Mamá

En los últimos años estamos asistiendo al estreno de una oleada de películas -en su mayoría de habla hispana-, que combinan, con notorios resultados, el terror más puro con la parte emocional. Dicha fusión, de la que beben cintas como El orfanato (J.A.Bayona, 2007) o Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010), parecen tener como fin principal satisfacer a dos tipos de público claramente diferenciados -que no incompatibles-, como aquel que se enfrenta a una película en busca de emociones fuertes, pero también al que pretende ir un poco más allá, dejarse llevar por la fuerza de los sentimientos. Mamá (2013), el estimulante debut en el largometraje del argentino Andrés Muschietti -tras dirigir varios cortos interesantes, entre el que se encuentra Mamá, en el que se basa la película-, es el último arquetipo de esta cada vez más consolidada realidad. Respaldada por un padrino de la categoría de Guillermo del Toro -al que hay que aplaudir, además de por su coherencia a la hora de seleccionar sus proyectos, todos en la misma línea temática, su compromiso por apoyar a jóvenes talentos-, la hispano-canadiense Mamá es un thriller de terror en estado puro, igual de capacitada para poner los pelos de punta que para sacar las lágrimas del personal. 

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La trama gira en torno a dos hermanas pequeñas, Victoria (Megan Charpentier) y Lilly (Isabelle Nélisse), que sobreviven, gracias a una inquietante presencia, al intento de asesinato por parte de su padre en una cabaña abandonada a la que llegan tras haber sufrido un accidente. Tras cinco años viviendo en condiciones infrahumanas, las niñas son localizadas y, en pleno estado de shock, pasan a vivir con su tío Lucas (Nikolaj Coster-Waldau) y de su novia Annabel (Jessica Chastain). Sin embargo, no será una convivencia fácil por los fenómenos paranormales que comienzan a producirse en la casa, sobre todo los relacionados con una figura materna invisible, que las niñas parecen conocer muy bien…  El gran acierto del argumento de Mamá es la desgarradora fábula sobre la maternidad que subyace de principio a fin; por encima de sus sustos más o menos fáciles -la mayoría bastante conseguidos y, lo que es mejor, muy bien dosificados-, lo que emerge al final es una poderosísima historia de amor de una madre hacia sus hijos, y viceversa. Da igual el aspecto físico -¿a quién le importa la apariencia externa de su madre?- o que la propia madre tenga que atacar a quien sea necesario o refugiarse en el lugar más recóndito con el fin de estar cerca de sus hijas, cuidarlas y protegerlas. En esta línea podrá negar que el mensaje de Mamá es poderoso, alcanzado sus más altas cotas de emoción en sus últimos veinte minutos; un clímax final tan atípico y preso del espíritu del más clásico cuento de hadas que es capaz de producir el verdadero milagro: que el espectador se apiade, incluso sienta ganas de abrazar a esa presencia fantasmagórica, auténtico animal herido, a la que hemos deseado aniquilar a  lo largo de la historia. 

En el apartado técnico, no será este cronista el que ataque ese perpetuo uso de, por ejemplo, unos efectos de sonido siempre a la búsqueda del sobresalto, puesto que además de ser algo totalmente legítimo es lo que demandan el tipo de consumidor de estas obras. Y lo cierto es que hacía tiempo que no veía una película que nos regalase el arsenal de sustos -terroríficos de verdad- que nos ofrece Mamá, exenta de innecesarios rastros de sangre o casquería para construir su consistente universo imaginativo en el que el director acierta a jugar con los miedos más primarios del espectador -la oscuridad, la incertidumbre de saber qué se esconde debajo de la cama, en el interior de un armario, etc-. Los amantes del terror, por tanto, saldrán tan satisfechos como los que buscan un relato más íntimo y afectivo: esa es la magia de la película. Conviene, eso sí, pasar por alto el abuso indiscriminado de los clichés del género y una premisa quizá no demasiado elaborada.

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Por último, no se puede dejar pasar por alto la espeluznante y muy creíble interpretación de las dos niñas, tan absolutamente entregadas a su papel como una irreconocible Jessica Chastain, intérprete a la que no le importa cambiar de look ni de registro con tal de demostrar que es una de las actrices más versátiles y capaces del Hollywood actual.  También merecen un aplauso el trabajo de fotografía de Antonio Riestra -en un film nada fácil de iluminar, como se deduce de secuencias como la del flash de la cámara de fotos-, y del compositor Fernándo Velázquez –Lo Imposible (J. A. Bayona, 2012) o la propia Los ojos de Julia-, que diseña una partitura que ayuda a crear ese ambiente irrespirable del film, al tiempo que resalta no sólo la dimensión mágica de la propuesta -y de su simbología: esas mariposas darán mucho de qué hablar-, sino la pureza de los sentimientos que son, el fin y al cabo, el auténtico motor de la película. 

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