La tumba de las luciérnagas

Dentro del cine bélico, los relatos contextualizados en la Segunda Guerra Mundial son tan numerosos que bien podrían constituir un subgénero en sí mismo. La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988), icono del cine japonés, tiene la misma fuerza que El pianista (Roman Polanski, 2002) y es tan emotiva como Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998), con la única diferencia de que es una cinta de dibujos animados, lo que no deja de ser un excelente paradigma que evidencia la gran capacidad del cine de animación a la hora de transmitir emociones, así como de representar un hecho histórico de importancia capital. Estrenada el mismo año que Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1988), ambas del aclamado estudio Gighli, existen entre ellas notorias diferencias a pesar de asemejarse tanto a nivel técnico -la extrema depuración visual, el excelente uso de los efectos sonoros, su fascinación estética, su cálida banda sonora- como argumental -la reivindicación de la imaginación como vehículo para afrontar los problemas o el peso de las relaciones fraternales-.

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El primer punto disonante en la obra de Takahata respecto a la de Miyazaki, dejando al margen su naturaleza menos comercial de la primera respecto a la segunda -tal y como reflejó posteriormente la taquilla-, es su marcado carácter oscuro, consecuencia del hecho de ambientarse en uno de los conflictos bélicos más sangrantes de la historia. Sí es cierto que se vuelve a situar a sus personajes en grandes escenarios, verdes y vistosos, pero esa esencia naturalista que por momentos se asemeja con la que impera en Mi vecino Totoro, está manchada de sangre, incertidumbre y desaliento, multiplicando el poso melodramático de la obra de Miyazaki; un panorama desolador del que se desprende innumerables y dolorosas estampas de una crudeza a nivel visual -que no temática, basta recordar la doble lectura de Mi vecino Totoro-, casi insólita en el cine de animación. La primera película dirigida por Takahata en el seno del Studio Ghibli, adaptación de la novela homónima -y autobiográfica- de Akiyuki Nosaka, nos sitúa en el Japón de la Segunda Guerra Mundial, época en el que el país estaba sometido a los ataques aéreos de las tropas estadounidenses. Será el escenario en el que dos hermanos, Seita y Setsuko, de 14 y 5 años respectivamente, deban aprender a desenvolverse tras la muerte de su madre y el posterior desprecio por parte de sus tíos. Vagando por las calles sin rumbo, y enfrentándose a la violencia, la desnutrición o la incertidumbre constante, las dos criaturas sólo encontrarán consuelo en las luciérnagas, quizá los únicos seres vivos capaces de alumbrar un mundo demasiado apagado y mortecino.

Obra presa de la gran virtud de seducir a los que detestan el género de la animación -incluso la japonesa-, La muerte de las luciérnagas se gana al público porque se desmarca de otras producciones que han abordado la guerra para centrarse, más que en el hecho en sí, en los estragos que ésta causa en las personas, especialmente en los niños. En efecto, Takahata pone en un primer término las consecuencias, físicas y psicológicas, que un drama como la guerra ocasiona en estas criaturas: se habla de infancia fracturada, de sueños rotos, del poder destructivo de la mano del hombre o de la capacidad de amar por encima del contexto; en este sentido, es especialmente remarcable cómo Seita intenta ocultar a su hermana la realidad, al tiempo que le profesa el mayor de los afectos y se inventa todo tipo de peripecias para salir, juntos, ilesos de la barbarie. De ambos personajes se servirá al cineasta para esculpir cuestiones directamente relacionadas con la guerra como el estancamiento vital, la incapacidad de progresar, la arbitrariedad del destino, la generosidad humana en situaciones límite o la absoluta anulación de las personas. En La Muerte de las luciérnagas no hay espacio para el optimismo porque, en el fondo, éste es un concepto incompatible con la devastación, el exterminio.

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Expuesta con altas dosis de emotividad –ahí están las escenas en la que tienen que cambiar la ropa de su madre por comida, o el entierro del final, absolutamente devastador-, y con un tratamiento de los hechos en las antípodas de la manipulación, La muerte de las luciérnagas habrá a quien le parezca un capítulo alargado de una serie de televisión japonesa, siendo incapaz de indagar en una obra compleja, en esta intachable forma de acercar el desastre de la guerra a todo tipo de públicos -aunque no deja de ser una película para adultos-, por mucho de que los detalles históricos se dibujen a base de brochazos; cuestión perdonable si tenemos en cuenta que la intención del director es focalizar en las personas más que en los hechos, recordarnos no sólo que detrás de las cifras, de la propia contienda, existen seres humanos, sino la cantidad de Seitas y Setsukos que aún hoy desfilan por el mundo,  viendo cómo el cielo, con cada amanecer, deja paradójicamente de brillar.

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2 pensamientos en “La tumba de las luciérnagas

  1. Muy bueno tu blog, llegue aquí buscando algo de esta película que la acabo de ver el domingo pasado y me ha dejado totalmente triste, me impacto tanto que escribi una entrada en mi blog, y quise investigar más, el concepto de tu blog se ve bien, ya me suscribi, voy a ver cuales peliculas de mis favoritas tienes, por lo pronto por tu banner ya puedo ver que Volver y Secreto en la montaña si las tienes. Saludos desde México.

    • Gracias por el comentario y por suscribirte al blog, yo acabo de hacer lo mismo con el tuyo, me ha resultado muy interesante y me gusta la forma que tienes de combinar música y cine. Estamos en contacto por estos mundos y enhorabuena por todos esos diseños gráficos que he visto en tu web y que están genial! Un abrazo desde Murcia (España)

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