Julia

No es casualidad que Julia (Fred Zinnemann, 1977) abra el telón, a través de una estampa absolutamente imborrable, con una pulcra y acertada definición en voz en off del término Pedimento, es decir, de cuando la pintura de un lienzo, envejecida, se empieza a volver transparente, desvelando el cambio de idea o finalidad del artista conforme fue creando su obra. Y no es circunstancial porque los personajes femeninos de esta película, curtidos a base de experiencias, bien podrían ser la fina metáfora de estos cuadros que sólo con la edad son capaces de mostrarse en su forma primitiva, en su génesis. Siendo unas adolescentes, tanto la escritora Lillian Hellman (Jane Fonda) como la hija de una adinerada familia escocesa, Julia (Vanessa Redgrave), quizá no tuviesen el coraje o las armas suficientes para enfrentarse a esa sociedad europea de los años 20, que aún cargada sobre sus hombros el inexorable peso de la Primera Guerra Mundial. No será hasta bien entrada la década de los 30 cuando Lilly comprenda que aún está a tiempo a reencontrase en Viena con la que nunca ha dejado de ser su otra mitad, desafiando a una Europa contaminada por el nazismo. 

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Se equivocan sobremanera los que creen ver en Julia (Fred Zinnemann, 1977), uno de los relatos más descarnados acerca del valor de la amistad, un romance homosexual. Conviene tener este aspecto claro antes de disfrutar de la relación que se establece entre ambos roles principales, de dejarse embriagar por este espectáculo (casi) ultrasensorial que lleva este sentimiento afectivo hasta sus últimas consecuencias. Julia habla de esa amistad impermeable a factores como el paso del tiempo, la distancia o la propia realidad histórica. En este aspecto, la penúltima película del director de indiscutibles obras maestras como De aquí a la eternidad (1953) o Historia de una monja (1959) sigue de rabiosa actualidad. Zinnamann impregna el relato de un sabor a nostalgia, de lo que fue y que pudo no haber sido, de recuerdos. Y lo hace desde el punto de vista de una mujer, madura y curtida, que echa la vista atrás consumida por la pena, sí, pero satisfecha de que hay valores como el recuerdo que ningún régimen político le ha podido arrebatar; esos valores que son las que hoy aún la mantienen viva.

La nacionalidad de Julia es estadounidense, por mucho que su abrumadora y elegantísima puesta en escena así como la majestuosidad de sus escenarios nos remita a una producción típicamente inglesa, en la línea de Retorno a Brideshead (Julian Jarrold, 2008) o Jane Eyre (Cary Fukunaga, 2011). Sin embargo, aspectos como la exquisita fotografía o la más que exigente dirección artística -no recuerdo haber visto jamás una estación de tren tan impresionante- no son los únicos puntos en común con los mencionados films, ni siquiera el hecho de que Julia también se apoye en una novela, en esta ocasión la autobiografía de Lillian Hellman. Al igual que la mayoría de cintas británicas que se ambientan en una época pasada como las citadas películas, en esta escultura delicadamente esculpida por Zinnamann, lo que podría haberse convertido en su principal talón de Aquiles, como son esos constantes viajes temporales, se transforman en una de sus mayores bazas, para, al final, y como no puede ser de otra manera, retornar al punto de partida, a esa balsa en un mar en calma, como si de alguna manera ejemplificase la paz interior que la edad, por fin, ha permitido alcanzar a Lillian. Sin embargo, a pesar de su buen puñado de portentosas escenas -el reencuentro entre las protagonistas, esperado por el espectador desde el primer minuto y que no se produce hasta bien entrada la función, no puede resultar más emocionante ni puede estar mejor interpretado- por lo que muchos recuerdan hoy esta película fue porque supuso la primera aparición cinematográfica de Meryl Streep. Curioso ver su nombre relegado casi al final de los títulos de crédito cuando, años después, sería el primero en aparecer.

Jane Fonda y Vanessa Redgrave en JULIA

Por su aspecto frío -a veces incluso gélido-, sus andamiajes netamente reflexivos y  una más que palpable fragancia intelectual, no cabe duda que Julia no es una película apta para todos los públicos. Nominada a 11 Oscar -de los que logró 3: Actor  y actriz secundaria y Guión Adaptado-, estamos ante una de las más notorias expresiones de cine introspectivo, de gran caldo moral, sin que la sombra de la tediosidad se asome por las rendijas en ningún instante; quizá porque lo que encierra esta historia es tan poderoso que es incompatible con el aburrimiento; sí con la insensibilidad. 

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