Por un puñado de dólares

Cuando el western iba camino de convertirse en un género obsoleto, en el Hollywood de los años 60 -tras esa última obra maestra llamada El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962)-, surgió en Europa el concepto cinematográfico de spaguetti-western, un subgénero que gozó de gran popularidad en las décadas de los 60 y 70 -aunque en esta última sufriera un importante desgaste- que, si bien no gozó del respaldo mayoritario de la crítica -la misma que, con el tiempo, ha reconocido el valor de muchas de sus obras-, lo compensó conquistando las taquillas de medio mundo. ¿El truco? Conectar con el espectador de manera inmediata, fácil. Sergio Leone, en Por un puñado de dólares (1962), logró no sólo uno de los ejemplos más representativos y que mejor asentaba las bases del también denominado western europeo -no olvidemos que la mayoría de estas producciones se rodaron en Italia o España-, sino el inicio de una serie de cintas que se convirtieron de forma inmediata en parte de la historia del cine: fue la que se popularizó como la trilogía del dólar, completada por las posteriores La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966).

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Un por aquel entonces desconocido Clint Eastwood, famoso por sus incursiones televisivas, aceptó el reto de encarnar a uno de los personajes más emblemáticos que se recuerden en una trilogía que supuso no sólo la consagración de su director, sino el lanzamiento al estrellato de un intérprete que, cuatro décadas después, rendiría un homenaje al western con esa obra maestra titulada Sin perdón (1992). El actor elabora en Por un puñado de dólares una creación tan carismática como la de ese tipo duro, osado, de mirada curtida y aspecto inconfundible -ese puro y ese mayúsculo poncho- ante la que es imposible quedar indiferente. Un icono cinematográfico que, a pesar de su facilidad para matar a sangre fría y de tomarse la justicia por su mano, no sería del todo correcto catalogarlo como un villano puesto que en más de una ocasión de la película demuestra (¡oh, sorpresa!) tener sentimientos; me posiciono en contra de los que, en cambio, aseguran que es un ser sin remordimientos, movido únicamente por interés. Otra cosa muy distinta es que no sea ningún ejemplo a seguir. En cualquier caso, Joe El extranjero, el personaje que Eastwood interpreta en la película, cae simpático al espectador porque consigue empatizar con él desde la primera escena, desde esa llegada a un pueblo abandona que presagia una riada de sangre y una auténtica escabechina.

Leone acierta al envolver la historia en una atmósfera opresiva, acalorada, tan asfixiante que llega incluso a resultar incómoda -esos personajes, casi rojizos, empapados de sudor-, así como por su quirúrgica y férrea voluntad de sanear un concepto tan denostado como el spaguetti western. Lo consigue gracias a la portentosa interpretación de sus actores principales y secundarios, así como por su excelente uso de la escala de planos: pocos directores como Leone pueden presumir de imprimir de tanta tensión y desasosiego las escenas de los duelos, en parte por su extraordinario dominio de los primeros y primerísimos planos, a los que junto a la inolvidable y reconocible partitura de Ennio Morricone, se encargan de transmitir mucho más que las (escasas y no tan afiladas como deberían) líneas de diálogo de la propuesta. En el otro extremo de la balanza, la más que palpable falta de presupuesto de una película por la que muy pocos apostaban se traduce en la escasez de unos decorados, por otro lado, algo rudimentarios, así como algunos efectos visuales que no han soportado muy bien el paso del tiempo; algo que, no obstante, no empañan un sucinto metraje potenciado por su apoteósico clímax –donde Joe demuestra situarse más cerca de lo divino que lo terrenal, como evidencia escenas en las que emerge, de forma magistral, de una gran nube de humo-, y que cierra un film de estructura circular.

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Rodada en el Desierto de Tabernas (Almería), Por un puñado de dólares parece concebida para el disfrute del espectador; su espíritu lúdico, construido en base a su esencia surrealista, su torrente de humor negro -esos chascarillos del protagonista, impagables- y sus golpes de efecto absolutamente disparatados -que aniquilan cualquier rastro de suspensión de la credibilidad-, es tan incontestable como la dimensión universal de la misma, al impregnar su argumento de temas como la justicia, la moral y la venganza. Escrita con excelente caligrafía, su conseguida estética fue imitada hasta la saciedad por posteriores producciones y supuso, además, la primera pieza angular que nos recuerda que, a pesar del buen puñado de largometrajes infumables nacidos al amparo del spaguetti western, hubo una época en la que este ¿subgénero? contribuyó a hacer más grande el séptimo arte. 

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