En la cama

Con el estreno de Sábado, una película en tiempo real (2002), ópera prima rodada a través de un único plano secuencia, el chileno Matías Bize ya comenzó a definirse como un cineasta osado, amante de los desafíos. Así se confirmó con la posterior En la cama (2005), una de las más resplandecientes muestras de cine chileno que, por su carácter innovador, así como por ser un nítido ejemplo de cómo el talento y un buen guión pueden enmascarar la economía de medios, llegó a festivales de medio mundo. Así, conquistó la Espiga de Oro en el Festival de Valladolid, imponiéndose a cintas como Caché (Michael Haneke, 2005) o Manderlay (Lars von Trier, 2005). La originalidad de la propuesta pasa con que Bize de un enfoque totalmente diferente a las relaciones de pareja: una noche, Bruno (Gonzalo Valenzuela) y Daniela (Blanca Lewin) acaban en un motel tras conocerse en un café. Sin saber nada el uno del otro, no tardarán en abrirse en canal mutuamente, desnudarse en todos los sentidos de la palabra y sentir, aunque sólo sea por unas horas -hasta que la cotidianidad que trae consigo un nuevo amanecer separe sus vidas…o no-, que no están solas. 

en la cama 3

El carácter innovador de la propuesta es innegable: dos únicos protagonista, tan sólo un escenario -esa habitación y, en ella, esa cama a la que hace referencia el título- y una optimización de recursos aplastante.Poco más hace falta para retratar el proceso por el que estas dos almas incomprendidas, que ansían aunque sólo sea por unos instantes, antes de que todo pase a formar parte de un recuerdo, se sientan libres, escuchen y sean escuchadas. Empatizamos ipso facto con ellas porque son, aunque muchos no quieran reconocerlo, como la mayoría de los mortales: presentan menos tapujos a la hora de desnudar su alma, sus miedos, frustraciones o fantasías, con una persona absolutamente desconocida que con alguien de su máxima confianza. En esta línea, En la cama habla de la necesidad de las personas de desahogarse con alguien que no las va a juzgar y, de hacerlo, no importará tanto como si fuese alguien cercano a nuestro entorno. Esas cuatro paredes, por tanto, se convierten en un refugio donde vaciar sus penas, volcar todo lo que les consume por dentro, de dejar que las miradas digan lo indecible, de ratificar su teoría de negar la existencia de Dios pero sí creer en una energía suprema que se basa en el amor…sin que nadie sepa nunca lo que ha ocurrido dentro de esa habitación convertida en la más reparadora de las terapias. Bize no impone ningún tipo de censura a este proceso de intimidad de ambos, tal y como deja constancia su escena de sexo inicial, absolutamente necesaria y nada gratuita, puesto que es la más honesta declaración de intenciones de una película construida en base al realismo supremo; realismo que es el que nos lleva a olvidar de que el espectáculo que estamos disfrutando es, en realidad, una ficción.

Aparte del buen y arriesgado trabajo de los actores, que pasan desnudos la mayor parte de la película y protagonizan algunas de las escenas sexuales más realistas vistas jamás en cine, también hay que elogiar a En la cama por hablar de una forma tan noble del poder de los sentimientos, de cómo es posible que, en cuestión de minutos, una persona pase a ser alguien casi imprescindible en tu vida, aunque sólo sea por el hecho de que durante ese breve periodo de tiempo te ha hecho sentir importante. No hay espacio para moralinas baratas, que algunos no tardarán en sacar conforme se vayan descubriendo aspectos desconocidos de los protagonistas que el guión va desgranando con suma habilidad, porque aquí se habla de algo mucho más importante: la necesidad de pasar de la risa al llanto en cuestión de segundos, de la pelea a la diversión con una facilidad pasmosa, de, en definitiva, la necesidad congénita del ser humano de sentirse vivo. Bize firma todo este proceso con nervio, con una cámara que penetra en lo impenetrable, en ese cosmos interior de unos protagonistas a los que su vida, después de esta experiencia (casi) ultrasensorial, no volverá a ser la misma. 

En la cama (1)

Por supuesto que hay cosas que chirrían en la propuesta: esa fotografía más áspera de lo que debería para una película tan pulcra, tan limpia en su fondo,  la discutible decisión de la pantalla partida en un momento puntual o ese baile que desentona con el tono equilibrado del film, pero son males menores. Por contra, sorprende lo fácil que logra enganchar al espectador desde su primer segundo, notoria prueba de cómo las películas mal llamadas pequeñas pueden competir en la misma liga que las grandes edificaciones. De esencia absolutamente teatral -de hecho ha sido llevaba a los escenarios por la prestigiosa Tamzin Towsend-, hay quien le ha reprochado su ausencia de conflicto dramático como tal, algo a lo que no estoy en absoluto de acuerdo pero que, si así fuera, sigue mereciendo la pena. Aunque sólo sea porque nunca antes cuatro paredes de una habitación habían condensado tanto amor. 

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