Noche de circo

A pesar de ser el largometraje número trece de una filmografía que llegó a atesorar más de cincuenta títulos -la mayoría de ellos imprescindibles- Noche de circo (Ingmar Bergman, 1953), no sólo pasó desapercibida por el público y crítica de la época, sino que hoy día sigue siendo una de las grandes obras desconocidas del que bien podría ser llamado indiscutible y el más retorcido explorador fílmico de la condición humana. Estrenada el mismo año que la precedente Un verano con Mónica –uno de sus títulos más significativos que, además, supuso su primera colaboración con una de sus musas: Harriet Andersson, que repetiría en esta ocasión-, estamos ante una obra en en la que Bergman terminó de dejar constancia de su particular estilo narrativo. El cineasta tiñe al mundo de un circo, ese entorno aparentemente apacible y sosegado donde hasta los sueños más imposibles parecen poder hacerse realidad, de esa atmósfera opresiva, desasosegante y, por instantes, casi mortuoria que, con el tiempo, terminaría siendo una de sus más claras señas de identidad -la escena con la que se abre el film, esas caravanas emprendiendo un viaje que es más espiritual que físico-, junto con esa desesperanza que destilan tanto sus personajes como su propio aspecto visual.

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El guión, escrito por el propio director, gira en torno a Albert (Ake Grönberg), propietario de un circo que abandona su vida familiar para vivir una aventura con Anne (Andersson), una joven amazona que, a su vez, mantiene relaciones con Frans, un excéntrico actor de teatro. Una historia de triángulo amoroso, narrada en forma de flashback, en la que, sin embargo, lo que menos importa son los líos conyugales: el verdadero propósito del director es adentrarse en los conflictos internos de unos personajes que parecen vivir sin remordimientos de conciencia, extremadamente cínicos, consumidos por la angustia, por un irrefrenable hastío existencial y por la alarmante falta de ilusiones; su calidad humana brilla por su ausencia, quizá porque el mundo mezquino, intolerante y alineante en el que se desenvuelven, insolente, se la ha arrebatado; buena fe de ello da la escena, en el incendario último cuarto de hora de función, en el que el público asistente -en la que es una eficaz representación del conjunto de la sociedad- al espectáculo circense en el que se desarrolla el sangrante duelo final entre los dos protagonistas, desprovista de sentimientos, jalea a Frans mientras apalea salvajemente al dueño del circo. Pero el rasgo que mejor define a estos personajes es su doble moral, ejemplificada, en el apartado temático, en escenas como la de Albert a la hora de suplicar a su mujer un nuevo intento por rehacer su matrimonio -ignorando que el cine de Bergman las segundas oportunidades raras veces existen- o a la hora de reprocharle a Anne que le está engañando cuando justamente él está haciendo lo mismo con la que fue su mujer y, en el lado estilístico, en la obsesión del cineasta por recurrir a la simbólicas figuras del  espejo en la composición de los planos -hasta el punto de que, la propia escena del suicidio del protagonista, se nos muestra principalmente a través del cristal-, de los animales, etc.

Noche de circo, como la mayoría de películas de Bergman, puede entenderse como un laberinto narrativo en el que se aplica la máxima del todo vale para demostrar que nadie como él -si acaso Haneke, director con el que guarda más de una similitud-, puede adentrarse, con tan poco esfuerzo aparente, por esos territorios de alto riesgo habitados por la complejísimas y fascinante relaciones humanas. Especialmente significativa por llevar el surrealismo hasta sus más altas cotas de expresión -la película, incluso, flirtea con el cine mudo, focalizando la atención del espectador al mero apartado visual-, Noche de circo está más cerca de ser un bucólico poema abierto a múltiples interpretaciones que a una película en sí. A Bergman nunca pareció asustarle que, además de poder resultar incomprendido por el gran público, se le tachase de ambicioso, en el sentido de condensar en un sólo film infinidad de cuestiones morales o temas tan espinosos como la imposibilidad de enamorarse -o, mejor dicho, de volverse a enamorar-, de una personajes para los que no existe ni el consuelo de un Dios que para Bergman no existe. 

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El realizador sueco, en definitiva, orquesta una obra sólida, potenciada por el buen hacer de sus actores, su magnífica ambientación y el aroma a desaliento -enfatizado por la incómoda banda sonora- que nunca deja de estar presente. Una pieza infravalorada de un director que tuvo que esperar hasta 1955 para alcanzar la gloria internacional. Sería con Sonrisas de una noche de verano, que lo consagró gracias al Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes, y en la que siguió dando forma a la esencia bergmaniana que pocas veces había resultado tan fascinante y excéntrica como en Noche de circo

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4 pensamientos en “Noche de circo

  1. De las pocas películas que he visto de Bergman esta es “aparentemente” la más difusa. Y digo “aparentemente” porque, como bien dices, su temática de fondo no está lo bien definida que está en otras películas.

    Aunque yo si encuentro uno elemento central a todo el relato: el desarraigo y el vacío existencial. Efectivamente, esa itinerancia fantásticamente representada en su inicio y en el carácter de los propios personajes no deja de ser un símil para hacernos ver que son personajes sin un sitio en el mundo, sin una vida a la que aferrarse, siempre abandonados a un aplauso o a la aprobación de su público. Y aquí es dónde Bergman lanza su dardo envenenado a la sociedad personificado en la figura del payaso. Nuestro ansia de reconocimiento y valoración nos puede llevar a la total alienación de nosotros mismos. El monólogo y reflexión del director de teatro aquí es la clave para entender la crueldad de la película y la crítica de Bergman al hombre: por obra y arte de la vanidad nos convertimos en seres caricuterescos, abandonados al aplauso (y no le falta razón). Creemos que así obtendremos dignidad pero es todo lo contrario. Y que mejor símil que la gente del espectáculo para representar ésto. De nuevo nos recuerda el director (como intuyo pasará en otras películas) que debemos de volver a nuestros orígenes si queremos ser seres plenos (o semi-plenos al menos).

    Otra escena clave para mí es la visita a la esposa dónde se ve de forma diáfana y clara este vacío al que ha llegado el protagonista. A través de la propia seguridad y tranquilidad de la propia esposa, el director de circo ve representado su hastío.Aquí está la invitación del director sueco a reencontrarnos con nosotros mismos, a escucharnos, a aclararnos sobre nuestros propósitos en la vida y, sobre todo, a ser sinceros con nosotros mismos. Ella ha dejado de itinerar. Ha encontrado su lugar. “El silencio es madurez”, bendita (y verdadera frase). No le hace falta muecas ni mohínes para vivir (y ni siquiera para sobrevivir),

    • Haces mención a la figura del payaso y estoy de acuerdo en que es una figura de la que se sirve el director para hablar de las dobles personalidad, de las falsas apariencias…esos personajes intentando hacer reír cuando por dentro apenas tienen esperanza.
      Tengo que volver a ver la escena de la visita de la esposa porque no recuerdo la frase que apuntas, pero sí sé que fue uno de los momentos que más me gustó de la película… y un HURRA por la mujer por rechazarlo, porque en determinadas ocasiones no existen las segundas oportunidades. Es lo que vulgarmente se dice “volver con el rabo entre las piernas”.
      Me ha gustado mucho que me descubrieras esta película, una de las grandes desconocidas de la filmografía de Bergman. Un abrazo !!

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