La teta asustada

Si en su excelente opera prima Madeinusa (2006) la peruana Claudia Llosa retrató al país andino con sus luces y sus sombras, focalizando su atención en el ámbito rural, en La teta asustada (2009), esta cineasta convertida, por méritos propios, en una de las más pulcras y frescas miradas del nuevo cine peruano, camina por el mismo sendero, aunque el trasfondo sea bien distinto. Tras el desconcertante título de un film coproducido con España, se esconde una enfermedad que se contagia a través de la leche materna y que padecen las hijas de las mujeres que sufrieron directamente la violencia durante la época del terrorismo en Perú, encabezado por Sendero Luminoso, que tuvo lugar durante la década de los 80 y parte de la 90 y que costó la vida de miles de personas. El principal rasgo de esta afección que sufren estas mujeres, a las que aquí representa Fausta (Magali Souler, que pasó de ser una absoluta desconocida a actriz fetiche de la directora desde Madeinusa), es un miedo atroz a relacionarse con personas del sexo contrario; intentan amortiguar el temor que sienten a ser violadas, tal y como les sucedió a sus progenitoras, introduciéndose una patata en la vagina. Un punto de partida estremecedor, realista, y sobre el que queda demostrado que no hay que frivolizar con el título de una película necesaria y absolutamente escrupulosa en su tratamiento de los hechos.

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La joven Fausta, huérfana de padre, deberá hacer frente a la muerte de su madre. Como no tiene recursos para costear el entierro, comenzará a trabajar como criada en casa de una adinerada pianista y sufriendo sus desplantes. En sus ojos y en su falta de habilidades sociales se refleja un miedo que le impide cerrar las heridas del pasado, encarar el futuro con aplomo y comprobar que la realidad, aún lejos de ser perfecta, dista mucho de lo que vivió en primera persona su madre. En esta línea, la película no sólo brilla a la hora de colocar a Fausta como la protagonista de un proceso no sólo del reconocimiento de dicha patología, sino el tortuoso camino por el que se adquirán las armas para combatirlo y, de esta forma, sanarse por completo. Llosa, que opta por centrarse más en la vertiente humana del conflicto más que en el conflicto en sí, se sitúa en la época posterior de la lucha armada, con un pueblo escudándose en festejos,  folclore y todo tipo de celebraciones con las que parecen querer taponar un pasado aún no lo suficientemente cicatrizado.

En todo momento la directora deja que las imágenes, metafóricas y bucólicas, hablen más que las propias palabras, escasas e incluso incomprensibles -debido al uso de la lengua quechua, propia de la parte occidental de Sudamérica que, aún sin entenderla, transmite todo el dolor imaginable, como ejemplifica el canto con el que la obra sube el telón-. Y es que muchos de los encuadres de La teta asustada podrían ser retratos pictóricos de primer nivel, trufados de dobles lecturas, genialmente dispuestos; un hecho por el que el film no resulta aconsejable a todo tipo de público, sino a aquel al que, primero, se solidarice con su nada complaciente telón de fondo y, segundo, el que sea capaz de dejarse embriagar por el poder de unas imágenes destinadas a denunciar la diferencia de clases -la escena del taxi, desgarradora-, la soledad y el miedo, lacras del país andino más contemporáneas de lo que parecen. La teta asustada, por tanto, tras su manto de aparente sencillez, camufla multitud de pliegues y matices y queda formulada en base a dicotomías tan opuestas como la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, el pesimismo y la esperanza, la valentía y el miedo, la tradición y el progreso, el olvido y el recuerdo. Temas, todos ellos, por los que circula un film que se convirtió en el primero en ser nominado al Oscar en la categoría de Mejor Película de habla no inglesa y que, entre otros galardones, se alzó con el Oso de Oro en el Festival de Berlín. 

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Si tuviese que definir a La teta asustada con una palabra no sería lenta ni tediosa, como algunos la han calificado, sino hermosa. Este espectáculo intimista no sólo no se hace aburrido ni tedioso en ningún tramo, sino que obliga a caer rendido por el compromiso desde el que está contado, aunque sólo sea por la propia necesidad de ajustar cuentas de una directora absolutamente empecinada en dar a conocer al mundo la existencia de esta extraña enfermedad, todavía a día de hoy, invisible para las masas -a pesar de su indiscutible carácter universal- y, especialmente, para un sistema político cuyo mayor fracaso, en la mayoría de ocasiones, es el continuo desamparo hacia las víctimas de la guerra. No hay nada más tercermundista. 

 

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