Tras el cristal

Pocas operas primas nacen con tal voluntad transgresora y polémica como en su día lo fue Tras el cristal (Agustí Villaronga, 1987), película que el diario El País incluso comparó con El imperio de los sentidosQuizá para esta cronista tal afirmación le resulte particularmente un tanto exagerada -teniendo en cuenta el impacto que en su día, y todavía hoy, me sigue produciendo la obra más explícita y recordada de Nagisa Oshima- , pero no cabe duda de que estamos ante una película que ya desde su primera imagen, ese primerísimo plano de un ojo y del objetivo de una cámara fotográfica que parecen prometer que no se dejará nada sin mostrar, va directa a la yugular. A continuación se muestra la escalofriante escena de un niño  completamente desnudo, magullado, maniatado y colgado del techo al tiempo que es observado lascivamente por el doctor Klaus (Günter Meisner), un pervertido sexual que alcanza la fascinación abusando y torturando a jóvenes criaturas en plena época de los campos de concentración nazis. Tal punto de partida, narrado con una frialdad y una determinación impropia para la época, le sirve al director para capturar lo peor de la condición humana y para trazar una historia sobre la justicia y  la sed de venganza que bebe de la (discutible) máxima del ojo por ojo

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Tras cometer su última atrocidad y tras un fallido intento de suicidio, el otrora doctor, que ahora vive en una retirada mansión bajo el cuidado de su familia, queda inmóvil y confinado en un pulmón de acero. Un día, un misterioso joven, Ángelo (David Sust) se ofrece para cuidarlo y, a pesar de la negativa inicial de Griselda (Marisa Paredes), la esposa del médico, termina siendo contratado por voluntad del propio Klaus. Lo que comienza siendo una colaboración desinteresada se revela como algo mucho más sórdido cuando el recién llegado asesine a Griselda y quede al cuidado de Rena, su hija, y del propio enfermo, al que comienza a torturar sin piedad. Nadie negará, pues, el original planteamiento de un film políticamente incorrecto que levantó ampollas en su época y que sigue sin perder un ápice ni de frescura ni de su malsana precisión atmosférica, tan oscura como  opresiva, décadas después. Lástima que haya caído en el olvido y que, a pesar de convertirse en un título de culto con los años, siga siendo todavía desconocida para el gran público. 

Junto al gran trabajo técnico, en el que destaca, junto al extraordinario uso de la cámara subjetiva y de una banda sonora que realzan el entorno hostil de la obra, el impecable trabajo de fotografía en un film difícil de iluminar al jugar constantemente con las sombras y transcurrir mayormente de noche y en interiores -una mansión, otra parte, que comulga perfectamente con el espíritu de este perverso relato-, la otra gran baza de Tras el cristal viene a nivel de guión. Resulta admirable la habilidad de un film al que no le tiembla el pulso a la hora de retratar, sin contemplaciones ni censura, hasta qué punto una infancia profanada, violada, puede dejar tales huellas en un sujeto que puede terminar siendo un enfermo mental. Las heridas físicas, al fin y al cabo, terminan cicatrizando. En esta línea, la película evoca directamente a ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976), de la que parece inspirarse, además, en unos títulos de crédito de claros tintes históricos. Porque, en realidad, todo el conglomerado de incómodas imágenes que nos ofrece Tras el cristal no sólo no son gratuitas sino que  denuncian con tino, además, un régimen que dilapidó los derechos humanos de forma especialmente cruda durante la Segunda Guerra Mundial. 

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A pesar de que por instantes adolece de un uso indiscriminado de los fundidos a negro y de una cierta falta de ritmo, éstos males menores quedan compensandos por su lapidario giro final del guión, sus numerosos golpes de efecto o las dobles interpretaciones de muchas de sus frases (ese “Puedo hacer muchas cosas por ti”, que el personaje de Ángelo le dice al de Klaus mientras le afeita). En suma, no hay más que aplaudir a una propuesta valiente, arriesgada, decididamente polémica y, también, comprometida. Un pieza de gran precisión a la hora de generar tensión y remover conciencias cuyo mayor horror reside en que, en esencia, lo que nos cuenta no está tan alejado de la realidad como imaginamos. Un talentoso ejercicio de terror que conviene ver aunque sólo sea una vez en la vida, aunque sólo sea por el hecho de que dejó para la posterioridad algunas de las imágenes más tremebundas y descorazonadoras de la historia del cine español. 

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