a serie B que, a pesar de las críticas que despertó en su día por su violencia gráfica, no tardó en considerarse un título de culto y una de las obras maestras absolutas del cine de terror. La noche de los muertos vivientes, película donde curiosamente nunca se emplea el término zombie, está extraordinariamente bien ejecutada: el director se revela como un maestro a la hora de jugar con la escala de planos -estableciendo una equilibrada balanza entre lo sórdido y el cine de suspense-, así como a la hora de iluminar este gran ejemplo de cine independiente, a través de un extraordinario uso de las luces y las sombras que potencian la atmósfera claustrofóbica y malsana en la que se desenvuelve el film. 

Dejando al margen los aspectos técnicos, hay que subrayar dos cuestiones de vital importancia para entender la envergadura de la película: el hecho de cómo esos individuos encerrados, acorazados,  luchan por no contagiarse de la pandemia, constituye una metáfora de la sociedad contemporánea. Por varios motivos: en primer lugar, por cómo los medios de comunicación se han convertido en pilares básicos -para bien y para mal- de forjar nuestras opiniones, de conocer lo que sucede en la otra punta del mundo. Acierta Romero al mostrarnos a un grupo de personas que sólo reciben noticias del exterior a través de la televisión y la radio, de ahí que dedique la cantidad de referencias visuales y a nivel de guión a dichos medios -aunque el interludio televisivo de mitad del film en el que se intenta explicar el origen de la infección resulte un tanto pesado-. Por otro lado, el lamentable comportamiento del que hace gala este grupo aislado que, en una lucha constante de egos, se revela como incapaz de llegar a un entendimiento común para resolver un conflicto para el que sus propias vidas están en juego y que no distaría mucho de la actitud de la que los humanos hacemos gala cuando se trata de llegar a diferentes acuerdos con el prójimo, por muy dispar que sea su personalidad. En este sentido, son más peligrosos los seres que intentan sobrevivir entre esas cuatro paredes que los que desde el exterior amenazan, con paso titubeante, con devorarles. 

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Pero sin duda, lo más notorio de la película es su implacable final, de estilo casi documental. Es en esta sucesión de fotografías del cadáver del protagonista, que termina pesando más que el resto de las imágenes violentas de la obra, lo que da el giro definitivo de guión al relato. Esa autoridad armada disparando contra un ser inocente, y las estampas sobre las que sobre impresionan los títulos de créditos del momento en el que lo prenden en la hoguera, es una feroz, necesaria y brillantemente cristalizada declaración de intenciones hecha a tumba abierta. Y nunca mejor dicho. 

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