El viaje de Chihiro

En medio de un arte cada vez menos artesanal como el cine, enclaustrado en una vorágine informática capaz de ofrecer tanto brillantes como, en muchos otros casos, ficticios o acartonados resultados, se agradecen especialmente propuestas tan puras y virtuosas como El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001). Excelente ejemplo de cómo el cine de animación, en absoluto ajeno a la creación por medio del ordenador, puede no sólo sobrevivir sin la efervescencia digital sino, además, salir enormemente beneficiado prescindiendo de ella, lo primero que hay que destacar de esta obra maestra de Miyazaki es su aroma a añejo, esa esencia a película de toda la vida, a esa reivindicación implícita al trazo manual, a la técnica tradicional de animación instaurada, primero, por Quirino Cristiani en El Apostol (1917), primera película de dibujos de la historia del cine, y posteriormente por Walt Disney, productor de Blancanieves y los 7 enanitos (David Hand, 1929). No me cabe duda de que buena parte de la magia, del mensaje y de la fascinación visual de El viaje de Chihiro se hubiese quedado en el camino de haberse realizado dentro de una máquina.

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El responsable de las anteriores e igualmente de recomendables Mi vecino Totoro (1987) o La princesa Mononoke (1997), en clara influencia por Alicia en el país de las maravillas y de Alicia a través del espejo, ambas de Lewis Carroll, ofrece un relato onírico de primer orden encabezado por Chihiro, una niña de diez años en pleno de proceso de mudanza con sus padres. Tras tomar un atajo con el coche, la familia llega hasta un extraño túnel que les conducirá a una ciudad abandonada. En dicho lugar, y ante la perplejidad de Chihiro, sus padres se transformarán en cerdos. El único modo para que vuelvan a su apariencia humana será romper un hechizo, tarea nada fácil en un territorio en el la niña deberá enfrentarse a una plaga de seres fantásticos y extravagantes. Un punto de partida que le sirve de excusa a Miyazaki para expresar su admiración hacia una época como la niñez, periodo existencial en la que la pureza del alma, la inocencia y la imaginación gozan del más óptimo estado de salud; a través de la reivindicación de los sueños y del poder fantástico de la mente, el director somete a su protagonista femenina a un proceso de maduración personal, un evidente salto  cualitativo en la personalidad de una niña que, como tantas otras, se ha visto obligada a convertirse en mujer antes de tiempo.

Dicho proceso evolutivo, por tanto, es el que recorre la trama de punta a punta; es más que patente cómo la Chihiro del comienzo, estridente e ingenua,  poco o nada con la del final, mucho más curtida. Un tránsito al que contribuye el hecho de situarla ante dos realidades paralelas en los que adquirirá virtudes tan necesarias para afrontar un mundo cada vez más deshumanizado como son la capacidad de relacionarse con estos seres, de diferentes índoles, que se aglutinarán en su camino -tal y como sucede en el transcurso de la vida-, no juzgar al prójimo por su apariencia física -las criaturas que pueblan el relato son grotescos, pero tienen buen corazón-, valorar los pequeños detalles cotidianos, respetar a los animales, a la naturaleza, a las personas ancianas y, sobre todo, a los seres queridos. El amor familiar, por tanto, vuelve a impregnar una obra de Miyazaki: el afecto hacia sus padres es el que mueve a Chihiro a emprender un viaje tan apasionante como nada infantilizado, totalmente huérfano de manipulación emocional o malas intenciones, tal y como demuestran escenas como la del viaje en tren o esa otra en la que Haku, su compañero de viaje, le promete que algún día se volverán a ver. 

el viaje de chihiro

Sí que es verdad que en el transcurso de este alegórico cuento fantástico queda relativamente hinchado con minutos que no aportan mucho al sentido final del film, potenciando en exceso su vertiente rocambolesca, o por una no tan mordiente crítica social como cabría esperar, pero son males menores para la que fue el primer largometraje de animación oriental en ganar el Oscar. Un alarde artístico intachable entre cuyas múltiples interpretaciones destaca la que nos  demuestra que una eficaz manera de sentirse vivo es, en primer lugar, tomar conciencia de la existencia de esos mundos paralelos. Y, en segundo lugar, tener el coraje y el valor de acceder a ellos. 

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2 pensamientos en “El viaje de Chihiro

  1. Algo que siempre me llamó la atención de esta película es la defensa de los ríos y la crítica a aquellos que los ensucian. Me fascina la escena en la que entra un “dios pestilente” en los baños que finalmente resulta ser un “dios del río” lleno de basuras y porquerías. Este tipo de películas me encantan por el intento de concienciación social que transmiten para con la naturaleza. 🙂

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