El lado bueno de las cosas

Tras disfrutar de El lado bueno de las cosas (David O. Russell, 2012), la típica película a medio camino entre lo comercial y lo indie que Hollywood pone especial interés en laurear todos todos los años, uno comprueba lo acertado que estuvo Charles Chaplin cuando dijo aquello de que “La comedia es el asunto más serio del mundo”. El responsable The Fighter (2010), film que supuso la el relanzamiento definitivo del director a la primera fila de la Meca del Cine, firma una película que se disfraza de comedia romántica para, en el fondo, encerrar una ácida mirada contra una sociedad cada vez más aquejada de una alarmante falta de sensibilidad y empatía, presa de una extrema facilidad a la hora de juzgar al prójimo con el conocimiento de apenas un par de brochazos de su vida, convirtiendo un -más o menos- sonoro y aislado comportamiento reprochable del pasado en una errónea generalidad. En relación con esto, la máxima proeza de un guión que parece escrito desde el alma es lo fácil que resulta sentir conexión, incluso admiración, por unos personajes que lo reúnen todo para ser odiables -el protagonista, bipolar, incluso llega a agredir a su propia madre-, pero que terminan ganándose al espectador por su derroche de humanidad.

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En la línea de Pequeña Miss Sunshine -cuyo final incluso parece un homenaje a una película con la que comparte esa visión netamente crítica del mundo-, El lado bueno de las cosas desgrana la historia de Pat (Bradley Cooper), un ex profesor que tras pasar ocho meses en un psiquiátrico por agredir al amante de su mujer, vuelve a casa de sus padres -soberbios Robert De Niro y Jacki Weaver- con el firme propósito de recuperar a la que fue su esposa; una determinación, sin embargo, que se verá frustrada cuando se cruce en su vida Tiffany (Jennifer Lawrence), una chica que tampoco goza de buena fama en el barrio. Dos almas solitarias e incomprendidas entre las que no tardará en surgir una poderosa atracción. Leído el argumento, habrá quien la confunda con la típica historia de enamorados que ya nos han contado en infinidad de ocasiones; sin embargo, en manos de Russell, esta adaptación de la novela Un final feliz de Matthew Quick, se transforma en un relato donde el factor romántico no es más que una excusa que toma el director para reflejar aspectos la hipocresía e intolerancia del mundo actual, pero también esas otras pequeñas cosas de la vida como el amor paterno filial. Tan importante resulta es esa declaración de amor en su -edulcorado- final, como las ácidas, incluso hirientes, líneas de guión que recorren de palmo a palmo la cinta -ojo al chiste sobre el FBI- o los -intimistas- diálogos entre un padre y un hijo dispuestos a recuperar el tiempo perdido.

A pesar de caer en el tópico en determinados aspectos, de su inevitable sensación de dèjá vu o la torpe e irregular dirección de un Russell que empaña su aptitud a la hora de dotar de ritmo ágil y dinámico esta ceñida historia de interés creciente con su erróneo uso de la escala de planos, por lo que se recordará a El lado bueno de las cosas es por su excelente diseño de los personajes -el cine pocas veces había radiografiado mejor a una persona de doble personalidad-, lo bien entrelazados que están y el carácter impredecible que define la relación entre ellos. El casting, en este sentido, es extraordinario, reuniendo a un elenco en estado de gracia donde todos están perfectos en sus papeles -incluidos los secundarios: el policía, el compañero de Pat en el manicomio…- , especialmente unos humanamente envolventes y brillantes Bradley Cooper y Jennifer Lawrences; imposible de olvidar los intercambios de miradas, las metafóricas  persecuciones por las calles -ejemplo de que se necesitan el uno al otro para sobrevivir- o los ensayos de baile de una pareja en la que nunca dejan de saltar las chispas. Termina de redondear una película que, a pesar de que está lejos de ser perfecta es uno de los más jugosos frutos de la cosecha cinematográfica de los últimos tiempos, su incesante espiral de gags -algunos más afortunados que otros- y un guión milimétricamente engrasado, exento de cabos sueltos e historias inconclusas, rico en dobles interpretaciones. 

el lado bueno bolsa basura

La película también se ve beneficiada por la gran peso de la música en la historia, de ahí las referencias explícitas a musicales como West Side Story (Robert Wise & Jerome Robbins, 1961) o Cantando Bajo la lluvia (Stanley Donen & Gene Kelly, 1952) y el escoger a un compositor del talento de Danny Elfman, cuyas tres mejores composiciones siguen siendo, en mi opinión, las de Eduardo Manostijeras (Tim Burton, 1990) o las dos primeras partes del Spider-Man de Sam Raimi (2002 y 2004, respectivamente). En definitiva, un espectáculo fresco, irreverente, alocado, sin artificios, tan entrañable como cercano en todo momento a lo emocional que, sin dar lecciones moralistas, nos recuerda que a veces sí existen las segundas oportunidades. No necesitará de grandes campañas publicitarias: el boca oreja de esta película-arquetipo destinada a satisfacer a todos los públicos -incluso al más alérgico a la comedia romántica- será la mejor herramienta de marketing de esta terapia cinematográfica dispuesta a engrandecer el alma y, por qué no decirlo, hacernos mejores personas. Chaplin tenía razón. 

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4 pensamientos en “El lado bueno de las cosas

    • Es la película favorita de mucha gente; yo no le pondría un 10, pero un 8 fácilmente sí le pondría porque me entretuvo y, como bien dices, los actores están geniales, desde los más jóvenes hasta los más veteranos como Robert de Niro (que aunque haga de Robert de Niro está genial)

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