El castillo ambulante

Tres años después de que Hollywood dejase de ningunear al cine de animación japonés en sus galardones más importantes gracias al sonado Oscar otorgado a El viaje de Chihiro (2001), Hayao Miyazaki se puso al frente de una película no tan contundente ni redonda como la protagonizada por esta niña de diez años en pleno proceso de madurez, pero igual de recomendable. En el clásico moderno de la animación El Castillo Ambulante (2004), que nuevamente sigue la máxima del Studio Gihbli como es el hecho de tratar a los niños -y adultos- como seres inteligentes, el director vuelve a ofrecer un pulso entre realidad y ficción, una nueva apología de la riqueza de la imaginación a la hora de escabullirse de un mundo ilógico, especialmente contaminado por la guerra. Firma, pues, una obra en la que el conflicto bélico nunca deja de estar presente por sus interludios -esos aviones militares surcando los cielos, esos tanques desfilando por las calles…-, entre una historia principal completamente descontextualizada, puesto que  Miyazaki sitúa a todas las guerras en la misma línea, la época es lo de menos.

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Como suele ser habitual en el cine del nipón, quien encabeza este relato que reproduce con fidelidad la novela de Diana Wynne Jones es una joven, Sophie. Un día, al salir de su trabajo en una tienda de sombreros, conoce al mago Howl, un ser misterioso que ocasionalmente se deja ver por la ciudad. Poco después, la Bruja de las Landas, que odia al joven convierte a Sophie en una anciana poco agraciada. Desesperada, se adentrará por el monte para localizar a la única persona que cree que puede romper el hechizo: Howl. Sin embargo, a pesar de este interesante y potente punto de partida, la película se torna tan excesivamente abstracta que resulta difícil de seguir. Tras unos primeros veinte minutos brillantes, en los que se nos plantea el conflicto principal, El castillo ambulante va desinflándose, hasta el punto de convertirse en una sucesión de escenas aquejadas de la cohesión y la consistencia que cabría esperar de un director como Miyazaki. Otro de sus talones de Aquiles del film es su exceso de ambición o, dicho de otro modo, su perpetua obsesión por abarcar demasiados temas trascendentales, como la vejez, el amor, la amistad, la guerra o el desamparo, y no profundizar lo suficiente en ninguno de ellos. Asimismo, tampoco logramos empatizar con algunos de los ambivalentes personajes a los que, por otro lado, cuesta adivinar su finalidad en el relato. 

No obstante, este personalidad aparatosa no resta un ápice de calidad a una película imbuida por el espíritu de un director cuya condición de poeta es más explícita que nunca: es imposible no caer rendido ante el impecable aspecto técnico –el logrado diseño del propio castillo, que bebe de la ecléctica obra del artista neorealista Jean Tingueli, famoso por su arte cinético– y el constante derroche visual de una historia desarrollada en lugares tan bucólicos como el mar  o las verdes praderas, lo que podría entenderse como una nueva declaración de amor de Miyazaki hacia la riqueza universal de la madre naturaleza. Aunque lo más llamativo son algunas de las magníficas frases de su guión, como “los mejores brillan más que nunca en las peores circunstancias“, o esa otra, especialmente significativa, que reza que “una ventaja de ser vieja es que ya no tienes miedo de nada“; una línea de texto, esta última, que resume el que es uno de los grandes temas de la película: la reivindicación de la vejez en una época en la que parte de la sociedad no termina de valorar el papel fundamental que desempeñan los ancianos. Sophie, que es capaz de aventurarse en solitario en esta aventura -ante los gritos de unos aldeanos que la tachan de inconsciente-, es un eficaz arquetipo, una rutilante heroína que, envejeciendo y rejuveneciendo según su estado de ánimo, demuestra que la verdadera edad es la del espíritu. 

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Nominada al Oscar, que fue a parar a Wallace & Gromit: La maldición de las verduras (Nick Park & Steve Box, 2005), El castillo ambulante es una película que, a pesar del sabor agridulce que deja, se hace indispensable por sus altas cotas de belleza, por consolidar la incursión hollywoodiense del cine japonés de animación -para prueba ese final, típicamente americano- o, además, por la elegante banda sonora compuesta, una vez más, por el compositor fetiche del director, Joe Hisaishi. Una defensa a ultranza de la fantasía con la que disfrutará todo tipo de público. 

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2 pensamientos en “El castillo ambulante

  1. Has tocado uno de mis puntos débiles… MIYAZAKI. Es cierto que la historio es bastante alocada en la forma de tratar tantos temas clave y no centrarse en ninguno concreto, es por eso que yo la considero una obra de arte. Es en su entropía donde reside la verdadera belleza de esta película, en el hecho mismo de que aparezcan tantas sensaciones condensadas y tanta magia y en que en su mismo desorden aparezca una historia ordenada cuyo principal tema es la guerra. Te recomiendo “El hijo del viento” de Kazuki Omori… increíble.
    Gracias por tu crítica Pablo.

    • No tenía ni idea de que te gustara el cine de animación japonés!! Yo tengo que confesarte que lo descubrí hace poco, pero no tardé en hacer un maratón con las mejores películas en el blog, que gozó de muy buena aceptación por cierto. Me apunto tu sugerencia, “el hijo del viento”, ten por seguro que después de las Vacaciones tendrás la crítica publicada. Un saludo y gracias siempre a ti por leerme. Un abrazo

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