Huevos de oro

Predecesora de La teta y la luna (1994), película con la que Bigas Luna concluía su peculiar trilogía sobre el macho hispánico que dio inicio con Jamón jamón (1992), en la igual de sorprendente Huevos de oro el catalán nos ofrece una película netamente castiza, tan desaforada que no le importa parecer excesiva y tan singular que bien podría situarse entre lo trascendental y lo meramente cómico. No hay término medio para un film construido en torno a la figura de un Javier Bardem que, con la poderosa creación de ese prototipo de la España cañí y profunda de nombre Benito González, ofrece uno de sus mejores recitales interpretativos. Nadie como él para elaborar, sin caer en el ridículo, el complejo retrato -o caricatura- de ese ser engominado, machista, posesivo, celoso, amante de las combinaciones imposibles de ropa, los looks tan estrafalarios como horteras y, además, fan de Julio Iglesias. El diseño del personaje, es por tanto, brutal, y posee la suficiente fuerza para levantar por sí mismo una película, no obstante, irregular.

10. HUEVOS DE ORO

Los planes de futuro de Gonzalez, entre los que se encuentra casarse y construir un gran rascacielos, se van al traste cuando el joven descubre que su novia le ha sido infiel con su mejor amigo. Un punto de inflexión por el que este provinciano se casará con Marta (María de Medeiros), la hija de un millonario, con el fin de conseguir el dinero para construir lo que siempre ha sido su sueño: el edificio más grande de la ciudad. Sin embargo, convertido en un hombre rico al que la vida le sonríe, deberá pagar el precio no sólo de su ambición económica desmedida, sino de su propia personalidad en la que destaca el trato irrespetuoso hacia las mujeres. Una de ellas es Claudia, a la que da vida la ya sublime Maribel Verdú que se desnuda en cuerpo y alma en una interpretación entre lo frágil y lo descarnado; la escena en la que la actriz baila encima de una mesa una canción tan altamente reconocible en la cultura popular española como el Achilipú ante la lasciva mirada del temperamental y excéntrico Benito ha quedado tan  grabada en la historia de nuestro cine como esa otra en la que Javier Bardem canta -o desafina- en el karaoke el no menos reconocible tema musical Por el amor de esa mujer, de su idolatrado Julio Iglesias. Una elección nada casual por parte del director que, por otra parte, no duda en empaparse de la estética pop  que caracterizaba la obra de su contemporáneo Almodóvar -esé sofá con forma de labio-, o de la simbología que también definía -y define- la obra del director manchego -la metafórica escena en la que Marta da de comer a su pareja un huevo pasado por agua o la escena en la que el protagonista rompe una pequeña figura de un hombre desnudo-.

Aunque no llega al nivel de maestría de Jamón jamón, Huevos de oro destacan virtudes tan significativas como la impecable sátira que se ofrece de la península ibérica de la década de los 90, época del boom inmobiliario y del enriquecimiento masivo de los altos mandos de la construcción por la especulación -un tema que abordado en mayor complejidad en la posterior 5 metros cuadrados (Max Lemcke, 2011), lo conseguida que está la estampa que ofrece de esa España con sabor a naftalina, la apropiada selección de canciones o el extraordinario elenco de secundarios, a los que a los nombres ya citados de Verdú o de Medeiros hay que sumar los de Ángel de Andrés o Benicio del Toro. Por este motivo es especialmente doloroso que, lo que empieza siendo una obra fluida y coherente, Luna la termine convirtiendo en un relato puramente sexual, anteponiendo el despliegue carnal a la propia historia. Lastrado por la permanente obsesión de desnudar a sus actrices -en el caso de Maribel Verdú incluso de forma integral-, desvirtúa un punto de partida francamente interesante en el que el barcelonés nunca termina de adentrarse. Al final, queda un espectáculo entretenido, sí, pero en el que la coherencia y la congruencia en la relación -escasamente definida- entre sus protagonistas -el trío sexual-, se deja vencer por los derroteros de la permanente gratuidad -¿eran necesarios los planos detalle de los pechos de sus protagonistas para captar la esencia de la historia?-. Con todo, se alzó con el Premio Especial del Jurado en el Festival de San Sebastián.

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En conclusión, Huevos de oro constituye, a pesar de que no ser tan profunda como debería, una buena fábula acerca de la codicia, así como una gran ocasión para conocer de primera mano la España del chismorreo y la pandereta, tan deslucida como ordinaria, tan superficial como rocambolesca; esa España en la que todavía hoy, en pleno S.XXI, algunos seguirán reconociéndose. O tal vez no sean capaces ni de eso. 

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