El cabo del miedo

En el ámbito cinematográfico es tan poco frecuente que el remake de una película supere a la original que, cuando sucede, no cabe más que celebrarlo. Es el caso de El cabo del miedo (Martin Scorsese, 1991), adaptación de la novela The Executioners, de John D. MacDonald y revisión del filme homónimo de 1962 dirigido por J. Lee Thomson. Lejos de ser una de las grandes obras de su director –Toro Salvaje (1980), La invención de Hugo (2011)-, y de carecer del aliento épico de otras producciones de terror como pueden ser El exorcista (William Friedkin, 1973) o El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), lo cierto es que este proyecto que en principio iba a ser dirigido por Steven Spielberg -mientras que Scorsese se haría cargo de La lista de Schindler, papeles que luego se intercambiarían- ofrece un arsenal de importantes virtudes. En primer lugar, una atractiva trama en torno a temas tan recurrentes del director como la venganza, la moral, la corrupción, la violencia, la purgación o la muerte. En segundo lugar, y a pesar de que el director no termina nunca de manejarse bien con los códigos del terror, es una cinta que creará euforia a los fans acérrimos del cine del terror más convencional  construido en base a temas más profundos.

1991. El Cabo del miedo - Cape Fear 004

Esta historia de acoso comienza cuando, tras pasar catorce años en prisión acusado de violación, Max Cady (Robert de Niro) es puesto en libertad. El ex convicto comprueba que por fin podrá ejecutar el plan para el que se ha estado curtiendo más de una década en la cárcel: hacer la vida imposible a Sam (Nick Nolte), su abogado de entonces que, según ha podido averiguar el propio Cady, no utilizó, concienzudamente, todas las herramientas que tenía a su disposición para defenderle. Tras este explosivo punto de partida, se construye una película que gira a la portentosa creación de Robert de Niro. Tatuado, fibrado y presumiendo de una brillante caracterización, el protagonista de Taxi Driver (1976), a pesar de su sobreactuación en algunos tramos, pasó a la historia con ese icónico:  “Sal ratita, quiero verte la colita”, la que es, por otra parte, una alusión directa al Jack Torrance (Jack Nicholson) de la citada El resplandor, es decir, un nuevo paradigma de ese villano,  que -a su manera- provoca la risa del espectador, hace gala de su obsesión sexual y, bajo sus metamorfoseadas personalidades, encierran algo de racional. Si en el caso de Torrance su estabilidad se había lapidado a causa del alcoholismo, Cady es víctima de un sistema judicial corrupto. De Niro eclipsa a un elenco en el que, de forma nada casual, también figuran nombres como Gregory Peck -en la que fue su última aparición cinematográfica- o Robert Mitchum, ambos presentes en la primera adaptación de la novela de MacDonald, en un guiño del director a la obra original, junto con una nueva versión de la partitura que Bernard Herrmann compuso para la citada obra.

De todas formas, a pesar de que satisfaga a los amantes del terror gracias a sus impactantes secuencias de género, aquí la cuestión no es tanto dar miedo como ofrecer una aguda reflexión moral. Lo grandioso de El cabo del miedo es que, a medida que avanza el metraje, se desgrana que el verdadero villano no es Max Cody, sino Sam, ese cabeza de familia que vive anclado en sus remordimientos como consecuencia de ocultar pruebas para su cliente años atrás y que privó a un individuo de un derecho tan básico como el de defensa -¿quizá porque el sistema no castiga, con toda la crudeza que merecen, a los seres indeseables?-. A consecuencia, Cody no es más que la víctima de una injusticia que, a su modo, intenta vengar esa traición no sólo contra su propio ser, sino contra el sistema judicial en sí. La pregunta es clara: ¿es más amoral tomarse la justicia por nuestra mano, o sufrir en primera persona la tiranía de un letrado negligente en su defensa?,

de-Niro-Jessica-Lange-Nolte

Dejando de lado cuestiones de fondo, en el plano artístico es una lástima que Scorsese no termine de dar con el tono adecuado en su película. A la primera de metraje, confusa, mal montada y más light de lo que cabría esperar, se le suma una segunda parte que deriva por el discutible derrotero del slasher más tópico e inmaduro. El tramo final desarrollado en el barco no es sólo es inverosímil, sino que roza por momentos lo esperpéntico. Además, ni la original ni el propio remake no han soportado muy bien el paso del tiempo y que, sobre todo la que aquí nos ocupa, no puede desprenderse de cierto tufo de telefilm a sobremesa. Con todo, hay que reconocer que la película no aburre, es entretenida y que sólo la presencia de uno de los psicho killers más recordados del séptimo arte merece la pena disfrutarla. 

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