La muerte tenía un precio

Era cuestión de tiempo que, tras el abrumador éxito de Por un puñado de dólares (1962), Sergio Leone volviese a situarse tras la cámara para ofrecernos la segunda parte de la denominada “trilogía del dólar”. La muerte tenía un precio (1965) demostró que segundas partes sí podían ser buenas, incluso superiores a la original, gracias en muy buena medida al mayor presupuesto del que dispuso el director -lo que permitió una puesta en escena y unos decorados más ambiciosos, menos acartonados- y, sobre todo, a ese animal interpretativo de nombre Lee Van Cleef, en la que fue, tras algunas apariciones en cintas también del oeste, su primera incursión importante en el mundo del cine -y donde demostró que de bueno resulta tan convincente como de malo-. El carismático actor forma junto a Clint Eastwood, que vuelve a repetir a las órdenes del cineasta italiano, uno de los tándem más míticos que nos regaló el spaguetti-western que, por si alguien tenía alguna duda, con La muerte tenía un precio terminó de adquirir la categoría de culto, poniendo en primera fila un subgénero que agonizaba en Estados Unidos pero que en Europa estaba viviendo una época dorada. 

int38Leone nos vuelve a situar en esos pueblos sucios, polvorosos, exentos de todo orden lógico y racional, azotados por la sinrazón de los sanguinarios bandidos -que, por otro lado, son la razón de ser de todo western-. Uno de los más peligrosos y más buscados es “El Indio” (Gian Maria Volonté), al que intentarán dar caza un hombre al que apodan “El Manco” (Eastwood) y el Coronel Mortimer (Van Cleef), aunque cada uno por motivos diferentes: mientras que al primero sólo le mueve la jugosa recompensa que ofrecen las autoridades, el segundo pretende vengar la violación de su hermana -a pesar de que el doblaje español de la película se diga que es su hija-. Sin embargo, a pesar de que uno de los mayores placeres de La muerte tenía un precio es ver en el mismo encuadre a los dos actores, la película dilata al máximo este ansiado momento y acierta al mostrárnoslos a nivel individual. Lo curioso es que, aunque en un principio son rivales (“cuando dos regimientos atacan la misma posición, inevitablemente terminan disparándose entre ellos”, le llega a decir el Coronel a El Manco), a medida que se va consumiendo el metraje no tarda en establecerse entre estos dos anti héroes -lo son porque les mueve más la avidez de lucro y la venganza que el hecho desinteresado de entregar un criminal a la justicia-, un extraño vínculo que al espectador no puede resultarle sino entrañable -buena culpa de ello la tiene la escena final-, a pesar de su ambigüedad moral por la que deambulan sus vidas.

Con acertados golpes de humor negro -ese Clint Eastwood contando los billetes al final del film-, otra de las señas de identidad más características de la trilogía del dólar que se dan cita en el film es la banda sonora del inconfundible Ennio Morricone, que tan pronto recarga de tensión el ambiente del film como la rodea de la esencia más lúdica gracias a su reconocible tema principal, tan bien dosificado que en ningún momento llega a saturar. En lo referido al director, Leone consagró su particular universo narrativo; en La muerte tenía un precio, quizá porque el guión presume de más matices y está mejor hilvanado que el de la primera entrega, hace gala de ese ritmo narrativo del que cojeaba Por un puñado de dólares y que adquiriría su máxima expresión en la posterior El bueno, el feo y el malo (1966). El resultado es un largometraje áspero, bizarro, de fotografía tan sucia como perfecta, donde nos importa poco el pasado y futuro de unos personajes de los que en ocasiones, como sucede con el rol de Eastwood, no sabemos ni su nombre. También se prescinde del efecto Noche americana -técnica fotográfica por la que pretende simular que se rueda de noche gracias a la aplicación de un filtro en la lente de la cámara, y Truffaut se encargó de explicarnos en una de sus obras más recordadas: La noche americana (1973)-, que aplicó en el primer film de la trilogía, pero no renuncia a los primerísimos planos que no funcionarían de no ser por el gran carisma y fulminantes miradas de sus actores. 

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Aunque muchos lo desconocen, cabe decir que La muerte tenía un precio supuso uno de los éxitos más fulgurantes del cine patrio, puesto que la película fue rodada y producida, junto con Italia y Alemania, por España. Estamos, en definitiva, ante un grotesco, fascinante y muy entretenido espectáculo para los sentidos made in Spain; la constatación del universo propio de un creador que aún se guardaba en la manga la gran obra maestra de su filmografía para tan sólo un año después. Pero eso, amigos, ya es otra historia. 

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