Cube

El director y guionista de cine canadiense Vincenzo Natali sorprendió a propios y extraños con Cube (1997), ópera prima que daba una vuelta de tuerca a los parámetros del terror y por la que quedó consagrado como cineasta de culto. Absorbente y incansable pieza generadora de tensión y angustia, estamos ante una película que, de entrada, impacta por su innovador planteamiento: un grupo de seis personas aparecen encerradas en un extraño laberinto cúbico plagado de trampas mortales. Ninguna de ellas sabe cómo han llegado hasta ese lugar ni cuál es el camino que deben seguir para escapar, pero de lo que no tardan en percatarse es en que tendrán que agudizar su ingenio y espíritu de colaboración para volver a conquistar la libertad. Aunque Cube empieza como un film de terror, a través de un demoledor y estremecedor prólogo en el que se hace uso de sus escasos efectos especiales, no tarda en encaramarse hacia el thriller psicológico para desembocar, gloriosamente, en una fábula moral y en (casi) un retrato de la sociedad en la que vivimos. O, lo que viene a ser lo mismo, en cine social de primer nivel. 

Cube08

En efecto, a pesar de que aterra por su ferocidad ambiental, su claustrofóbico escenario y esa perpetua sensación de que no hay salida posible, lo realmente mágico de Cube es un inteligente guión que dirige a la película hacia derroteros insospechados, como que lo que aquí se nos cuenta no sea, en realidad, más que una metáfora de la vida. El director, convirtiendo lo que muchos tachan de handicap en uno de los mayores aciertos del film, acierta a no responder a más cuestiones de las estrictamente necesarias a lo largo -y sobre todo al final- de este perpetuo espectáculo de incertidumbre y desconcierto: al igual que en ese indescifrable cubo, los seres humanos no sabemos por qué estamos aquí, ni cuál es nuestra misión en la vida, ni siquiera hacia dónde caminamos. Los interrogantes sobre el sentido de su existencia siempre han interesado al hombre y Natali, como el que no quiere la cosa, se encarga de plasmarlas en este gran juego matemático que, como la vida, ofrece más preguntas que respuestas. Quién se enfrasque en saber cómo han llegado hasta allí los protagonistas o quién es el que mueve los hilos de tan macabra situación, sencillamente no ha entendido la película. 

Lo que parece no admitir discusiónes que el camino hacia el triunfo, hacia esa luz que tan subjetiva como deseada, no pasa por el individualismo de un ser humano lastrado a veces por su egoísmo, sino que está obligado a cooperar en sociedad, a entenderse y llegar a acuerdos con personas de distintas personalidades; una filosofía que, en Cube, también se convierte no sólo en básica para el triunfo, sino para la superviviencia. Diversas formas de enfrentarse a la vida como son el autoritarismo, el liderazgo, el nihilismo, el optimismo o la inteligencia, aspectos por los que otra parte más de uno se sentirá identificado, no sólo deberán convivir y hallar la susodicha luz, sino que nos recordará que hasta la persona más opuesta a cada uno de nosotros terminará haciéndonos falta en un determinado momento de nuestras vidas. En esta línea, el mensaje de unidad y armonía que encierra la película es tan contundente como necesario. Además, Cube también pone sobre la mesa otras cuestiones no menos peliagudas, igualmente relacionadas con esa absoluta inmersión en las profundidades de la naturaleza humana: cómo en situaciones de máxima angustia el ser humano deja aflorar lo mejor y lo peor de sí mismo; cómo ante situaciones en las que debemos enfrentarnos a lo desconocido lleva intrínseco el hecho de quedarnos paralizados o cómo la propia condición humana puede ser más mortífera que las propias máquinas -como se deriva del hecho de que la mayoría de personas mueran en manos de sus compañeros más que por las propias trampas distribuidas en este particular cubo de Rubik-.

cube-1997

Debido al tremendo éxito del film, con el Premio a la Mejor Película y Mejor Guión en el Festival de Sitges en cabeza, años después se pusieron en marcha una secuela, Cube 2: Hypercube (2002), y una precuela, Cube Zero (2004), que aunque carecen del factor sorpresa de la original, resultaron asombrosamente más dignas de lo que suelen resultar lo que muchas veces son meros sucedáneos. . A través de una dirección modélica que saca todo el jugo posible al limitado escenario donde se desarrolla la acción, Cube, que influyó en posteriores cintas como Saw (James Wan, 2004) o La habitación de Fermat (Luis Piedrahita & Rodrigo Sopeña, 2007), se erige como un extraordinario ejemplo de cine de cómo no sólo se puede hacer gran cine con pocos medios y bajo presupuesto sino, de paso, elaborar un discurso filosófico tan contemporáneo como imperecedero. 

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